Lunes, 11 de diciembre de 2017

Primavera desde El Paular

Me encuentro en Los Negrales con ocho sacerdotes misioneros pasando unos días de descanso y reflexión con ocasión de la Pascua. Por supuesto, el ambiente es ya de primavera y los árboles y las flores resucitan. También nosotros resucitamos y nos sentimos nuevos unidos a los cerezos y el resto del arbolado.

Precisamente el tema de nuestra reflexión ha sido sobre la ecología y el respeto a la creación, siguiendo las indicaciones del Papa Francisco en su hermosa, sugerente y exigente encíclica “Laudato si. Sobre el cuidado de la casa común”. Es la primera vez que un Papa escribe y enseña solemnemente sobre ecología integral y respeto a la creación. Lástima que apenas haya tenido eco este importante documento, llamado a ser atendido, no sólo por católicos, sino también por toda persona de buena voluntad. Es muy claro y convincente. Y nos invita a todos pero, sobre todo, a los cristianos a comprometernos a colaborar juntos en la construcción de la casa común.

Una de las visitas turísticas y culturales que hemos realizado como grupo en estos días ha sido al Monasterio Benedictino de El Paular. Ya el camino para llegar allí desde Collado Villalba está maravilloso en esta época primaveral, con pinos, árboles frutales floridos, y la nieve a mano en la travesía del puerto de Navacerrada. Y el maravilloso valle madrileño de Rascafría, donde está enclavado el monasterio, a donde llegamos pasando por las proximidades del pico de Peñalara.

Y luego el mismo monasterio. Promovido por los reyes castellanos de la dinastía de los Trastamara y terminado en la época y con la colaboración de la Reina Católica, y puesto bajo los cuidados de la familia religiosa de los Cartujos. Pasando por los abusos de los ejércitos de Napoleón, que convirtieron el monasterio en caballeriza, y por las consecuencias nefastas de la desamortización, que dio la posibilidad a personas privadas de convertir el monasterio en estancia de animales, en los años 50 del siglo veinte comenzó a ser ocupado y restaurado preciosamente por los monjes benedictinos, que lo ocupan y cuidan en la actualidad, ofreciendo a los visitantes y a los posibles residentes unos días de descanso y de aproximación a la espiritualidad benedictinas, y les ayudan a empaparse de arte y cultura maravillosos, que nos llevan a las glorias del pasado, pero que nos ofrecen las riquezas culturales y humanas de la actualidad.

Iglesia, comedor y el maravilloso claustro que presenta ni más ni menos que cincuenta y dos grandes telas en sus correspondientes marcos, pintados por el pintor italiano afincado en España Vicente Carducho, para representar la vida del fundador y las acciones distinguidas de los cartujos, que han sido recientemente preciosamente restauradas. El monasterio de El Paular ha entrado en una dinámica de restauración de sabor primaveral y de efecto de Resurrección pascual.

No nos faltan medios para identificarnos con la naturaleza, o la creación, como prefiere decir el Papa, empapándonos de espíritu de vida, primavera y resurrección, que contribuyen a la mejora de nuestro mundo, y a la construcción de la casa común a la que nos invita Francisco. La primavera ha venido, nadie sabe cómo ha sido. Y sin embargo, nosotros podemos y debemos implicarnos en la mejora de la creación y en la superación de los efectos perversos del cambio climático. Hagamos primavera.