Martes, 12 de diciembre de 2017

Al “paso”

Están el “ir al paso”, el “paso cambiado”, los “pasos perdidos”, el “paso honroso”, el “paso de la cofradía”, el “dar el paso”, el “dar paso”, los “malos pasos”, el “paso a paso”

Procesión del Santo Entierro en Cantalpino | Fotos: Elena Sánchez

Quizás se pueda afirmar que no hay palabra tan cargada de memoria en todo el vocabulario universal: פסח (PÉSAJ) - ΠΆΣΧΑ (PASJA) - PASCHA (PASCA) - PASCUA. Impresionan estas dos sílabas, cortas y cortantes en cualquier lengua, tan espectaculares y tan llenas de humanidad y de transcendencia; plenas de sudor y de lágrimas y grávidas de gloria y de canciones. Y entre estas dos sílabas están todos nuestros pasos, que así, “paso”, se traduce malamente esa palabra.

Están el “ir al paso”, el “paso cambiado”, los “pasos perdidos”, el “paso honroso”, el “paso de la cofradía”, el “dar el paso”, el “dar paso”, los “malos pasos”, el “paso a paso”… Y desde ahí habría que recordar tantos pasos nuestros dados, desandados o por dar. Y todos formando parte de ese bloque humano, sólido y universal, que es la Pascua, el Paso por excelencia.

¿Qué pasaría si nos pasáramos todos a la otra orilla dando el paso de la indiferencia a la implicación, del egoísmo a la solidaridad, desde la agresión al abrazo? ¿Y si en medio de esta noche decidiéramos todos, pequeños de calle y poderosos de altura, levantar en alto lo que lleva a la vida y echar fuera todo lo que engendra muerte y dolor? Son pasos concretos que están explícitamente implicados en este “paso” grande de la Pascua. Y valen por encima de creencias y adhesiones.

La cosa viene de muy lejos. El pueblo judío que desde hace tres mil años mantiene esa memoria cada año con una fidelidad incomparable, a través del tiempo y de la persecución, en cualquier sótano de Praga en tiempos sombríos o en la gran sinagoga de Berlín en días de tolerancia. Celebraron cada año el recuerdo de aquel “paso” de Yavé entre las casas de egipcios y judíos junto con el “paso” a pie por aquel mar que se lo interrumpía; así pasaron a ser un pueblo libre, con nombre y con tierra.

Y mantuvieron fecha, memoria y fiesta aun atrapados y arrasados una y otra vez por los ejércitos de los poderosos de turno (¿alguien contó alguna vez cuántos ejércitos entraron violentamente en Jerusalén?), se llevaron consigo la fe y la Pascua cuando dejaron ciudad santa y tierra suya desde siglos por la fuerza del imperio de Roma, cuando soportaron la emigración por medio mundo manteniendo la fidelidad en cada familia, en cada barrio, en cada sinagoga. Sin desmayo ni apenas abandono.

En esta tierra nuestra estuvieron durante siglos, no sin problemas por ambos lados, y cuando tuvieron que salir para el destierro llevaron donde fueron la historia, la fidelidad y la Pascua. Y ahí, en ellas, siguen.

Los cristianos, nacidos de una orilla judía, releyeron toda esta historia y sin robársela la hicieron también suya, viendo en Jesús de Nazaret a aquél al que Dios propone como señal nueva de una Pascua nueva. Y así para sus seguidores, que hasta hoy después de veinte siglos mantienen aquella vieja fidelidad con vetas nuevas, la Pascua que viene mañana, día 27 de marzo, de madrugada es memoria grande y Fiesta primera en gentes y grupos extendidos por el mundo entero. Son cientos y cientos de millones, cada uno a su “paso” y con su “pascua” reunidos en la Pascua común. A todos ellos la felicitación y la enhorabuena.

Que entre todos vayamos dando esos pasos diarios que el paso largo de la Pascua incluye y exige.

¡Felices Pascuas! Y que sea por muchos años, o por muchos siglos si así se empeña la historia…

Fructuoso Mangas es sacerdote diocesana

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