Lunes, 18 de diciembre de 2017

Santa Castilla y comuneros mártires

 

La inmensa mayoría de los leoneses y castellanos no hemos estado nunca en la Campa de Villalar un 23 de abril. Casi la misma cantidad no sabríamos explicar exactamente (muchos, ni por aproximación) qué hecho se conmemora en esta fecha de festividad autonómica. “¿En 1521 dices?”. Interrogados por el Día de la Comunidad, no pocos se lamentarían de que caiga esta vez en sábado, ¡adiós puente!, y algunos otros se alegrarían de la feliz coincidencia con el Día del Libro, que garantiza el plan de un paseo placero para ojear y hojear entre los puestos. Tampoco pasaría nada si este 23 de abril de 2016, IVº centenario de la muerte del gran Miguel de Cervantes, fuera festivo nacional. ¿Por qué no subrayar de esta manera alguna efeméride digna de recuerdo para España, cuando sea menester? Sin ir más lejos, en 2018, la fundación de nuestra Universidad salmantina.

 

Volviendo al título, nuestra comunidad autónoma celebra hoy su fiesta, su día, su… Con raíces en el liberalismo del XIX y en el castellanismo del XX, tuvo su gracia en los albores de la democracia, cuando en el mismo paquete constitucional terminamos tragando con la “descentralización” consistente en mover el centro de lugar. El día en que se oficializó el 23 de abril, lo de juntarse en Villalar perdió su encanto. No obstante, la mística de los romances, como el de Luis López Álvarez, pervive: “En Tordesillas convocan / la Santa Junta del Reino. / Las ciudades hermanadas / envían sus mensajeros… / A Salamanca se escucha / por la voz de un pellejero…”. Los versos nunca fallan, custodian el rito y lo justifican. Son capaces de eclipsar la pañoleta al cuello de un consejero, el manifiesto partidista de un procurador, el pincho de tortilla de un líder sindical y las flores interesadas a los pies de un monolito en esta romería abrileña por lo civil.

 

A los que no nos sentimos estrictamente leoneses o castellanos, ni castellanoleoneses, ni castellanos y leoneses a un tiempo, más allá de un vínculo entrañable con la historia del viejo Reino de León y de la antigua Corona de Castilla, estas rimas nos siguen diciendo algo: “Tended palios y manteles / y en su interior arrojad / custodias, joyas, patenas / y vasos de consagrar. / La Iglesia cuanto más pobre / más a Dios se acercará”, en boca del obispo Acuña. Suenan a la eterna y mítica Castilla y al aún más eterno y mítico León, que en los caminos de la Cruz hallaron senda segura para sus andanzas compartidas. Y así, sin agitar morados pendones que ignoran el auténtico carmesí, me sumo a los juglares cuando entonan con novedad un esperanzando canto, pese a que no se atrevan a afirmar del todo esa esperanza: “Quién sabe si las cigüeñas / han de volver por San Blas, / si las heladas de marzo / los brotes se han de llevar, / si las llamas comuneras / otra vez crepitarán…”. Me pregunto si siguen “añorando una junta o esperando un capitán”.