Viernes, 15 de diciembre de 2017

Yo, deportada

Soy Amira y afgana. Me acaban de cazar en la isla griega de Quíos. Muy mala suerte porque según dicen que han acordado los de Europa ahora nos tienen que deportar a Turquía a la que pagan no sé cuánto por cada deportado. Mala sombra la mía. Porque hoy, 13 Jumâda Ath-Thânî y no sé bien qué día de finales de marzo en el calendario de los europeos, soy una deportada a punto de ser devuelta a ese infierno llamado Turquía.

Soy afgana y en la nave en la que estamos refugiados hay sobre todo afganos y pakistaníes. Y prefiero morir de una vez antes que volver a Turquía a donde llegué después de seis meses para recorrer los 3.000 kms que hay hasta Gazni mi provincia en Afganistán. Allí era imposible vivir y más siendo mujer en el país más peligroso para una mujer y encima siendo judaísta, un muy antiguo y muy noble grupo étnico afgano que descendemos de los judíos. Pero ahora casi es peor, yo, inocente y sola, mientras buscaba asilo voy a ser una deportada.

En mi provincia era causa de cárcel, y según los casos hasta de pena de muerte, enseñar un tobillo o salir al balcón con la cara descubierta o tender la ropa en público por decir algunas de las mil cosas normales prohibidas. Por cierto, la violación no está ni siquiera contemplada en las leyes. Y además amenazas, miseria y nada más. Todo era ya irrespirable. Pero ahora soy una deportada.

El viaje hacia no sé qué lugar de libertad ha sido largo y duro. Queríamos llegar a Croacia donde tenemos a varios primos que esperaban acogernos. Por eso nos decidimos a dárselo todo a una empresa de traslados, que aquí llaman mafias, para llegar hasta Macedonia. Mi marido, expulsado hace dos años de su trabajo en un colegio público, y el niño, ya de catorce años, murieron en un accidente de camión a la orilla misma del Caspio en Azerbayán. Fue un día de muerte y no fui capaz de matarme con ellos para acabar con todo. Me sobrepuse y, sola aunque apoyada por gente con la que venía haciendo desde Gazni el viaje de huida, logré llegar agotada pero viva a la costa de Quíos. Y allí los mismos que nos acogieron acabaron deteniéndonos con la orden de deportarnos a Turquía. Por eso soy una deportada.

Y ya veré qué hago para acabar con esto. Quizás cuando estén todos distraídos, hábilmente, silenciosamente, me deslizo por algún sitio hasta el mar y me dejo ahogar. Cuando se llega al límite, pues se llega al límite y no queda nada más. Con mi niño muerto, sin asilo ni marido, sin tierra y ya sin dinero no soy verdaderamente nadie. Esa certeza la he tenido esta mañana con enorme y serena lucidez y la he aceptado sin pestañear. Sólo soy ya una deportada fracasada, con mala historia por detrás y nada por delante. Se acabó. En cuanto nos embarquen, dicen que en dos días, ya me arreglaré para deslizarme en plena noche. Lo pienso con paz y sin miedo. الله أكبر Alá es grande.  Quizás encuentre a mi esposo y sin duda me encontraré con Ashadi, mi niño, precioso siempre y muerto hace dos meses a dos mil kms de aquí. Soy una deportada que buscaba asilo y encontré una muerte anunciada.

Los refugiados que saben comentan que los europeos a veces nos quieren y a veces no, que abren y cierran las fronteras y nunca se sabe de cierto cuál será nuestra suerte. Yo miraba a los europeos como dioses, pero ahora más cerca y casi a la puerta misma de lo que buscaba pienso que los talibanes acaban pareciéndose mucho unos a otros estén donde estén. Los conozco muy bien por haberlos sufrido en mis propias carnes todos estos años. Y como trágico adorno final ahora soy una deportada. Buscaba un futuro y estoy muerta.

 الله أكبر  Alá es grande.

PD. Por pura y rarísima casualidad me he enterado de algo curioso, que en una ciudad de España hacen mañana sábado, a las 12, una cosa en la Plaza Mayor que llaman ABRAZO para reclamar un mundo más justo, con más puentes y menos vallas. Si yo fuera libre y estuviera allí, yo participaría.

Nota: Se refiere Amira al Abrazo Solidario a la Plaza Mayor que organiza Manos Unidas mañana, sábado 9, a las 12. Estás invitado.