Jueves, 14 de diciembre de 2017

Enterrar a los muertos

 

Esto de morirse, en las sociedades consideradas civilizadas, sale muy caro. Las Funerarias, al parecer, aunque ellos dirán que no, son un buen negocio, porque no puede uno morirse de cualquier manera, hay que respetar un poco las normas y costumbres. Morirse hoy hay que hacerlo a la moderna, o sea, de modo empresarial. Cuando fallecieron mis abuelos –tengo la suerte de haber conocido a los cuatro y de tener recuerdos vivos de ellos- la familia se hacía cargo de organizar el duelo, mi tío David, que en paz descanse él también, compraba centenares de cajetillas de tabaco y todo el pueblo –varones, por supuesto- podía fumar hasta el amanecer en la Sala de la casa acondicionada para el velatorio; acto seguido el párroco, que conocía bien al difunto, sabía de quién hablaba cuando pronunciaba su nombre en el memento de difuntos y de enterrador podía hacer cualquiera, sobre todo algunos amigos de la familia; solo en el caso de los pocos difuntos que no tuvieran familia funcionaba la caridad misericordiosa de enterrar a los muertos. Y es que las funerarias actuales suelen ser muy profesionales, empresariales, y casi todos los empleados tienen algo de sensibilidad para tratar bien tanto a los cadáveres como a la familia viva, pero es casi imposible ejercer esta obra de misericordia de enterrar, por puro amor, gratis total, a los muertos, con la conciencia clara de que alguien haría en un futuro, lo más lejano posible, la misma caridad contigo.

A veces aparecen casos de personas solas que, fallecidas, tardan días o semanas en ser echadas en falta por algún familiar lejano o vecino próximo, sin ser necesario quedarse atascado en un ascensor en China. Y familias hay que no acuden al entierro de un familiar, que se encuentra solo incluso en el entierro, haciendo necesario recurrir a un funcionario o cualquier otra persona de buena voluntad para asistir como testigos a la inhumación y, al día siguiente, pasan a recoger la cartilla de ahorros del finado. Como dijo el torero: “hay gente pa tó”.

Otro asunto actual es la elección entre inhumación y cremación. Muchas personas tienen una cierta prevención. La Iglesia permite la incineración cuando con ella no se cuestiona la fe en la resurrección del cuerpo. Hay cristianos sencillos que piensan que si no hay enterramiento no habrá resurrección, porque no habrá materia que resucitar. Pero ya dijo creo que Bertrand Russell que la materia es como el gato de Cheshire, que no queda de ella más que la sonrisa tonta de los que creen, equivocadamente, haberla contemplado. No me preocupa el cómo de la resurrección, porque singularidades cuánticas hay muchas en la naturaleza y ya se encargará Alguien de aplicarme a mi alguna. Pero incluso esto es imaginación y la resurrección es otra cosa. Muchos jóvenes no creen en la resurrección porque no es científica, pero una buena proporción de ellos no tiene inconveniente en creer en la reencarnación, que es menos científica y más antigua.

La clave de esto de enterrar a los muertos está en tomárselos en serio, respetarlos, acompañar en lo posible a los familiares a pasar el duelo, honrar su memoria y, para los creyentes, encomendarlos a la misericordia de Dios y, por la comunión de los santos, recibir también su apoyo. Y con este articulito de hoy doy por concluida, provisionalmente, la serie dedicada a las catorce obras de misericordia en este Año de la Misericordia.