Sábado, 16 de diciembre de 2017

Muchos, pocos

   Me descubro mirando el ajetreo en los pasillos de mi instituto donde se agolpan unos 200 alumnos a los que puedo conocer con nombre y apellidos, a los que informo de las salidas profesionales, a los que entrevisto en momentos delicados, con los que desarrollamos actividades complementarias a las asignaturas para ayudarles a crecer. Cada uno de ellos, cada una de ellas, es especial. Van a habitar este mundo los próximos 60 años, más o menos; son protagonistas de vidas normales, la mayoría no serán estrellas mediáticas. Luego salgo a la calle en esta bulliciosa ciudad y me cruzo con gente con una intrahistoria cargada de emociones, miedos, bondad, maldad, y unos dependientes o camareros se afanan en tratarme bien y yo en tratarlos con respeto. En este país viven millones de esas personas normales y llaman a la puerta decenas de miles de refugiados pero tenemos que estar pendiente de una veintena de chorizos con cuentas en Panamá y de unos centenares de políticos estrella que cuidan su sonrisa, su peinado, su imagen, sus twits, y que se van olvidando de que son unos meros trabajadores cuya función es la función pública, el servicio a los ciudadanos normales (que son, que somos muchos) para pasar a ensoberbecerse y a buscarse su lugar en el mundo, extendiendo obscenamente los famosos quince minutos de gloria de que hablara Warhol. Es una mixtificación infinita, una broma infinita que diría Foster Wallace.

   Recuerdo otros tiempos de elecciones y presidencias de gobierno donde era difícil memorizar los nombres de ministros con aspecto de ser unos tecnócratas aburridos sin vida interior ni exterior, encorbatados o empanados (de pana) que se preocupaban por nosotros, que gestionaban presupuestos, entrar o no en la OTAN, abrazar el mercado común y no era esta pesadilla de personajes mediáticos de las que interesa su jersey de marca o su novia del momento y que no transmiten la sensación de saber nada de educación, de agricultura, de ingeniería, sino tan sólo de manejarse con pericia en debates y tertulias cada vez más monotemáticas al estilo Sálvame a las que asistimos hastiados pero fascinados por estas nuevas estrellas. De la misma manera que la irrupción de la civilización de la imagen ha transformado el mercado musical en un espectáculo basado en los vídeos y en los que la música es lo menos importante, así los políticos actuales se eligen cada vez más por su vis mediática y su apoyo en las redes sociales a golpe de megusta.

   Recuerdo que en la facultad estudiábamos que las primeras elecciones que se decidieron por la influencia de la imagen fueron las que Kennedy ganó a Nixon tras un debate televisado en directo allá por 1960. El segundo aprendió pronto la importancia de la telegenia pero luego consiguió además ser pionero en la demostración de que la democracia también alberga sinvergüenzas cuando fue cazado en el hotel Watergate. El tiempo no corre hacia atrás pero no sé si se ha ganado mucho al cambiar la política de ideas por el espectáculo de masas en el que los protagonistas son figurantes de sonrisa profidén que visten ropa intencionadamente deslucida y que se esfuerzan en dar el perfil bueno mientras prometen consultar a esa que llaman la gente de qué color es el caballo blanco de Santiago. Otro gran político inmortalizó la frase: Nunca tantos debieron tanto a tan pocos tras la defensa que la aviación de la RAF hizo ante la ofensiva nazi y siento deseos de utilizar su sonoridad para invertirla, indignado con lo que está pasando en el escenario político actual. Al mirar a mi alrededor, a mis alumnos, convecinos, ciudadanos, a ese gran río de gente que decía el poeta, siento que debo parafrasearla para censurar a esos pocos que nos deben tanto a tantos.