Lunes, 18 de diciembre de 2017

La escritura del lector > orografías de las bibliotecas personales

 

Bruno Munari – Imagen publicada en la revista Domus en 1944

 

Tener los pies en alto es la primera condición para disfrutar de la lectura.

Bueno, ¿a qué esperas? Extiende las piernas, alarga también los pies sobre un cojín, sobre dos cojines, sobre los brazos del sofá, sobre las orejas del sillón, sobre la mesita de té, sobre el escritorio, sobre el piano, sobre el globo terráqueo. Quítate los zapatos, primero. Si quieres tener los pies en alto; si no, vuelve a ponértelos. Y ahora no te quedes ahí con los zapatos en una mano y el libro en otra.

Regula la luz de modo que no te fatigue la vista. Hazlo ahora, porque en cuanto te hayas sumido en la lectura ya no habrá forma de moverte. Haz de modo que la página no quede en sombra, un adensarse de letras negras sobre un fondo gris, uniformes como un tropel de ratones; pero ten cuidado  de que no te caiga encima una luz demasiado fuerte que se refleje sobre la cruda blancura del papel royendo las sombras de los caracteres como en un mediodía del sur.

Italo Calvino

 

Antes de llegar a este punto que nos avanza Calvino y que es el anuncio, la posibilidad, quizá la antesala para rozar una cierta plenitud, el gozo que siempre, oiga, siempre, supone hacerse con una buena historia, tengo que contarles otra.

 

Hace ya algunos meses, en uno de esos épicos encuentros que afortunadamente se reproducen como las esporas en las bibliotecas de nuestras ciudades, alguien presentó un libro que enseguida llamó mi atención debido a su singular título: Tocar los libros. Me pareció una acertada y lúcida manera de renombrar a la lectura y lo que ésta significa.

 

Inmediatamente me invadieron términos similares: acariciar, rozar; a su lado estaban también tentar o tantear, sin olvidar esos verbos de innegable y sugerente proximidad con el tema del que hablamos: atañer, concernir o arribar y alcanzar. Todos estos vocablos nos acercan a diferentes estados de ánimos provocados por la lectura, antes, durante y después de ponerla en práctica, de ejercitarla.

 

Cuando se habló del autor, después de comentar el alcance y el sentido de la obra, me sonreí para mis adentros: no podía ser otro que Jesús Marchamalo. Como ya pueden imaginarse ustedes, hay otros creadores que también han tratado el tema. Dicho de forma más explícita, me atrevería a decir que no existe ningún autor que no haya reflexionado por escrito sobre este asunto, y lo haya hecho desde la infinitud de ángulos que la lectura permite hablar de ella misma. Un claro ejemplo es el de Italo Calvino, que al inicio de estos párrafos sabatinos, nos habla de algo también fundamental, la disposición física más adecuada para echarse a los ojos aquella historia que nos interpela desde una portada sugerente o ese cabalgar lector, permítaseme la expresión, que se insinúa a lomos de una biblioteca.

 

Pero si los autores no pueden reprimir sus reflexiones sobre lo que desencandenan sus lecturas, ¿qué podemos decir de los lectores?, ¿cómo les habla, qué les ocurre cuando tocan un libro, cuando lo escriben para sí leyéndolo?

 

Aquí damos paso de nuevo al amigo Marchamalo: Por supuesto que los libros hablan de nosotros. De nuestras pasiones e intereses. Los libros delimitan nuestro mundo, señalan las fronteras difusas, intangibles, del territorio que habitamos.

Hablan no sólo de los lectores que somos y de los que fuimos en nuestro momento, sino que hablan de los lectores que quisimos ser, y en los finalmente nos convertimos.

 

Por cierto, y antes de pasar a otra cosa. Al terminar el encuentro de Café con libros  de aquel mes, pedí a mi compañera de lecturas compartidas que me lo dejase unos días para poder echármelo al magín. Lo curioso es que cuando comencé a leerlo, casi de inmediato tuve la sensación de haberlo leído antes. En un primer momento, pensé que se trataba de aquello que suele ocurrirnos a veces a los lectores, que al encontrarnos con ideas afines a las nuestras nos parece conocer el libro o, en otros casos, que pareciera escrito por nosotros mismos, debido a esa admirable e íntima circunstancia que simula (o quizá no) que hablamos por boca del autor.

 

Pero al seguir avanzando en su lectura, comprobé que algunas frases resonaban con sorprendente exactitud en mi memoria lectora. Me gustaba la sensación producida, pero la curiosidad me pudo, y me llevó a buscar en mi propia biblioteca para descubrir que tenía en mi poder aquel título, y en su primera y cuidada edición, podía hojear y comprobar mis notas y subrayados. Fue un momento único. Era como volver a un paisaje de infancia y encontrarlo de nuevo pero enriquecido, transformado.

 

Curiosamente, el autor nos cuenta en su libro una anécdota de esta misma estirpe, pero desde una óptica distinta, al recordar para sus lectores que hay libros de los que tenemos el convencimiento y la seguridad de haber leído, que además de gustarnos dejaron un poso y regusto de buena lectura, pero de los que nos sentimos incapaces de resumir o hablar sobre el tema que trataban. Misterios (gozosos) de la lectura y los libros.

 

Al hilo de lo que hablamos, recuerdo ahora que una persona, a quien creo conocer bien, me ofreció la posibilidad de ayudarle a desmontar la biblioteca familiar. Siempre había sabido y comprobado que en aquellas estanterías, que cubrían totalmente lo que antes habían sido dos habitaciones contiguas, contenían libros de ciencia ficción, una de las grandes pasiones del padre, abundantes libros de fotografía, su otra querencia. También aquellos clásicos contemporáneos de la editorial Aguilar o Janés, donde convivían grandes autores y traducciones con otros que quizá merezcan el olvido; sin omitir a los famosos crisolitos, que llamaban la atención a los más jóvenes de la casa por su exiguo tamaño y letra diminuta impresa en papel biblia.

 

Pero de lo que no me había percatado hasta ese preciso instante, era de la profusa presencia de enciclopedias de todo tipo, tanto de corte generalista como temáticas o especializadas (Arte, Historia Universal o de España). Gramáticas de lenguas extranjeras, algunas de ellas minoritarias, como la rumana o gaélica. También las de nuestro país, como la vasca y la catalana. Planos, mapas, libros sobre diferentes lugares del mundo que hablaban de sus peculiaridades culturales o idiomáticas. Aquel descubrimiento me ofrecía una dimensión nueva, una caligrafía distinta, una lectura desapercibida hasta el momento sobre el dueño de la casa: quizá el quimérico deseo de abarcar el mundo, intentar entenderlo a través de aquella prodigalidad de presencias librescas.

 

Volviendo al opúsculo de Marchamalo, conviene decir que gustará, no sé si por igual, a lectores, bibliotecarios y libreros en su rastreo personal, cargado de humor, por las diferentes vicisitudes que rodean a la bibliotecas personales, y a sus afortunados poseedores del mapa del tesoro. Declara su homenaje a todas ellas y nos acerca a las diferentes historias que esconden sobre la lectura y el libro.

 

Pero como estoy seguro de que les sabrá a poco, les recomiendo otros dos títulos del autor que nos aproximan también al campo de las bibliotecas personales: Donde se guardan los libros, sería el primero, donde nos propone un paseo por las bibliotecas de diferentes escritores de nuestro país, trufado de anécdotas e historias, y que son el resultado de su colaboración con un centenario diario de nuestro país.

 

El otro texto, publicado con anterioridad, y que permite una lectura complementaria con el que acabamos de comentar, el periodista nos presenta diferentes estampas y reportajes sobre autores de nuestra historia literaria contemporánea. Cargado también de sucedidosy contado con una fresca erudición que resulta adictiva, y que sin duda hará las delicias de todos aquellos que no sólo se contentan con las ficciones que escriben los escritores.

 

Vamos terminando, pero antes de buscar el acomodo lector del que nos habla al principio Calvino, habrá que hacerse con uno o varios de ellos, me refiero naturalmente a los libros. Será necesario encabalgarse a lomos de la lectura, tocar con nuestras manos sus apremiantes historias, caligrafiando de este modo nuestra escritura de lector, al buscar entre nuestros estantes: los Libros Que Hace Mucho Tiempo Tienes Programado Leer […], los Libros Que Te Inspiran Una Curiosidad Repentina, Frenética Y No Claramente Justificable […], los Libros Leídos Hace Tanto Tiempo Que Sería Hora de Releerlos […] como escribe Calvino en su genial Si una noche de invierno un viajero.  Y quizá preguntarse, acogiéndose a la voz de su personaje lector:

¿Usted cree que toda historia debe tener un principio y un final?

 

 

Rafael Muñoz