Viernes, 15 de diciembre de 2017

“Hijos de la ira”: lección de verdad y ternura

“He aquí que de pronto/ me he levantado del montón de las putrefacciones, / porque la mano de mi Dios me tocó, /porque me ha dicho que cantara: /por eso canto.”. Dámaso Alonso

Se cumplen  70 años de la segunda edición de Hijos de la ira. El libro de poemas,  que en la primavera de 1944 Dámaso Alonso daba a la luz pública, descubría una herida, cuyo dolor no podía ser por más tiempo acallado. Su voz intempestiva, airada, quejosa, rebelde, acusadora e implorante a la vez, emergía de la hondura de la existencia mostrando la condición humana en su verdad desnuda y en su desamparo esencial, con una emoción inédita hasta entonces en la poesía española. El propio autor expresaba así su intención: “Hijos de la ira es un libro de protesta escrito cuando en España nadie protestaba. Es un libro de protesta y de indagación. Protesta , ¿contra qué? Contra todo... Yo escribí Hijos  de la ira lleno de asco ante la estéril injusticia del mundo y la total desilusión de ser hombre”

            Hijos de la ira fue  texto escolar, lectura de cita obligada en las aulas de los que éramos tan solo hijos del instante.  Vuelvo a abrir estas páginas  con temblor,  y  la fuerza de su decir me quema los ojos y las manos, su clamor airado me sacude del letargo en el que tantas voces mentirosas, perversas o simplemente  insípidas vienen a sumirnos. Su sorprendente actualidad, 70 años después, ¿después de tantos cambios? , provoca en mí esa mezcla de admiración, familiaridad y desasosiego que  suscitan las obras clásicas.

             Hijos de la ira es arquetípico,  un canto escrito en mitad de la vida,   momento crítico, noche del sentido: ”El alma era un aullido/ y mi carne mortal se helaba hasta los tuétanos”.  Esa mitad crítica desde la que el poeta canta, conciencia de doloroso despertar, desvelo agónico, conciencia sin tregua ni alivio que ha de permanecer con los ojos abiertos a pesar de la fatiga -o seguir viviendo a pesar del absurdo-, queda extraordinariamente esclarecida en la imagen inicial de Imsomnio. Luego un bestiario repugnante y  monstruoso - abejorros, hienas, canes sarnosos, fétidas hidras, alimañas - asciende  del maremagnum subconsciente y desfila ante el lector  entre risas amarillas, zarpazos y aleteos, en una lucha denodada por la palabra que libere de la angustia indecible; porque la angustia es por naturaleza muda,  ausencia de palabra. Cuando la palabra emerge, aunque sea a trompicones,  la salvación se anuncia,  el sentido empieza a clarear, como en la Voz del árbol  : “ No sé qué altas señales/ lejanas, de un amor triste y difuso, / de un gran amor de nieblas y luceros,/ traer querría tu ramita verde”  Ese amor  intuido se torna a veces frenético, otras humilde y tierno, “y te amaba en la briznilla más pequeña”.

             El espanto y el asco son arrojados en un verso libre, un lenguaje “poco poético”, pero perfectamente coherente,  expresiones osadas en aquel entoces que rompen la armonía y cuestionan la estética dominante. Testimonio de su tiempo y del nuestro, este es un libro del que huirán, sin duda, aquellos que buscan, según su autor señala  “últimas sensibilidades de exquisitas minorías”  y las cultivan con arrogancia.  Es un libro profético escrito para “mover el corazón y la inteligencia de los hombres”.                                   

            Hoy entre tanta vocinglería falsa, tramposa y desquiciante quiero rendir homenaje a las más de 70 primaveras de Hijos de la ira.  Gracias al viejo maestro -dulcemente envejecido entre la niebla-,  porque  descifró la voz de luceros y  sierpes,  los latidos del corazón de Caín o de la mujer sola en la noche, las muecas de la fauna inmunda... Gracias porque “con los dedos manchados de la más bella tiza” señaló también  los signos misteriosos del Dios de Job en el muladar . Gracias  por su profunda lección de verdad y ternura.