Sábado, 16 de diciembre de 2017

Escañearte

Tener un escaño está al alcance de pocos. Sea en el Parlamento Nacional o Autonómico, Provincial o Local, tener un escaño es cosa de muy pocos.

Si bien nació como un banco corrido con un respaldo de madera. Hoy tiene connotaciones políticas claras en España.

No está tan claro el término que acabo de acuñar: “escañearte”. A él acudo cuando observo que alguno de los beneficiados con un escaño se aferra al mismo, impidiendo con ello que su libertad se desarrollo con total eficacia, pues parece como si el escaño tuviera esa facultad absorbente de pensamientos y sentimientos provocando en su inquilino temporal un sentido de propiedad inusual e impropio del elemento mueble que tan sólo sustenta sus posaderas durante las sesiones de la entidad corporativa a la que pertenece por elección de sus ciudadanos.

Conozco personalmente muchos “escaneñados”, personas fantásticas, talentosas e inteligentes que tan sólo viven para defender una porción de terreno, que no es otro que su escaño.

Son los nuevos terratenientes. A falta de huebras, el señorito o caballero del siglo XXI es un personaje que tan solo posee un trozo de silla o sillón, por cierto, muy rentable económicamente, pero no deriva de aquí el apego, que ayuda, pero más bien procede de la seducción que produce el poder que parece de él emanar.

“Apegarse al cargo” es una expresión que en los años de crecimiento de la joven democracia española hemos aprendido muy deprisa. Pero creo que no tanto es el apego al cargo como al escaño. Permítaseme la broma.

Quien se “escañea” acaba “escaneándose”  y se convierte en un personaje cuyo único motivo en la vida es conservar el escaño a toda costa. El apego tiene su origen en el miedo. Por tanto estamos rodeados de miedosos. Personas cuya fuente principal de motivación personal es el miedo a perder el escaño.

Se imaginan a Colón con miedo. Se imaginan a  Don Pelayo con miedo. Se imaginan Pizarro, Hernán Cortés…pues sí, tenían miedo, pero lo reconocían y estaban dispuestos a perderlo todo, incluso su escaño por un fin mayor.  Tenían una visión que hacia trascender el escaño, incluso se ponían de pie encima de él para atisbar el horizonte.

En el mundo necesitamos personas que estén dispuestas a perder su escaño. Pero es que todos los ciudadanos nos hemos “escañeado”, en nuestras casas, cuentas corrientes, puestos de trabajo, carreras profesionales y empresas. Todo por nuestro escaño. Vivimos en el constante miedo de perder lo que con tanto sudor y lágrimas hemos conseguido. Este apego nos hace miedosos.

Cuando todos abandonemos la tierra por muerte nuestros escaños no podrán venir detrás de nosotros, se quedarán aquí para ser ocupados por otros que se “escañearan”.

Cerramos nuestras puertas pues no queremos compartir nuestros escaños. Nos hacemos celosos, en fin, miedosos de todos cuantos puedan amenazar nuestro escaño.

Tengo mis propios escaños. Llevo años deshaciendo poco a poco la tendencia personal a su defensa e intento caminar en esta vida con equipaje ligero, tan solo una sonrisa y una mano tendida. Es la vida en desapego, “descañeado” diría.

Mientras no dejemos atrás el miedo, mientras no lo trascendemos nos retendremos en dispuestas y guerras por conversar un escaño y, de esta forma, nos “escañearemos” o mejor, escoñaremos.

La Semana Santa asoma a nuestras puertas. Un hombre, sin duda, un hombre como Jesús de Nazaret, supo mostrar al mundo el camino del desapego, renunció al más alto escaño que pueda existir sobre el Cosmos y descendió a tierra firme para explicar a los hombres y mujeres lo que hay que hacer con la vida para que después del escaño de este tierra podamos ocupar el escaño en el Cielo. Y yo, a éste último, si me “escañeo”, si me apego. El que de aquí no me lo podré llevar pero nadie me puede demostrar que no me espere otro en el Cielo.