Miércoles, 13 de diciembre de 2017

Jesús en la Moraña

En estas tierras de pan llevar, la vista se pierde y a lo lejos, en el horizonte, se vislumbra Medina y por allá Peñaranda, por este lado la de las Altas Torres y  por el otro Arévalo… La tierra verdea, y el cielo amaga lluvia, promesa de dones futuros. En esta llanura que brota, entre los fríos de la corta primavera, el cielo sigue estando tan cerca de la tierra que parecen confundirse.

Hasta hace poco el viajero transitaba por estos pueblos de Dios con la calma a la que obligaban las rutas anticuadas, los caminos inverosímiles, curvados por las pequeñas lomas, sucedidos de algunas rectas largas, como alternadas para entretener al conductor y evitarle los peligros del sopor de estas planicies eternas.

Debo confesar mi compromiso con otras cofradías, mi apego a otras callejas iluminadas también con tristes faroles castellanos, por donde pasan los hermanos, en silencio o en callada mansedumbre adornada por algunos esporádicos cánticos. Pero me imagino bien a Jesús en la Moraña, en estos días santos, en las ásperas esquinas por donde sopla un aire fino que viene de Gredos y apaga de repente las velas, nada más girar, y a la luz de la luna y de la flor del cardo nos muestra desde la cruz la cara resignada del que en paz está muriendo.

Los callos agarran las andas. Andas rústicas, modestas y austeras, como bien dice el tópico. Los hermanos cofrades avanzan penitentes y un niño mira con ojos abiertos como fosas el largo peregrinaje por la calle principal, camino de la vieja iglesia parroquial, donde espera la pequeña muchedumbre, la humilde representación de la humanidad sufriente entera.

Tantos recuerdos en las pupilas de la abuela que no ha querido perderse tampoco este año el recorrido de la cruz, tal vez el último. La llegada de la procesión al atrio, donde ha vivido tantos días felices con muchos acontecimientos principales y algunos otros íntimos, como en su juventud aquella mirada de soslayo al mozo que le había guiñado el ojo y que le había robado el aliento.

Jesús muere en la Moraña y así, a pesar de los ímpetus de la modernidad, de los aires desacralizados y mundanos, e incluso irreverentes, siembra vida en los corazones desvencijados de los pueblos castellanos, que resisten los hielos, las ventiscas, las tronadas y mantienen resguardado con cuidado el modesto soplo que les viene de aquella estampa evangélica, que poco a poco avanza al ritmo que le pueden dar esas espaldas curvadas, esforzadas, y también emocionadas.

Llega el Cristo a la plaza parroquial, entre penumbras, y aunque se diría que ya ha expirado, es seguro que ha lanzado una mirada efímera, preñada de misericordia, a aquellos que nacen, viven y mueren en ese espacio áspero, entre la tierra y el cielo, en la Moraña.