Viernes, 15 de diciembre de 2017

El mito de la Edad de Oro en Cervantes

¿Cómo recordar hoy a Cervantes, cuando celebramos el cuarto centenario de su muerte? Acaso sobren demasiadas palabras y haya que hacerlo recurriendo a sus propios escritos, a sus propios textos, para que nos llegue el rumor de su palabra.

La literatura recoge y expresa en cada momento histórico el sueño de los hombres de alcanzar y de vivir en un mundo ideal, un sueño tejido casi siempre de amor, de libertad, así como de anhelo de liberarse del trabajo y de todo lo que el reino de la necesidad nos impone; un sueño que, a lo largo del tiempo, se ha ido acuñando, sobre todo, a través de dos arquetipos: el de la ‘edad de oro’, forjado ya desde los tiempos clásicos (recurramos a Hesíodo, donde lo plasma en su ‘Teogonía’) y que el Renacimiento vuelve a asumir; y el de las ‘utopías’, una invención de la modernidad, desde que Tomás Moro creara y publicara la suya, ‘Utopía’, en 1516, a la que seguirían otras de otros autores modernos (Francis Bacon, Tommaso Campanella), que crea e inicia el segundo de los arquetipos, tanto en su denominación, como en sus propuestas de una sociedad ideal.

            Miguel de Cervantes, en plena modernidad, se suma al elenco de escritores que recrean el arquetipo clásico de la ‘edad de oro’. Lo hace, en ‘El Quijote’, tras el arranque casi de la obra, en el undécimo capítulo de la primera parte. Don Quijote ya ha sido armado caballero y, por tanto, como él mismo indica, ya puede asumir el estatuto de “defender las doncellas, amparar las viudas y socorrer a los huérfanos y a los menesterosos.”

            A Don Quijote y a Sancho, se les echa encima la noche y buscan acomodo donde descansar. No alcanzan poblado alguno y se topan con “unas chozas de unos cabreros”. Y en aquel ámbito, campesino, humilde y agreste, determinan pasar la noche.

            Los cabreros los acogen “con buen ánimo”, mientras preparan y disponen los alimentos –tasajos de cabra hervidos en un caldero, bellotas avellanadas, queso duro y vino en abundancia– en “su rústica mesa”, a la que convidan tanto al caballero, como al escudero. Estamos ante una cena a cielo raso, sobre manteles sin refinamiento alguno (“unas pieles de oveja”).

            Y es ante esos pobres pastores de ganados, como dijera Jorge Manrique, ante quienes Don Quijote, en un lenguaje musical y poético, pronuncia el discurso sobre la ‘edad de oro’, en el que subraya el valor del ideal como vía de plenitud y de verdadero progreso. Escuchemos su hermoso arranque, como el homenaje mejor que hoy, en esta conmemoración del cuarto centenario de su muerte, podemos tributarle:

            “Eran en aquella santa edad todas las cosas comunes; a nadie le era necesario para alcanzar su ordinario sustento tomar otro trabajo que alzar la mano y alcanzarle de las robustas encinas, que liberalmente les estaban convidando con su dulce y sazonado fruto. Las claras fuentes y corrientes ríos, en magnífica abundancia, sabrosas y transparentes aguas les ofrecían. En las quiebras de las peñas y en lo hueco de los árboles formaban su república las solícitas y discretas abejas, ofreciendo a cualquiera mano, sin interés alguno, la fértil cosecha de su dulcísimo trabajo…”

            En plena modernidad, en occidente se sigue soñando –así lo hace Cervantes– con la edad de oro; un sueño antiguo, que inaugura el mundo clásico greco-latino y que, ya en tiempos del autor de ‘El Quijote’ se percibe con una cierta melancolía.

Reportaje gráfico de Manuel Lamas

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