Lunes, 11 de diciembre de 2017

Adiós depresión

De este año no pasa, me había dicho a mí mismo. Aprovechando que recién estrenamos la primavera me iba a apuntar a las estadísticas borreguiles y masivas que hablan de la gran repercusión que tiene la estación de las flores en el aumento de las depresiones. Vamos, que estaba predispuesto a deprimirme para no quedar al margen de esos grandes movimientos sociales de los que siempre me quedo al borde. Sí, sé que es tan triste como la máxima de Tocqueville, esa que dice que “temiendo más la soledad que el error, declaraba compartir las opiniones de la mayoría”. Uno también tiene sus momentos de debilidad.

Tenía en mi contra el hecho de no estar incluido entre los grupos de riesgo: mujeres, niños y ancianos, pero albergaba la esperanza de poder ser un deprimido excepcional, de esos que confirman la regla. Y mira que estaba ilusionado. Tanto que me daba igual participar de una depresión leve, moderada o grave. En serio, el caso era no quedar al margen de un sentimiento social tan arraigado en la primavera occidental. Para ello me documenté seriamente sobre la astenia -que así se llama este trastorno psicológico de la estación que la sangre altera- para poder asimilar y sufrir los rasgos más característicos de este estado anímico. Todo por no quedar, una vez más -qué horror-, fuera de las estadísticas.

Los primeros síntomas de la depresión estacional me parecieron fáciles: “apatía y desgana”. No necesitaría un esfuerzo añadido, pensé para mí. “Sensación continua de cansancio y problemas de concentración, dolores de cabeza y musculares, trastornos del sueño y alteraciones del apetito” seguían en la lista de síntomas a sufrir para sentirme integrado en la mayoría absoluta de conciudadanos que marcan las pautas de comportamiento. Estaba dispuesto a esforzarme para lograr el perfil sintomático requerido, aun a costa de sacrificar parte de mi trabajo y alguna horita de cama bien aprovechada. Lo de las alteraciones del apetito ya no me convenció tanto.

En mi ardua labor documentativa sobre cómo habría de tratar la depresión estacional, la astenia, el estado de apatía y desgana me di de frente con la dieta a seguir: “Te conviene tomar brotes de verdura de hojas verdes, hígado, soja, cereales integrales, pescado azul, verduras con hojas verdes, brécol, nabos, apio” y demás lindezas que hacen las delicias de la estúpida niña del anuncio. Aquí empecé a cuestionarme si merecía la pena sacrificio tal por no quedarme, como siempre, fuera de la estadística. “Te conviene eliminar los refrescos de cola, el café, el azúcar, la carne y los alimentos grasos”. Se acabó. Este año paso de depresión estacional, de astenia y de estado de apatía y desgana. Prefiero ser un marginado social y seguir sonriendo durante y después de una buena comida.  Además, ya lo dijo Dickens: “Hay tres clases de mentiras: mentiras, condenadas mentiras, y estadísticas”.

Quizá para la próxima.