Miércoles, 13 de diciembre de 2017

Resurrección y humanismo

Por ahora se cumplen 50 años de aquella catequesis. El miércoles 13 de abril de 1966, Pablo VI recibía en la audiencia general a numerosos peregrinos. Aquellos días de Pascua le llevaban a pensar en dos cosas: en la resurrección del Señor y en la relación que nuestra vida tiene con ese hecho, con ese misterio.
En primer lugar, recordaba el Papa que todo lo que Jesucristo hizo y padeció no queda reducido a su vida particular, sino que forma parte de un plan divino que nos afecta también a nosotros. Jesús es el Redentor y toda su obra redentora tiene por finalidad nuestra salvación. Solemos referir esta verdad solo a la muerte del Señor. Pero no estamos habituados a ver que su resurrección nos afecta a nosotros. En nuestra vida de piedad no damos a la resurrección de Cristo la importancia salvadora que le corresponde.     
 En un segundo momento, Pablo VI se fijaba en el bautismo para afirmar que constituye la primera y fundamental relación entre la Pascua del Señor y nuestra pascua, entre su resurrección y la nuestra. San Pablo escribe que “cuantos fuimos bautizados en Cristo Jesús, fuimos bautizados en su muerte. Fuimos sepultados con él por el bautismo en la muerte, a fin de que al igual que Cristo fue resucitado de entre los muertos, por la gloria del Padre, así también nosotros vivamos una vida nueva”   (Rom. 6, 3-4).
Según Pablo VI, de esa inserción en Cristo nace nuestro título de cristianos. Cristiano es el que está bautizado. Y el bautizado es un ser humano que participa de un nuevo principio de vida, la vida misma de Cristo. Incorporado a Cristo, está marcado por un sello que no se borra más: el carácter de la imagen de Cristo, estampado en el alma, que lo califica como hijo de Dios (cf. Jn 1,12).  
Pero Pablo VI daba un paso más. Y afirmaba que tener un verdadero y exacto concepto del hombre es el problema capital y más difícil de la filosofía. El peligro más serio para la civilización es el de basarse en una concepción falsa o incompleta de la vida humana. Añadía el Papa que hoy se habla mucho de humanismo, es decir, de un progreso civil derivado de una determinada definición del hombre Pero se da una definición del hombre basada en  datos parciales   de tendencia biológico-materialista. 
La fe nos ofrece una definición  al decir que los bautizados somos cristianos,  ciudadanos de la Iglesia, hermanos de Cristo e hijos adoptivos de Dios. Este sentido de dignidad sagrada y asombrosa, este concepto luminoso y verdadero de la vida constituyen nuestra sabiduría y nos facilitan el compromiso que deriva de esta conciencia. 
Ahora bien, el comportamiento, la educación, el estilo moral y hasta el arte cristiano tienen su raíz en la conciencia de nuestra elevación sobrenatural, mediante el bautismo, que nos ha hecho partícipes  de la Pascua de Cristo, de su muerte redentora y de su resurrección que nos regenera.
José-Román Flecha Andrés

VOLVIENDO AL PRINCIPIO
 
La primera lectura que se proclama en este domingo tercero de Pascua (Hech 5, 27-41) resume en muy pocas frases algunas convicciones que mueven a los evangelizadores que anuncian el mensaje de Jesús en todo tiempo y lugar.
• “Hay que obedecer a Dios antes que a los hombres”. Muy poco significan las prohibiciones humanas cuando se está dispuesto a dar la vida por el mensaje de Cristo.
• “El Dios de nuestros padres resucitó a Jesús”. La fe en la resurreccion de Cristo es la fuente de la que brota el coraje para anunciar el evangelio.
• “Testigos de esto somos nosotros y el Espíritu Santo que Dios da a los que le obedecen” El testimonio comunitario de los creyentes es animado por la fuerza del Espíritu.
• “Los apóstoles salieron…contentos de haber merecido aquel ultraje por el nombre de Jesús”. La alegría y la fuerza de los mártires será siempre un desafío.
Contra toda apariencia y contra toda persecución, los testigos de Cristo podrán cantar con el salmo: “Te ensalzaré, Señor, porque me has librado”   (Sal 29). 
 
LOS MISMOS GESTOS
 
El evangelio que hoy se proclama nos invita a recuperar el ideal primero. De hecho, nos lleva a las orillas del lago de Galilea. Allí habia encontrado Jesús a sus discípulos primeros. Y alli vuelve  el Resucitado para reunir a los dispersos y desalentados. 
• De nuevo los discípulos pasan por la experiencia de una noche de pesca infructuosa. Y por la gozosa experiencia de una amanecida en la que la obediencia al Señor llena sus redes con una enorme cantidad de peces.
• De nuevo, el Señor toma el pan y el pescado y se lo da. De nuevo se repiten los gestos venerables que significan y hacen visible su misericordia. Y, sobre todo, su entrega personal a sus discípulos.
• De nuevo Jesús, se dirige a Simón con una palabra ya sabida: “Sígueme”. Se repite la misma  invitacion de aquella vez, cuando lo encontró realizando sus tareas de pescador en aquella ribera.  
 
Y EL MISMO ENCARGO
 
  Pedro habia prometido fidelidad a Jesús una inquebrantable fidelidad y lo habia negado tres veces. El Resucitado no reprende su traicion. Viene a confiarle una misión.
• “Simón, hijo de Juan, ¿ me amas?”. En la triple pregunta de Jesús hay una cierta gradación. Es como si el Maestro fuera bajando el tono para ajustar sus deseos a las posibilidades y la fragilidad de su apóstol.
“Sí, Señor, tú sabes que te quiero”. Y asi es. Jesús conoce los sentimientos de Simón. Conoce sus ímpetus y sus caídas. Pero sabe que sólo amamos a aquellos de los que todavía esperamos algo. Y él espera al menos ese afecto de su discípulo. 
• “Apacienta mis corderos y mis ovejas”. En otro tiempo le aseguró una tarea de pescador de hombres. Ahora le confía una responsabilidad de pastor de su propio rebaño. Ese rebaño por el que el Pastor bueno ha entregado la vida. Tal es su confianza.
- Señor Jesús, Tú sabes que también nosotros te queremos. Perdona nuestras traiciones y ayúdanos a seguirte con fidelidad y a ser testigos de tu misericordia Amén.
José-Román Flecha Andrés