Miércoles, 13 de diciembre de 2017

El semáforo (y su gilipollez)

Soberbia gilipollez. Por si nos faltaba algo ya. Los semáforos valencianos. Supongamos que la figura que ahí se representaba (hasta anteayer mismo) era algo así como un ser humano asexuado. Simple y llanamente eso. Yo a aquello no le veía distintivo sexual alguno. Podría ser tanto varón como hembra indistintamente (o transexual travestido, que también). Y llega uno y a una simple silueta asexuada va y le coloca una falda del año catapún para convertirlo en mujer. Una chorrada supina, además de anacronismo. Me la visten de valenciana con traje fallero. Da esa impresión. Desde los años sesenta ni una mujer va con esas faldas por la calle y a lo loco, si no es en fallas y vestida de fallera, claro. Esa es la manera del diseñador de turno de verla como mujer. Vamos anda.

           Rizar el rizo, exprimirse meninges para eso. Yo le ponía directamente un suspenso como diseñador. Y otro al concejal y al asesor de turno por colocarlos siendo tan antiestéticos. Semejante bodrio para delimitar condiciones sexuales. Ni al que asó la manteca.

           Ver varón o hembra en el monigote de cualquier semáforo es de cortos mentales cuando menos. Del tío que no ve un ser humano a dos pasos. ¿Y si probáramos con un monigotillo africano para no ofender? ¿O chinito? Para quedar bien con todos. ¿Pero observan ustedes alguna diferencia de sexo o de raza entre los monigotes de cualquier semáforo de ahora mismo? Sin embargo la siluetilla valenciana es una valenciana vestida de fallera. No puede ser otra cosa. Eso sí que es hacer diferencias. Aquí podríamos vestirla de charra (siendo el traje tan bonito y señorial, por otra parte). O rizando el rizo aún más, podríamos pensar en el mensaje de aquel chiste de quien dibujaba un inocente rectángulo y el otro veía en aquello genuinos símbolos del sexo. Dejemos ciertas cosas como están, que a lo mejor están así por algo, y encima pueden estar hasta bien. Encima eso.