Miércoles, 13 de diciembre de 2017

Religión, tradición, cultura….

Antes de nada quiero decir que no soy creyente. Es decir, que no creo en dioses, o seres sobrenaturales que marquen, directa o indirectamente nuestras vidas. Que no creo que después de esta vida vayamos a tener otra, ni mejor ni peor. Lo que sí creo, es que lo que tengamos que hacer hay que hacerlo aquí y ahora, porque una vez que nuestra vida concluya no tendremos ninguna oportunidad de hacerlo. Y lo que hagamos tenemos que hacerlo simplemente porque estemos convencidos de que es eso lo que tenemos que hacer, sin esperar premio alguno.

Por fingirnos santos y por proclamar a los cuatro vientos que amamos a nuestro prójimo más que nadie, no vamos a ser agraciados con el premio gordo. Tenemos que hacer el bien porque es lo que nuestra naturaleza nos pide, y que debemos evitar hacer el mal no porque vayamos a ser castigados, sino porque nuestro prójimo, nuestro entorno, la naturaleza… merecen nuestra bondad, nuestro cariño, nuestro respeto y todos nuestros cuidados. No para que una vez de muertos podamos contemplar nuestra obra y sentirnos orgullosos de ella. No, sino porque esa debe ser nuestra condición, la de hacer el bien sin mirar a quien ni esperar nada a cambio. Entre otras cosas porque nada hay después de esta vida. Al menos eso es lo que creo.

Todo esto viene a cuento de que, aun no creyendo, en el sentido religioso, porque en otras muchas cosas, claro que creo: en las personas, en uno mismo, en la Naturaleza, en el ser Humano, en la vida, en el amor… estoy dispuesto a entregar hasta mi último aliento, para que otros puedan creer y puedan hacerlo sin complejos, que puedan manifestarlo abiertamente, sin tener que avergonzarse por ello. Estoy dispuesto a defender en la manera que me sea posible, que manifestaciones religiosas, con una tradición de siglos, puedan llevarse a cabo en las calles de nuestra ciudad y de todas las ciudades, pueblos y aldeas de España y de cualquier parte del mundo. Estoy dispuesto a dejarme azotar, porque templos, catedrales, iglesias…, puedan permanecer abiertas a cuantos quieran visitarlas sin temor a nada ni a nadie.

La religión que profesaron nuestros padres y que ahora profesan muchos ciudadanos de nuestro país, además del aspecto religioso, tiene mucho de cultura, de historia, de tradición… de una serie de valores que yo respeto profundamente y que estoy dispuesto a defender allí donde se me reclame para hacerlo. No me gustaría que ahora, en dos días, por un mal entendido sentido de lo laico, desparezca una cultura secular en la que han vivido sumergida (equivocados o no) nuestros antepasados. No se puede hacer borrón y cuenta nueva con la historia. La historia está ahí y es un peso que tenemos que aprender a llevar, porque somos hijos de ella.

Me gustaría que por un momento, pensáramos, sin complejos ni prejuicios, qué sería de la cultura occidental sin la aportación de la religión.

¿Qué sería de la pintura, de la música, de la escultura, de la arquitectura, de la literatura…? ¿Que ha habido muchos desmanes en nombre de la religión? Pues claro, ¿Que ha habido hombres que han utilizado la religión para su propio beneficio? pues claro, ¿Que se ha cometido atrocidades en nombre de la religión? por supuesto, ¿Que la jerarquía religiosa no siempre ha estado a la altura que se les debe suponer? Claro que sí… y todos los males que ustedes quieran. Pero yo no hablo de esas personas sino de Religión, la que sea, no de la manipulación que a lo largo de tantos siglos se ha hecho, y se sigue haciendo. No hablo, ni quiero hablar, al menos ahora, de la jerarquía religiosa, que tan perniciosa ha sido. Yo hablo de las mujeres y los hombres de bien que cree en la bondad de ese Dios o esos dioses misericordiosos. Yo hablo de esas personas cuya única esperanza es que haya, donde sea, alguien o algo, que haga justicia, para que tanto sinvergüenza como hay en este mundo, tenga que pagar las atrocidades que, amparados por su gran poder, ya sea económico, político, religioso o militar, cometen en esta vida terrenal. Esperanza que les permite seguir viviendo con cierta dignidad. Yo hablo de los fieles que acuden a las iglesias a orar por ellos y por todos los demás… Yo hablo de los que acuden a las procesiones de Semana Santa movidos por un sentido religioso, tradicional o cultural o por lo que sea, y lloran y manifiestan sus sentimientos más íntimos ante esas imágenes.

¿Quiénes somos nosotros, ni nadie, para arrebatar los sentimientos de esos corazones? ¿Acaso queremos tener ciudadanos exclusivamente racionales, sin sentimientos, pasiones, emociones…?

Es muy probable que yo no acuda a ninguna procesión, pero si lo hago, lo haré con el mayor respeto por cuantos procesionen y por todos los que llenen las calles esperando a que pase delante de ellos el paso, al que con fervor, pedirán algún pequeño milagro que les permita hacer más llevadera esta vida. También respetaré a los que quieren ver la estética del paso, contemplar el arte de esos imagineros que tallaran esas magníficas figuras para que lucieran con todo su esplendor por las calles de nuestra ciudad.

Para disfrutar plenamente de toda la belleza de esos pasos, han de ser contemplados con cierto recogimiento, aunque esté huérfano de fe. Fe que no comparto. Pero sí compartiré sus sentimientos.