Miércoles, 13 de diciembre de 2017

Mirar para otro lado

En estas fechas que mezclan el recogimiento con la expresividad más pública del sentimiento religioso, que más que pese a algunos y algunas, forma parte de nuestra historia, de nuestra cultura, de nuestro ácido desoxirribonucleico. Seguimos echándonos las manos a la cabeza por culpa de los asesinos de siempre, esos mismos descerebrados, fanáticos y carentes de humanidad que campan entre nosotros, pero no con nosotros.

 

Y yo me pregunto hasta cuándo. Hasta cuando seguiremos mirando hacia el otro lado, hacía el flanco equivocado. El de la gominola y las nubes de azúcar.

 

Me asquea y me preocupa a partes iguales la incapacidad general que mostramos para enfocar una situación que pretendemos camuflar pero que está ahí, sembrada de vidas de inocentes. Detrás de “je suis” que no comprendo, de grafismos recurrentes y banderas transparentes.

 

Hasta cuándo vamos a seguir permitiendo que nos utilicen. Que se aprovechen de nuestros valores, de nuestros presupuestos, de nuestras democracias, de nuestros principios que dinamitan sin compasión y acribillan a la mínima ocasión.

 

Estoy harto de esa imposición moral, intelectual y política que pide comprensión sin límites al que asila, y da carta blanca al que arriba. Tolerando en cultura ajena lo que combaten en la propia.

 

Estoy atiborrado de democracias laxas, flojas, almibaradas, incapaces de ajustar con razón y determinación lo que otros imponen con la explosión. Una racionalidad que pide a gritos el blindaje ante una guerra que llevamos años sufriendo y padeciendo. Y cuya máxima prioridad además de nuestra protección es salvaguardar nuestro modelo de convivencia.

 

Una guerra primitiva, brutal, descarnada. De vírgenes paradisiacas, guetos autoimpuestos, doctrinas medievales y vientres fecundos. A la que debemos de empezar a combatir desde ya. Sin más dilación, sin manos fofas.

 

Porque Europa sabe muy bien lo que es combatir al totalitarismo, a la sinrazón. La diferencia es que al enemigo lo tenemos entre nosotros, y ya no avanza uniformado hacia nuestras fronteras. Pasea por nuestras calles, vive en nuestras ciudades, hace negocios con nosotros.

 

No hay tiempo que perder, no podemos seguir mirando para el lado equivocado. Nuestros países, nuestras sociedades libres, nuestra Europa, no pueden ni deben dejar de emplear ni un solo recurso a su alcance para impedir que el mal, que la dictadura del terror, vuelva a ensombrecer a un continente que enseñó al mundo lo que es la libertad y la democracia.