Miércoles, 13 de diciembre de 2017

Ser y no ser creyente

   Imposible escribir sobre ninguna otra cosa en una semana como esta en la que unos muertos de verdad compiten en las imágenes televisivas con la conmemoración de los cristianos en sus días más sagrados. Muertos que se parecen mucho a nosotros en su indumentaria -no llevan uniformes, llevan maletines, paraguas-, en sus reacciones de miedo, que se mueven en un escenario de calles, aceras, aeropuertos que nos es tan familiar. Imposible entonar algo diferente a una salmodia triste que intente ayudar a sobrellevar esta incomprensión del mundo. No valen ejercicios de estilo, ni se pueden abordar otros temas salvo que el artículo estuviera enviado y los atentados nos cogieran en la playa. El año pasado los de Charlie Hebdo sí me cogieron en Canarias y aunque debo reconocer que estuve inmerso en ella no dejé de encontrar obscena aquella semana de piscina y resort en la que media Europa de jubilados escandinavos casi en fase terminal comían y se solazaban en las tardes al sol. Lejos de allí, en Centroeuropa no sólo había mucha nieve, también mucho miedo. Este año la casualidad ha querido que Bruselas fuera mi destino de viaje la próxima semana.

   Continúa el terror en nuestro mundo occidental mientras continúan las guerras y la huída de refugiados en el oriental, en el meridional. Las televisiones se llenan de informadores y opinadores y acabamos siendo todos expertos en yihadismo, esa facción del islam que se radicaliza y que impone la muerte. Sabemos que hay millones de musulmanes en África, en Asia que practican su religión en paz. Lo sabemos pero no nos lo creemos y aunque sé que caigo en un reduccionismo ingenuo no dejo de deplorar las guerras de religiones y que se pueda matar mientras se enuncia el nombre de Dios y me alegro de nos ser creyente (aunque respeto mucho a los que lo son y sobre todo a los que se entregan en misiones de ayuda a los demás) y basar mi ética en la absoluta igualdad de los seres humanos.

   Más tarde ese mismo martes las imágenes del terror se encadenan con la retransmisión de las procesiones por las calles de Salamanca que conforman también un escenario que también me es familiar por todas las veces que las he paseado. En concreto me emociono ante un hermoso plano de la Virgen de la Sabiduría vista de espaldas y que parece mirar de verdad al Cristo de la Luz que pende, seguramente ya muerto si nos fijamos en la sangre que ha salido por una herida en el costado, de la cruz. Es difícil no sobrecogerse ante lo bellamente que está representado en madera el sufrimiento de un hombre con el que también te sientes emparentado, como con las víctimas de Bruselas, es difícil no percibir el dolor de esa madre destrozada. Supongo que, aunque a mí no me pase, atribuirle a esas imágenes un simbolismo religioso propiciará un éxtasis en su contemplación. Ahora, por el contrario, pienso que es una pena no ser creyente y no sentir esa emoción extática. Pero, con todo,  ello no me hace caer en ese estúpido papanatismo de los que menosprecian la Semana Santa y, con el delicado tema de lo que debe subvencionarse con dinero público y lo que no, quieren transformarla en semana de festejos pero luego van a Tailandia a alucinar con las imágenes de Budas milenarios o vuelven del Machu Picchu pensando que aquellas arquitecturas transmiten una espiritualidad más auténtica que la cristiana.

   No hay definición que resuma mejor nuestras dificultades para vivir en paz que la de la palabra infiel. La tomo del llamado diccionario Salamanca: “Que no profesa la religión considerada verdadera”. Todas las religiones piensan que los infieles son los creyentes de las otras.