Lunes, 11 de diciembre de 2017

La forja de un nacionalista

   Aquel instituto quiso reformar su Proyecto Educativo pues se estaba quedando atrasado con respecto a otros a la hora de demostrar su pureza de sangre. Además se habían convocado unos premios a las mejores iniciativas integradoras nacionales y pensaron que podrían ganarlos. Se trataba de tomar las decisiones sobre el cómo y, principalmente, sobre el qué se iba a enseñar.

   Reunidos en Claustro soberano pasaron revista a su proyecto curricular. La asignatura de Lengua y Literatura tomó enseguida el estandarte y pidió a todos que la siguieran. La identificación entre lengua, cultura y pueblo quedó sellada en los Principios que inspiraban el proyecto y el análisis filológico demostró pronto la superioridad de la lengua vernácula que los tristes acontecimientos espurios, es decir políticos, habían sin embargo postergado. Una profesora del departamento, seguidora de Juan Ramón Lodares, fue pronto excluida y se la dedicó a labores de apoyo con los alumnos empeñados en no hablar como se debía hablar. El profe de Inglés se mantuvo al margen mientras mentalmente se frotaba las manos sabiendo que de allí sólo podían salir cosas buenas para él.

   Al principio hubo que forzar un poco al profesor de Biología que no encontraba diferencias en la configuración de las células y tejidos de unos y otros y no fue capaz de encontrar un ancestro que no fuera el común Homo sapiens pero al final por cosas de la alimentación, tan ligada a la cultura, pudo afirmar que había diferencias significativas en los sistemas digestivos y, por ende, en las heces. Apuntó también que explicaría en clase los nuevos hallazgos de la genética que demostraban que ellos poseían una secuencia que los alejaba de los gusanos y los acercaba a los dioses. Todos aplaudieron.

   Matemáticas planteó muy poco problema, los datos se falsean siempre en cualquier circunstancia, en cualquier situación, y se pudo trabajar con ejemplos de estadística descriptiva y balanzas fiscales. Se trataba de presentar datos, no de analizarlos. Los polinomios, por la imposibilidad de adscribirlos a ninguna ideología, fueron descartados.

   La papeleta más difícil la tenía el departamento de ciencias sociales. Pero lo solventaron con rapidez. Uno de los profesores, que era de la especialidad de Geografía, diseñó con presteza un nuevo camino de Santiago que atravesaba sin dudar su futura nación. Repasó las fuentes de los ríos y demostró que nacían y desembocaban regando siempre tierras autóctonas y que el agua era de todos porque ellos les dejaban. El otro profesor del departamento cuya especialidad era la Historia sí que se enfrentaba con desafíos importantes que le exigían, palmariamente, mentir, pero habida cuenta de que era uno de los promotores del proyecto y que acababa de regresar de uno de los muchos simposios que demostraban las agresiones que desde tiempo inmemorial había sufrido su pueblo no tuvo demasiados problemas en encontrar autores afines a su interpretación de los últimos quince siglos. Al fin y al cabo “la Historia es interpretación” como dijo algún filósofo y, si no lo dijo, pues lo digo yo. Colón había nacido allí y se dudaba con bastante fundamento de las localizaciones del Antiguo y Nuevo Testamento. Estaban a punto de encontrar las ruinas del pesebre en las cercanías del centro. Para que ganara enteros su candidatura a ser el nuevo director del instituto propuso releer 1984 de George Orwell y crear un Departamento de la Verdad, el Depaver en neolengua, que al contrario que en la novela proscribiría el “doblepensar” y se encargaría de revisar la Neo historia de la nueva nación pero pensaron que era mejor dejarlo para después no se fuera a colar algún disidente.

   Tras las soflamas del profe de Historia las cosas discurrieron a gran velocidad y con mucha agitación: la de Plástica propuso un concurso de dibujo del mapa de la nación utilizando diferentes técnicas y con los colores de la bandera como elemento aglutinador para captarlo desde lejos de un golpe de vista; el de Música pobló sus clases de canciones en la lengua vernácula y de reconstrucciones de instrumentos de cuerda y de percusión que habían sido creados, se podía demostrar, por nuestros ancestros (¿quién negaría que un tambor suena mejor con la piel de una vaca de la tierra ni de que hasta en Japón se han encontrado instrumentos herederos de las cítaras autóctonas?) mientras se retiraban de la fonoteca aquellas composiciones de cantantes de apellidos inequívocamente patrios pero que se habían servido de la lengua de dominación; la de Tecnología preparó con los de 1º de la ESO un proyecto en el que debían diseñar, serrar un tablero y luego construir unas urnas que se usarían en la fiesta de la localidad para reconstruir una votación por la libertad; en Educación Física se reproducirían los deportes populares que habían vertebrado la historia de la región y quedaría claro que la musculatura de los autóctonos, consecuencia de su RH, era la más adecuada para los deportes populares (los inmigrantes de países del sur que destacaban en las pruebas atléticas quedarían exentos de la asignatura y se les daría un aprobado raspado). Incluso la delegada sindical aclaró enseguida que se iba a formar un convenio con Asambleas Nacionales para que quedara claro que el sudor de los conversos tenía más valor que el de los infieles y que las condiciones laborales de los primeros necesitaban ser mejoradas en cuanto a jornada y vacaciones habida cuenta del tiempo que necesitaban para desplazarse a las manifestaciones plebiscitarias.

   Nadie comprendió los intentos de la profesora de Cultura Clásica que se empeñó en leer  en su turno de palabra una poesía de Kavafis. Incluso se ofendieron, ignaros, y le reprocharon que los llamara bárbaros. Con el de Filosofía no pudieron y en un momento del debate pidió educadamente permiso para ir al servicio. Allí, solo consigo mismo se tomó orgullosamente un buen trago de cicuta. No lo entendieron.

   Al final no sirvió de mucho y en el concurso de forjas nacionalistas el primer premio lo ganó la televisión.