Miércoles, 13 de diciembre de 2017

Los que nunca quieren enterarse.

“No te metas en líos” o “él se lo ha buscado”, dichos, por lo demás, escuchados desde mi más tierna infancia. Dichos, pocas veces, sabios y las más cínicos. Depende. Pende el juicio, sabio o cínico, según donde sitúes tus posaderas. Ejemplos varios. Uruguay allá por los sesenta. Un mulato alto y desgarbado me contó en, Treinta y Tres, una ciudad fronteriza con Brasil, allá por 1970: “Cuando era niño el patrón me subió a un potro y me ató los testículos al arzón de la silla. Luego, con el rebenque, le golpeó las ancas del potro y allí los perdí”. Otra, en Melo: “Manejaba el tractor y volcó. Quedé paralítico. A los días el patrón me dijo: “andáte”. Ni un vintén recibí”. Una más, en las arroceras de la Laguna Merín: “mi hermano defendía a los peones, organizó un sindicato, el patrón se enojó y mandó echarlo a un pozo. Allí murió”. Köln (1990), un respetado y querido amigo marroquí, me cuenta: “Al salir de noche, después del trabajo, estaba con otro compañero en la Friesenwall esperando al bus. En eso para un coche y se bajan cuatro energúmenos. A mi amigo le rompieron la mandíbula”. Hace dos o tres día, un eximio “intelectual” de la RAE, se refiere a la alcaldesa de Barcelona en estos términos: “La ignorancia de Ada Colau sólo le alcanza para ser pescadera” (o algo así). Una semana atrás, en la Plaza Mayor de Madrid, unos hooligans holandeses se divierten lanzando monedas al suelo o quemando un billete de cinco euros ante los ávidos ojos de unas pordioseras rumanas. Nuestro Jefe de Gobierno en funciones excusa su indiferencia: “no nos olvidemos que las medidas de expulsión de los refugiados acordadas por la UE fueron tomadas por unanimidad”. Entretanto, los “Panama papers” desvelan la implicación de presidentes de gobierno, ministros, empresarios, artistas, deportistas e incluso algún Premio Nobel, de cientos de países llevando sus dineros a paraísos fiscales. No obstante, en eso de la corrupción los españoles sabemos mucho. En eso de la “presunción de inocencia” nuestros políticos son expertos. Armados detrás de sus corbatas y portes distinguidos peroran: “Señores no pierdan la contención. Ser investigado (antes se decía imputado) no significa estar condenado por la comisión de un delito”. Así pues, su alquimia verbal traslada las ciertas y exigibles responsabilidades políticas a los terrenos de la justicia ordinaria. Y, dado que, la justicia ordinaria avanza a paso de tortuga y, además, se puede contar con la ayuda de algún magistrado (ni que decir de la fiscalía) complaciente, la cosa quedará en nada. Volviendo a las posaderas. Para mí lo insufrible, no son tanto los perpetradores, qué también, cuanto esos ciudadanos que dicen no enterarse de nada. Esos, que su miedo lo subliman en “prudencia” y su egoísmo en “sentido común”. De ahí, el “no te metas” o “te lo has buscado”. Esos comportamientos y gentes, perdonen mi apasionamiento, despreciables, en realidad no pueden soportar que otros ayuden, denuncien y combatan tales tropelías. Cuando los primeros, al afeitarse o empolvarse la nariz, se miran al espejo y se ven tan insignificantes. Y, como siempre resulta ingrato tal intimísimo ejercicio de sinceridad, proyectan su mala conciencia sobre los segundos. De ahí el llamarlos: antisistema, populistas, bolivarianos, leninistas, “perroflautas”, “buenistas”, pescaderos, moros, sudacas, terroristas y otras muchas lindezas. Nos quieren decir, en resumen: “el culpable eres tú y no yo”. Puro psicoanálisis.