Lunes, 11 de diciembre de 2017

Papeles en Salamanca

Casi enterrada entre los avatares de la pseudopolítica que se hace en este país e inservible ya como arma arrojadiza electoral una vez conquistado el poder por la derecha española, la artificial polémica creada sobre los llamados por unos “papeles de Cataluña”, por otros los “papeles de Salamanca” y por algunos los “papeles del expolio” o “el asunto del Archivo”, esa inventada guerra entre Cataluña y Salamanca sigue sin embargo viva en los intereses de algunos de la parte salmantina de la cuestión, e incluso actualizada periódicamente con denuncias, peticiones, reivindicaciones y proclamas convenientemente publicitadas por cierta prensa que, aunque ya ni sombra de su antigua belicosidad, sigue alimentando la cosecha de victimismo con que muchas instituciones salmantinas sembraron adhesiones vestidas de patriotismo con magra rentabilidad electoral.

Que la mayor parte de los documentos custodiados en el Archivo General de la Guerra Civil de Salamanca proceden de expolios, robos, incautaciones y hurtos diversos realizados por los vencedores de la Guerra Civil Española, es un hecho histórico que ninguna visión torticera y mucho menos ideologizada de la realidad puede negar. Que es una obviedad el derecho que asiste a sus legítimos propietarios, y no sólo de Cataluña, a la devolución de lo que les fue por la fuerza arrebatado, también. Pero que un asunto que, además de falsear la Historia, fue claramente utilizado política y, sobre todo, electoralmente para atacar a los gobiernos socialistas, y en el que se manipularon groseramente los conceptos de patriotismo y los principios de equidad, propiedad, legitimidad y legalidad, además de la pura verdad, siga manteniéndose en un candelero de artificial victimismo e inventada ofensa, sobre todo si se hace en nombre y representación de toda una ciudad, Salamanca, empieza a convertirse en algo parecido a una instancia del empecinamiento  y la falta de respeto hacia la ciudadanía.

Desde el vergonzoso manoseo de las palabras de Unamuno, utilizadas en pancarta públicamente por belicosas autoridades en el sentido contrario al que tuvieron al ser pronunciadas, hasta las bochornosas marchas y concentraciones ciudadanas encabezadas por los dirigentes políticos y mediáticos del reaccionarismo hispano, que ocuparon calles y plazas de la ciudad amarilla en pro de sus intereses electorales sirviéndose de las buenas pero desinformadas voluntades de la ciudadanía, hasta los cambios caprichosos de nombre de calles, los sonrojantes manifiestos y declaraciones oficiales o la obstaculización institucional cuasi guerrillera del cumplimiento de la legalidad en los traslados de documentos, la historia de los “papeles de Salamanca” o de los “papeles de Cataluña” o como quiera llamarse a este cada día más lamentable y bochornoso asunto, ha dejado para la posteridad un rosario de inconveniencias, actos ridículos y comportamientos absurdos, además de haber cubierto el nombre de Salamanca y el de sus gentes, contemplados  sobre todo desde ciertos ámbitos y lugares, con una pátina de reaccionarismo militante y de empecinamiento belicista que no se corresponde en absoluto con la realidad y de la que siguen teniendo que limpiarse muchos salmantinos por el mero hecho de serlo.

La necesaria reconciliación de los españoles pasa por el cumplimiento no sólo de las leyes de justicia, reconocimiento y reparación sobre los actos criminales de los vencedores de la Guerra Civil y el esclarecimiento, identificación y condena de todos los responsables, culpables, cómplices y rentistas de aquella incivil rebelión contra la legalidad y las oscuras décadas de sus consecuencias, sino también por la eliminación y corrección de cuantos homenajes, reconocimientos, nombramientos, medallas, expolios, robos o atropellos permanecen todavía en un país que quiere acceder a la libertad por medio de procedimientos democráticos o, lo que es lo mismo, a través del respeto a todos y cada uno de sus ciudadanos. Los intentos de paralizar esa normalización con apelaciones a victimismos inexistentes y atropellos dados la vuelta, así como las manipulaciones constantes de los hechos históricos, la enseñanza tendenciosa de la historia, la judicialización paralizadora del cumplimiento de las leyes o la apelación a esencias caducas del patriotismo y fanáticas lealtades a símbolos vacíos, apenas ocultan una inquietante añoranza del franquismo.