Jueves, 14 de diciembre de 2017

Buen Lunes de Aguas

Para un salmantino de adopción, el Lunes de Aguas es fiesta mayor. Por una doble razón. En primer lugar porque va con el ser humano la exageración del patriotismo cuando uno está en tierra extraña. Y en segundo lugar porque los que ni siquiera hemos nacido en esa tierra tenemos que redoblar nuestro sentimiento para hacerlo más creíble a nuestro alrededor. Y en esas ando. Dando lecciones de charrismo a troche y moche cuando se me da pie. Y cuando no, también.

Y en mis catequesis de evangelización salmanticense no me canso de repetir que el Lunes de Aguas es el lunes siguiente al de Pascua. Y que el “Padre Putas” se llamaba Lucas, pero que los estudiantes dieron en rebautizar con tan singular apelativo a este clérigo de peculiar responsabilidad. Nada menos que la de hacer cumplir el mandato del rey Felipe II. El joven monarca –desposado con María Manuela de Portugal en la salmantina plaza de Los Bandos- muy religioso él, estableció que los más de ocho mil estudiantes que pululaban por la capital charra (ojo, que en aquella época Madrid contaba con una población total de once mil habitantes) se abstuvieran durante la cuaresma de carne en todas sus versiones. Y para ayudar a la bullanguera, primaveral y hormonada población estudiantil prohibía la estancia de prostitutas, rameras y otras mujeres públicas a este lado del Tormes. Por lo que las señoras de vida distraída cruzaban antes del Miércoles de Ceniza hacia lo que hoy es el barrio de San José y la Vega para permanecer allí –con la amenaza de multas y castigos varios si cruzaban el Tormes- hasta el lunes siguiente al de Pascua. Y así, en el siglo XVI del pícaro Lazarillo, del huerto de Calixto y Melibea, de La Celestina empeñada en que yacieran unidos hombres y mujeres, arranca esta tradición del padre Lucas cruzando el Tormes con un ejército de putas a las que esperan ansiosos miles de estudiantes en la otra orilla dispuestos a compensar el mes y medio sin vino, sin carne y sin otros manjares. Una bacanal que solía acabar con unos y otras cocidos, hartos y a remojo en el afluente charro del Duero.

Este Lunes de Aguas, recordaré a mis amigos y hermanos salmantinos. Me apretaré el trozo de hornazo que traje de Las Arribes. Lo empaparé con vino criado en los barrancos de la ribera fronteriza del gran río de oro. Y recordaré –como cada año- los buenos momentos compartidos con mi familia de Salamanca en parques, campos, plazas y patios. En torno al hornazo, un orgasmo gastronómico y fraterno. Feliz Lunes de Aguas.