Lunes, 18 de diciembre de 2017

La decepción, la rabia

Parece que si no se produce un milagro, y esto es poco frecuente y menos en política, tendremos que volver a las urnas a finales de junio. Con lo que, teniendo en cuenta el verano de por medio, si hay suerte tendremos nuevo gobierno en septiembre, como los malos alumnos de antaño, y España habrá sido regida ¡casi durante un año: 9 meses!   por  un gobierno provisional o en funciones. Si algo significa esto, prima facie, es un gran fracaso de nuestra clase política, que no ha sabido manejar el elemento fundamental de la democracia: el diálogo. Durante cuatro meses este apenas ha existido.

El Rey, como no podía ser menos, encargó formar gobierno al líder del partido más votado, pero, sorpresa, este se negó porque daba por seguro que iba a perder la investidura y no quería desgastarse. Pero, pregunto, ¿no es la primera obligación de un líder desgastarse al servicio de la sociedad que pretende gobernar?, ¿no es la primera obligación de un político saltar al ruedo, ofreciendo su programa, aunque después no salga adelante, dando la cara por quienes le votaron y creyeron en él? Me cuesta mucho entender ese desapego, en el que parece haberse convertido en maestro, por parte de Mariano Rajoy.

Ante el chasco monumental que esto supuso, el Rey no pudo hacer otra cosa que ofrecer el encargo al líder del segundo partido más votado, pese al escaso apoyo electoral obtenido, y Pedro Sánchez cogió el capote, no se quedó en el burladero, ¿tal vez porque era su última oportunidad y no podía dejar pasar el tranvía, o tal vez porque esa responsabilidad le era exigible cuando quien debía no había hecho lo que le correspondía políticamente? Su empeño se ha saldado con un pacto con Ciudadanos, insuficiente sin el apoyo de PP o Podemos, y por lo tanto con un fracaso.

¿Qué piensa la ciudadanía o qué siente? Excepto los militantes sin desmayo, la mayoría de las personas con las que he hablado estos meses me ha mostrado su decepción, mejor, su rabia y su escepticismo  porque todo vaya a acabar de cualquier forma, es decir, sin acuerdos, ya sea por la derecha o por la izquierda. “Les pagamos para que lo arreglen, no para que se lo demos migado, ¿o es que no saben gobernar si no es con mayorías absolutas, no saben que en muchas democracias de ahora mismo predominan los gobiernos de coalición”, me decía un amigo. Otro, más indignado, me espetaba “conmigo que no cuenten, no me toca votar hasta dentro de cuatro años”, y el tercero agregaba “que devuelvan la pasta por no dar ni golpe”. Lo normal.

Es decir, que la pelota vuelve al terreno de juego de los ciudadanos. ¿Y si los resultados son tan poco claros como en diciembre? ¿Qué dirán entonces nuestros brillantes políticos, después de despilfarrar el dinero que supone una campaña electoral, que podría haberse empleado en  reducir nuestro déficit público o en causas nobles como favorecer a los más débiles? ¿Les quedarán palabras?

Marta FERREIRA