Lunes, 18 de diciembre de 2017
Bracamonte al día

Las Mecas, un juego muy nuestro de cada Viernes Santo, que suma seguidores año a año

PEÑARANDA | Cerca de una veintena de personas participaron en la edición de este año celebrada en el salón interior del Centro Social

 

El Centro Social acogió un año más la clásica partida de Las Mecas

Que en estos días no todo es recogimiento, sino además tradiciones y entretenimiento pero con solera es sin duda un hecho en la ciudad. Como cada Viernes Santo, un puñado de vecinos mantienen su cita con la historia desde hace más de seis décadas y este año no iba a ser menos. El Centro Social acogió nuevamente, el juego de las Mecas, tradición única que se remonta a 1949 y que es una forma original de pasar un rato divertido entre amigos y disfrutar de la también clásica limonada. En esta ocasión, se dieron cita más cerca de una veintena de participantes, que tiraron los dados, cantaron, burlaron a los perdedores y mantuvieron viva una costumbre única en Peñaranda.

Este curioso juego tiene una única cita  anual que se desarrolla durante la tarde del Viernes Santo, a las cinco en punto de la tarde, un horario y un pasatiempo que tiene su origen en el "bar Autocar", establecimiento en el que se celebro durante una larga temporada. Tras cerrar, ‘Las Mecas’ se trasladaban a "La Flor del vino", y tras la jubilación de sus dueños, ha fijado su sede hasta nuestros días en el salón interior del Centro Social.

El juego en cuestión consiste en la suma de puntuaciones a través de los dados tirada tras tirada. Cada jugador lanzara los dados, tantas veces como sea necesario para sumar entre 24 y 31 puntos. Llegada a esta cantidad el lanzador se planta. Pero si se pasa, ha perdido la ronda y la jarra de limonada, que recibe el nombre de lamentación. El participante que supere los 31, o que se plante en 24 o más, pero el resto de jugadores le superen, pierde la lamentación y recibe las burlas de los demás lo que provocara que durante la jugada siguiente, tenga delante de él, sobre la mesa, un cirio alumbrando, en señal de perdedor.

Finalizado el juego, se redacta el acta correspondiente, reflejando las alusiones principales y se firma con originales mensajes. Es la denominada hora de las lamentaciones. Aún se conservan de su origen algunos detalles tales como un grueso lapicero Purgante Besoy con el que se anotan, año tras año, las partidas perdidas por cada jugador. Una bonita y curiosa tradición que, lejos de perderse, se mantiene con más fuerza año tras año.