Domingo, 17 de diciembre de 2017

Todavía vivimos (Mir lebn eybik)

Otros mil años deambulando por la A42, cada día, desde la capital de nuestra España, una e indivisible, hasta la capital de las tres naciones, pueblos y fes. Me refiero a la que había antes de que llegara nuestra santa Isabel la católica: “mujer muy esforzada, muy poderosa, prudentísima, sabia, honestísima, casta, devota, discreta, verdadera, clara, sin engaño”. Mujer henchida de virtudes cristianas que la llevaron a expulsar, entre otros, a los judíos. “Nosotros ordenamos además en este edicto que los judíos y judías de cualquier edad que residan en nuestros dominios o territorios que partan con sus hijos e hijas….. (de suerte que) si acaso (son) encontrado(s) en estos dominios o regresa(n) será(n) culpado(s) de muerte y confiscación de sus bienes”. Medida aplaudida por la Universidad de la Sorbona como signo de modernidad. Modernidad desde mucho tiempo atrás actualizada en lo que a judíos se refiere. Por ejemplo, en 1182 Felipe Augusto de Francia los expulsa de su territorio. En 1290 Eduardo I de Inglaterra del suyo. En 1306 reincide Felipe IV de Francia. En 1421 también en Austria y asimismo en Sicilia, Lituania, Portugal, Brandemburgo, Túnez, Reino de Nápoles, Génova, Baviera. Hasta que, ¡por fin¡, inspirado directamente por lo más alto el papa Pío V expulsa a los deicidas de los Estados Pontificios en 1569. Rubén en su imaginación viaja esos 80 kilómetros que separan Toledo de Madrid. Antes, sin duda, apareciese en escena Tomás de Torquemada, confesor de la santa reina, judío converso, kapo y Gran Inquisidor. “Martillo de los herejes, la luz de España, el salvador de su país, el honor de su orden”. Quién, cosas de la leyenda negra, quemara en la hoguera a más de 10.000 marranos y otros 27.000 sufrieron penas infamantes. Y, hete aquí que, Rubén tiene su despacho universitario en el convento dominico de San Pedro Mártir, testigo de numerosos autos de fe, allá por los siglos XV y XVI. A la altura de Numancia de la Sagra Rubén escucha ¿Vi iz dus geseleh? ¿Dónde está mi casa, mi pueblo, mi gente? Razón tenían para preguntárselo. La cruel “buena nueva” se expande por las deprimidas tierras europeas: “Toda la naturaleza es una formidable pugna entre la fuerza y la debilidad, una eterna victoria del fuerte sobre el débil”. Milenaria, depredadora, concepción del mundo recordada por Hitler antes de su ascenso definitivo al poder. Una Weltanschauung que enseña a preservar la pureza de la raza. “La selección racial como algo metafísicamente necesario” apostillaba desde Freiburg Heidegger en 1941 o desde Bucarest en 1937 Mircea Eliade “¿Dejaremos a la nación rumana terminar su vida minada por la miseria, la sífilis y los judíos, despedazada por los extranjeros?” ¡Die Juden, die Kommunisten und die Freimaurer¡ (judíos, comunistas y masones), todos ellos, especialmente los primeros, “cosmopolitas desarraigados, fermento de descomposición de la raza, ácido disolvente propio del racionalismo crítico, paradigma de la relajación moral y agentes del capital internacional”. Eran, en resumidas cuentas, el Weltfeind, el enemigo mundial. Rubén sigue conduciendo por Europa del este. Escucha ahora Mayn Yiddishe Meydele y piensa que la vida de aquella muchacha yiddish fue decidida un mes de enero de 1942 a las orillas del Gross Wannsee. Solución final, Endlösung der Judenfrage, para millones de personas reducidas a simples Stücken, pedazos, marionetas de una humanidad excluida y condenada a morir. Gentes corrientes y molientes eran su inmensa mayoría. Abandonados también, aquí en la tierra, por las autoproclamadas fuerzas del espíritu, Pío XI y Pío XII concordaron, primero con Mussolini, luego con Hitler y por fin con Franco, intereses y silencios. La protestante Deutsche Cristen destacó a Ludwig Müller como obispo del Reich. Ningún jerarca nazi fue excomulgado por haber aniquilado a una muchedumbre de judíos, gitanos, homosexuales, discapacitados, testigos de Jehová y miembros de otras “razas inferiores”. No todos, sin embargo, se comportaron así. En el mundo hay también buena gente. Ellos buscaron refugio en unas pocas palabras y con ellas construyeron una casa sin puertas abierta a tanto perseguido. La historia no ha retenido sus nombres, o pocos de ellos, o de manera equivocada. Es sabido que la memoria es una sustancia propia de los que detentan el poder. Por lo demás, estas líneas sirvan para recordar y rendir homenaje a los despreciados y perseguidos de hoy. También a los que ofician de anónimos samaritanos. Me refiero a los refugiados que deambulan por los arrabales de esta Europa darwiniana. Mi solidaridad con el mundo árabe que ansía la paz, con sus costumbres, cultura y creencias.