Sábado, 16 de diciembre de 2017

El fascismo crece dentro de nosotros

En estos días he escuchado en la radio dos noticias que me han producido un profundo impacto por motivos totalmente opuestos.

                        La primera de ellas ha sido el vergonzoso comportamiento de unos seguidores de un equipo holandés de fútbol que estaban en Madrid para apoyar a su equipo con motivo de un partido; estos tipejos, supongo que ahítos de cerveza, se toparon con un grupo de mendigas rumanas y se dedicaron a demostrar su superioridad racial humillando a estar personas, insultándolas, tirando monedas para que las tuvieran que recoger del suelo, quemando billetes a unos pocos centímetros de alguna de ellas, e incluso ofreciendo dinero si hacían flexiones o cualquier otra cosa que se les ocurriese. Todo sucedió en la calle, a plena luz del día, en el centro de Madrid, y solo una persona acudió en defensa de las humilladas y trató de hacer frente a los agresores. Es difícil entender los procesos mentales que llevan a cometer comportamientos tan despreciables, pero no podemos consolarnos pensando que se trata de unos cuantos bárbaros borrachos, o que nosotros somos diferentes, porque la realidad es bien diferente. La respuesta europea a los refugiados que se agolpan en sus fronteras intentando huir de la muerte y la miseria pone de manifiesto que nuestra sociedad está gravemente enferma; no se trata solo de la incapacidad y de la insolidaridad de los gobiernos, sino de que la miseria moral de los hinchas que disfrutan con la humillación de las personas más débiles e indefensas está impregnando la conciencia y el pensamiento de millones de europeos; el crecimiento de los partidos xenófobos, el apoyo creciente a las políticas más racistas, los episodios de ataques a los refugiados, consentidos e incluso jaleados por buena parte de la población, deben hacernos reflexionar muy seriamente.

                        Debemos aprender de la historia; el fascismo y el nazismo no fueron solo un modelo político, un sistema atroz, sino que fueron sobre todo un proceso de podredumbre moral colectiva. El primer paso es el sentimiento colectivo de que nuestros problemas son culpa de otros, que vienen a quitarnos lo que tenemos, y la necesidad de defender nuestros privilegios porque en definitiva somos una raza superior y los demás solo merecen el desprecio y la humillación; el siguiente paso es considerar que se trata de un mero problema de orden público que debe responderse con el uso de la fuerza; la consecuencia final es convertirnos en cómplices de las violaciones de derechos humanos, de la cosificación de las personas y finalmente de su aniquilación. Europa sabe mucho de eso, en su seno nació la serpiente del nazismo y del fascismo; y todo empezó por la degradación de las conciencias, por la enfermedad moral que llevó a millones de personas normales, educadas, cultas, a aplaudir el exterminio de seres humanos por el mero hecho de ser diferentes, de considerarlos inferiores.

 

                        El impacto positivo vino por una entrevista que Lourdes Lancho realizó el domingo en la Cadena Ser a Latifa Ibn Zlaten, la madre de la primera víctima del terrorismo en suelo francés, el primer asesinado por grupos fanáticos en el año 2012. Latifa buscó al asesino de su hijo Imad, el terrorista Mohamed Merah, y cuenta como al llegar a su barrio preguntó por él y unos chicos le dijeron que “aquel hombre era un mártir, un héroe del Islam que había obligado a Francia a arrodillarse matando a 7 personas”. Dice Latifa que “En ese momento me di cuenta de que tenía que tenderles la mano. No quería que ninguno de aquellos jóvenes acabara siendo un terrorista. Uno de ellos me cogió la mano como a una madre y me dijo: Señora, mire dónde vivimos, mire este barrio, este gueto cerrado. Cuando se encierra a las ratas, se deprimen, y terminan causando daño a la sociedad. Esto es lo que somos porque la República nos ha olvidado”

                        Desde entonces esta mujer ha comenzado una enorme lucha por la integración, por la eliminación de los guetos que llevan irremediablemente a la marginación y a la violencia. Ha sido capaz de cambiar el odio por el asesino de su hijo por la solidaridad y por la lucha para cambiar las condiciones de vida de quienes considera unas víctimas del sistema. Al frente de la fundación que lleva el nombre de su hijo muerto, Imad Ibn Ziaten, está consiguiendo que se abra paso el diálogo y la comprensión mutua, la respuesta esperanzada de la integración, convenciendo a muchos jóvenes musulmanes de los guetos excluidos para que no viajen a Siria a unirse a los grupos terroristas. “Francia tardará años en reparar el daño que ha hecho al permitir que se crearan estos guetos. Mientras, hay que trabajar con los padres, con los jóvenes que se sienten excluidos. Yo movería montañas para que estos chicos no caigan en el fanatismo”.

                        Frente al fascismo la integración, la educación, la paz. Europa también sabe mucho de eso, no en vano en su seno nació el poderoso pensamiento de la Ilustración que dio paso a las ideas de libertad, igualdad y fraternidad.

                        Europa no es un espacio geográfico, es la suma de todos nosotros y nosotras. Hoy nos encontramos en una difícil encrucijada, tenemos que optar entre profundizar en aquellos valores que nos hacen sentirnos orgullosos de ser europeos, o seguir mirando para otro lado mientras incubamos el huevo de la serpiente. Elijamos.