Domingo, 17 de diciembre de 2017

Visitar al encarcelado

Confieso que solo he estado en la cárcel dos veces. Y no preso, sino de visita. Otras muchas  he acompañado a familiares que iban a tener un bis a bis con algún recluso, pero sin entrar, entre otras cosas porque entrar de visita en una prisión no es tan fácil: hay que solicitarlo con tiempo. Claro que los que visitan las cárceles casi diariamente, o al menos periódicamente, son los capellanes y los voluntarios de Caritas, Proyecto Hombre y otras ONGs e instituciones. Debo replanteármelo e ir más a menudo, cumpliendo todas las normas necesarias, porque por desgracia feligreses, conocidos e incluso amigos tengo o he tenido allí.

La prisión es un síntoma de nuestro fracaso como sociedad y también del fracaso humano de muchas personas y de la maldad que habita en el corazón humano, no siempre embridada. En la prisión hay internos de muchos estilos, según cuentan los que saben: los hay ricos, pero la mayoría son pobres; o muy preparados intelectual o profesionalmente, pero son más los de bajo nivel cultural. También hay encarcelados con problemas psíquicos, aunque habría que saber en qué medida esos problemas no han surgido allí mismo. Una causa muy frecuente de encarcelamiento es el narcotráfico, que ha destrozado las vidas y la dignidad no solo de los que están encerrados, sino de muchas familias y grupos sociales, de barrios enteros que gozan de aparente libertad. Un caso relevante entre nosotros es, al parecer, el de la etnia gitana, que ha visto como se deterioraba a marchas forzadas su cultura y, sobre todo, su estructura familiar.

Nuestro sistema penitenciario, en teoría, está pensado para la rehabilitación y la reinserción social de los internos, pero muy pocas veces consigue esta finalidad y acumula fracaso tras fracaso, entre otras razones porque, la sociedad biempensante y normalizada no se fía de los ex presidiarios a la hora de convivir ni de trabajar.

Sea como fuere, el hecho es que los presidiarios también son imagen –sufriente- de Dios e hijos de Dios y, para un cristiano, este es el cimiento de la restauración de la dignidad personal y puede ser el motor de su reinserción social. No se trata de ser buenistas, sino de descubrir en el rostro y en la vida de cada recluso el rostro de Jesucristo, que también estuvo preso, al menos por unas horas, en la cárcel del sumo sacerdote de turno y que, inocente, sufrió la injusticia hasta las últimas consecuencias, consecuencias mortales. Para un cristiano, la resurrección de Cristo es acicate para ayudar a los presos en su restauración personal y social. Como todas las obras de misericordia, ésta no puede cumplirse solo con buena voluntad, sino conociendo las causas profundas y trabajando en equipo para desactivarlas. Y mientras eso se va logrando a base de estudio, de mucho diálogo y de no poco compromiso personal, bueno será seguir rezando por los presos, pero no en general, sino en concreto, poniendo ante Dios los rostros y las vidas de los encarcelados que, de una u otra manera, nos tocan humanamente cerca. La misericordia no es una virtud abstracta.