Martes, 12 de diciembre de 2017

La fuente del conocimiento

Muchas veces tachamos la vida de fugaz y, sin embargo, nada hacemos para evitarlo. Esta brevedad, se transforma en una sensación de vacío que nos sitúa ante un  desierto,  en cuyas arenas  perdemos la  noción del espacio y del tiempo.

Una vez superada la apatía, proponemos un cambio en nuestras actitudes.  Con este fin, examinamos las ideas legadas por nuestros antepasados y, con ellas, tratamos de situarnos en el único mundo posible, donde el tiempo corre como un corcel desbocado al que no podemos alcanzar.

Pero hay momentos en que abandonamos la mediocridad, y buscamos en nuestro interior elementos que nos ayuden a comprender, con mejores criterios, la realidad que nos envuelve. Sin embargo, es tan precario lo que hallamos, que decidimos escarbar en los rescoldos de la historia, para buscar otras fuentes de conocimiento.

Evidentemente, no las encontramos. Además, sufrimos una enorme decepción al comprobar que, la lucha por sobrevivir, ha sido una constante en la historia de la humanidad. La abundancia de disputas entre pensadores, otorgó precarios principios a las ideas, y el tiempo empleado en defender la paternidad de las proclamas, impidió el consenso para evolucionar en lo fundamental.

Algunas veces pregunto: ¿Qué grado de conocimiento tendríamos hoy, si las guerras, los egoísmos individuales y colectivos, la corrupción y las miserias de todo tipo, no hubieran arruinado el esfuerzo de las generaciones precedentes? La humanidad, siempre ha dedicado su tiempo a derribar lo construido por sus semejantes. Y, sobre la escombrera en que se ha convertido el mundo, se vuelve a levantar lo que, en poco tiempo, será nuevamente destruido.

Algunas veces, cuando cruce los montes y bajo a los valles, para capturar la belleza natural, recupero estas ideas, quizá para neutralizarlas en un entorno libre de  toda sospecha. En el medio natural desaparecen todas mis preocupaciones. El equilibrio del que disfruto en ocasiones, es suficiente para dar las gracias al Creador de tanta belleza. Las criaturas que me acompañan, me interpelan permanentemente. No se muestran a mis ojos,  pero sé que están ahí,  formando parte del todo, en contraste con mi pequeñez. La cadencia de su lenguaje y la luz sobre los montes, me enseñan más de lo que puedo aprender en el tiempo que dura mi paseo. Y, en ese estado de absoluta calma, me hago más preguntas: ¿Acaso no es la Naturaleza la mayor fuente de sabiduría? ¿En qué otro lugar podemos buscar la fuente del conocimiento?

Cada uno ha de responder a estas preguntas analizando la realidad en que vive. Lo cierto es que, pasamos más tiempo dormidos que en vigilia y, cuando conseguimos sacudir el sueño, centramos nuestra atención en el horizonte más cercano, donde las cosas tienen nombre, peso y medida. Además, nos ofrecen un mundo lleno de oportunidades.

La fuente del conocimiento, por tanto, no la encontraremos, de la forma en que la buscamos. Mientras la riqueza no pierda su condición de suprema aspiración en la mente de las personas, no será posible descubrir la fuente del conocimiento y, mucho menos,  alcanzar la felicidad que nos falta.