Jueves, 14 de diciembre de 2017

¿Por qué lo harán?

   A pesar de mis modestos conocimientos en psicología y mis, por lo viejo, más amplios saberes de las cosas de la vida hay comportamientos humanos que no llego a comprender. Me refiero a esos que la mayoría de nosotros dejamos de lado por considerarlos suicidas o con un final infeliz más o menos inmediato. Una de las primeras veces que me entró este intríngulis fue cuando en la Olimpiada de invierno de 2002 en Salt Lake City un esquiador de fondo, español adoptado, de apellido Muehlegg y a quien todos llamaban Juanito realizó una exhibición absolutamente exagerada en la prueba de 50 kilómetros y consiguió su tercera medalla de oro. No sé qué andaría haciendo yo por esas épocas para estar viendo en la tele esquí de fondo pero sí recuerdo que en directo me pareció una fuerza de la naturaleza que tenía precisamente algo de antinatural y pronostiqué que competía con gasolina súper en la sangre. Unas horas después el positivo por doping se hacía público y le desposeían de su medalla. Tuve luego una sensación parecida en un Tour de Francia en que un tal Floyd Landis alejado de la victoria por una etapa en la que se hundió y perdió más de 10 minutos y el maillot de líder, renació al día siguiente con una exhibición de poderío y ganó una dura etapa tras una escapada de 130 kilómetros y con un montón de minutos de ventaja. Era evidente que estaba dopado como al poco tiempo se demostró pero sigo sin explicarme por qué lo hizo, qué obtuvo. ¿Los aplausos efímeros del podio en París, una especie de mirada de superioridad que sabía falsa hacia los que le habían menospreciado el día antes, el beso de la guapa en el podio, los mensajes de felicitación de esa noche? Quizá todo es tan sencillo como que pensaba que no le iban a pillar como no pillarán a muchos (los siete Tours de Francia en los que Lance Armstrong nos tomó el pelo a todos abundan en esa línea) pero no parece sólo eso. Curiosamente en la prensa de la época encuentras siempre la misma expresión: del cielo al infierno en unas horas. ¿Por qué lo hacen?  Sigo sin explicármelo.

   La sensación de impunidad también la conozco y la comprendo (“no me van a pillar, soy el p… amo”) lo que no me explico es su comportamiento cuando ya les han pillado, cuando su carrera, hablo ahora de la política, está acabada, cuando se les escucha su voz en grabaciones bochornosas, cuando sus concejales están encausados. Entonces, ¿por qué no directamente aceptarlo, pasar a mejor vida y disfrutar de lo que queda de jubilación al salir de la cárcel?, ¿qué sentido tiene prolongar la agonía?. Para un chorizo de medio pelo que vive en el anonimato el negar la evidencia puede acabar permitiéndole hurtar (nunca mejor dicho) el bulto porque la policía acabe dándose por vencida y así se libra de la cárcel. Pero para los políticos que viven cara el público, que piden nuestro voto, qué sentido tiene aguantar una postura insostenible y demorar la dimisión. Aunque consigan esa demora, cómo pueden soportar esa fama, mala fama, ser reconocidos por las calles, asediados por los periodistas, tildados de chorizos a grito pelado. ¿En qué cifran la felicidad?, ¿en esconderse tras unos visillos, sentarse en su salón, decorado de la manera más hortera, y solazarse mirando unas cabezas de venado colgadas en las paredes o degustando a escondidas una de las miles de botellas de vino de marca que nunca podrán terminar?. No se lo cambio por una buena cervecita en la playa rodeado de amigos.

   Cuando las probabilidades de eludir el castigo son mínimas, ¿por qué se agarran de esa manera a la presunción de inocencia, desvirtuándola? Si dilatarlo en el tiempo es la única intención parece casi una victoria pírrica en la que se pierde más de lo que se gana. Por eso me parece más coherente, si bien no deja de asombrarme, la tranquilidad mostrada por la asesina de Isabel Carrasco, esa tal Montserrat con aspecto de ama de casa de mi descansillo, diciendo que no se arrepiente de nada.

   Lo cierto es que los aforamientos como los contraanálisis de drogas pretenden servir de garantía de que con una denuncia maliciosa no se retire de la circulación a un político rival (el día en que se vota algo importante, por ejemplo) o se ponga en entredicho la honorabilidad de alguien descalificándolo así en la lucha por algún objetivo valioso, pero "algo" nos dice que ése no fue el caso de las denuncias contra Juanito o Landis, algo nos dice que nadie ha soltado información maledicente contra una defenestrada Rita Barberá, ya acabada como política. No estoy diciendo, porque no soy quien, que la exalcaldesa haya cometido ilegalidades (aunque tiene toda la pinta) pero lo que está claro es que era la entrenadora, por decirlo así, de un equipo de gobierno sometido a investigación porque los datos con que cuenta la policía desprenden una clara presunción de culpabilidad. Quizá sea inocente y no pise la cárcel, pero sigue siendo difícil de entender a qué espera para renunciar a su puesto en el Senado.

   Yo es que soy tan pardillo que la primera vez que me llamaron la atención por intentar distraer un libro en tiempos en que andaba corto de pelas no se me ocurrió decir que era inocente sino salir corriendo y no volver por aquella librería. Pecadillos de juventud.