Lunes, 18 de diciembre de 2017

Otro mundo

Me refiero con el título a un mundo en el que he estado hace poco y en el que, aun siendo un mundo de casi nada, he aprendido mucho y muy importante.

He estado, y no de turismo, en un continente pobre, África, y en un país especialmente pobre, Benín, y en una región, al norte en la frontera con Níger y Burkina Faso, que es una de las cuatro o cinco regiones más pobres del mundo. El agua como obsesión, porque es muy escasa; la comida como pregunta diaria y como algo lateral que se hace siempre con lo mismo y cunado hay. Y así casi todo, desde la luz eléctrica hasta el asfalto, el papel, higiénico o no, o la asistencia médica…

Son cosas sabidas que con esa gravedad se dan también en otros países y se pueden conocer perfectamente en cualquier base de datos o en la estadística de todos los días. El que no lo conoce es porque no quiere. Sin embargo, la experiencia directa y, por decirlo así, en las propias carnes dicta lecciones con una nitidez antes no percibida. Y, sin exagerar, ya no se puede vivir como si lo visto y experimentado no existiera. No se puede… o no se debería poder, que ya se verá, porque esta sociedad nuestra ciega y ensordece hasta extremos de anulación personal.

Quizá lo más agobiante es constatar lo escandaloso de esa grieta gigantesca que nos separa en hábitos, bienes y posibilidades. Porque uno se habitúa a no tener más que dos pares de sandalias o un pozo para todo el barrio o una comida en dos tiempos que cubre todo el día o una letrina ridículamente incómoda y casi imposible, cuando la hay. Lo que aquí se nos pasa desapercibido allí es un privilegio casi desconocido y lo que parece esencial e imprescindible no aparece sin que se hunda el mundo.

Bueno, no se hundirá el mundo, pero lo cierto es que la persona en esa situación vive hundida y con el horizonte muy limitado: comer cada día, sortear la enfermedad sin médico y sin medicinas, agua para beber pero no para refrescarse bajo 24 grados de mínima por la noche, conseguir que los hijos hagan primaria o hasta secundaria si hay sitio y suerte, estar en paz cada día con tantas cosas que parecen romperla una y otra vez… Y a la vez la gente es, lo que parece imposible en esas condiciones, abierta, atenta y agradable hasta el extremo. Sean cristianos, animistas o musulmanes, que allí están mediados y ni se nota.

Y, en la otra cara que es la que más nos importa aquí, los que andamos por estas sociedades ricas y estos países poderosos tenemos una deuda ingente que satisfacer por justicia y casi hasta por vergüenza. Nada fácil, por supuesto, pero hay cien modos de aportar la parte que nos corresponda y de reclamársela a otros, especialmente a los que controlan el poder y el dinero, que son los más “culpables” de esa situaciones de miseria y de indignidad de una tercera parte de la humanidad, que ya es decir. Y para responder a esa doble responsabilidad hay cien caminos distintos, especialmente a través del modo de pensar y de vivir de cada uno y además a través de las ONGs y similares.

Sorprende nuestra sangre fría ante tamaña injusticia (quiere decir que esa injusticia es de tamaño descomunal) y nuestro confortable bienestar lleno de sobras desorbitadas y de acaparamientos sin cuento por encima de honestidades e injusticias. Cuesta aceptar un occidente cargado de tanta deuda con los terceros y cuartos mundos y de tan segura perdición a pesar de tantas alarmas que avisan. El desastre está cantado si no se rectifica a tiempo tanto egoísmo colectivo y tanta desigualdad entre sociedades y países. El tiempo, ese juez tan lento como implacable, lo dirá. Ya está avisando…

Por cierto, hoy por hoy en esa región africana son muchas personas de allí mismo y las ONGs las que actúan en medio de la gente y están haciendo un trabajo de calidad y eficacia, sobre todo en la educación y en la sanidad. Téngalo usted en cuenta porque por estas dos puertas pasa, necesariamente, el camino de salida y de desarrollo de los habitantes de Banikoara, Parakou o Kandi, gente digna y admirable pero en unas condiciones de vida que gritan al cielo y a quien quiera escucharlos.

Fructuoso Mangas, sacerdote diocesano