Martes, 12 de diciembre de 2017

Manca distanza

   De siempre me gustó el que se dice fue el comentario del jefe del gobierno italiano Julio Andreotti (quizá otro) cuando le preguntaron su opinión sobre la política española en los primeros años de la llamada Transición. Parece ser que el astuto mandatario contestó con un malvado Manca finezza. Incluso sin saber italiano (bueno, el verbo mancare sería el equivalente a faltar) se entiende bien.

   Pues ahora voy a remedar la casi segura cita apócrifa del escurridizo político italiano para expresar lo que me hacen sentir tantas opiniones y seguridades en sí mismos que veo en los nuevos políticos. No hubiera servido la castiza mención a que la ignorancia es atrevida pues (sobre los hechos uno se puede documentar) no es una cuestión de desconocimiento sino de autoconocimiento, de modestia, de saber qué lugar ocupa uno en el mundo.

Cuando ya decaía el tema de los titiriteros con las enormes torpezas de unos y de otros (¡anda que meterlos en la cárcel de manera preventiva!) la alcaldesa de Barcelona, Ada Colau, se descolgó con algo sobre unas marion-ETAs y, supongo, en lugar de sentirse utilizada, se sintió ocurrente y reivindicativa. Cómo se nota que no vivió esos años aunque haya podido leer libros sobre lo que significaba la sombra de ETA planeando, el miedo, la sensación de irrealidad, fuera bromas, el tránsito de una ETA que mataba con Franco a una ETA que mataba con Suárez, con un Parlamento consolidado, con una constitución en vigor. Por su parte muchos de los representantes recién elegidos en el Parlamento o en consistorios y que apenas llegan a los 30 años (exceptuaré expresamente a Alberto Garzón al que considero de otra pasta) sientan cátedra sobre el bien y el mal, los hombres de paz, las personas non gratas, el pasado, el presente y el futuro, la libertad de expresión y la de conciencia para cumplir o no las leyes. Y sobre todo tipo de cuestiones para opinar sobre las cuales se necesita un poso de tiempo, un saber que los años que pasamos en este mundo son infinitesimales comparados con el de la Humanidad que nos contiene. Insisto, no tiene que ver exactamente con la edad (en el instituto te acostumbras pronto a respetar y admirar a los alumnos y alumnas brillantes por muy jóvenes que sean) sino con cierta seguridad inquebrantable… que hace sospechar. Recuerdo haberle oído a Aranguren cuando le preguntaron por algo que considerara fundamental en el legado de Unamuno y respondió: “Nos enseñó a dudar”. Agradecido le quedé.

   Caray, sí que debo estar haciéndome mayor cuando leo y escucho opiniones que me parecen un despropósito, algo que le puede pasar a cualquiera, pero que atribuyo, y esto ya no es tan normal, a que quienes las emiten son jóvenes lo que suena a reaccionario en estos momentos en que cotiza al alza la juventud. Mal voy. No sé, quizá es que soy muy timorato pero apenas si me siento capaz de hablar con cierta seguridad, de media docena de temas, casi ni tan siquiera del mundo educativo en el que llevo la pila de años, con varias leyes, varios ministros, otras realidades. Y siempre sabiendo que habrá otras opiniones. Es la vieja manía de elegir al mejor futbolista de la historia, al mejor escritor, al artista más grande. No sólo manca finezza, también manca prospettiva, manca distanza. Hace falta tiempo y perspectiva para atreverse a tomar decisiones que cambiarán muchas cosas ya de forma irreversible, el nombre de una calle, el recuerdo de un muerto. Es preciso no caer en esa miopía, en ese engreimiento autocomplaciente, en ese todalavidismo que nos hace sentirnos el centro de la Historia, el ombligo del mundo.