Jueves, 14 de diciembre de 2017

Todos formamos parte de la súplica

Dios mío, Dios mío, ¿por qué me has desamparado? MATEO, 27, 46.

 

                                                           Es tu cuerpo el remanso en que se estancan

                                                           las luces de los siglos, y en que posan

                                                           –¡eternidad!– las fugitivas horas.

                                                                                              MIGUEL DE UNAMUNO

 

                                                           Eres Tú de los muertos primogénito,

                                                           Tú el fruto, por la muerte ya maduro,

                                                           del árbol de la vida que no acaba,

                                                           del que hemos de comer si es que quisiéremos

                                                           de la segunda muerte vernos libres.

                                                                                              MIGUEL DE UNAMUNO

 

                                                           Eres Tú la Verdad que con su muerte,

                                                           resurrección al fin, nos vivifica.

                                                                                              MIGUEL DE UNAMUNO

 

 

 

TODOS FORMAMOS PARTE DE LA SÚPLICA

 

Todos formamos parte

De la oración que a ti,

Jesucristo, Dios nuestro,

La humanidad dirige.

Todos formamos parte de la súplica.

Todos formamos parte

De esa humanidad menesterosa

Que siempre necesita

La invocación, la súplica, las sílabas,

La letanía, la plegaria

Para acceder a tu divinidad

Y expresarte lo mucho

Que te necesitamos

En esta noche oscura

Del mundo en que vivimos.

Todos formamos parte de la súplica.

Pero, ¿cómo expresarla

Hoy ante tu figura en esa cruz,

Ante esa melodía del dolor

Que proclama tu rostro en el silencio?

¿Qué palabras usar para invocarte,

Para que te conmuevas

E ilumines el mundo en que vivimos?

Yo quiero comenzar

Con palabras prestadas,

Con las palabras más hermosas

De todas las que sé y que me enseñaron

Dirigidas a ti en nuestro idioma,

Una oración de amor

Que quiero, humilde, que se escuche hoy

Y que resuene en este templo,

Tan sagrado recinto,

A través de mis labios:

 

No me mueve, mi Dios, para quererte

El cielo que me tienes prometido,

Ni me mueve el infierno tan temido

Para dejar por eso de ofenderte.

Tú me mueves, Señor; múeveme el verte

Clavado en una cruz y escarnecido;

Muéveme ver tu cuerpo tan herido;

Muévenme tus afrentas y tu muerte.

Muéveme, al fin, tu amor, y en tal manera,

Que aunque no hubiera cielo, yo te amara,

Y aunque no hubiera infierno, te temiera.

No me tienes que dar porque te quiera;

Pues aunque lo que espero no esperara,

Lo mismo que te quiero te quisiera.

 

 

 

DÓNDE ENCONTRARTE

 

¿Dónde encontrarte hoy,

Jesús Crucificado?

¿Dónde dar con tus huellas de dolor

Que redimen el mundo?

¿Dónde advertir tus llagas,

Tu corona de espinas,

Tu entrega al sacrificio

Para que el mundo sea salvado,

Para que cese el mal que nos abruma

Y que nos atormenta?

Yo te encuentro, Jesús, te reconozco

En esas caravanas que recorren

Los caminos de Europa

En busca de refugio

Y de una vida digna;

En esa cruz de vallas y alambradas,

Que es corona de espinas

Llena de concertinas y de púas,

Que tratan de saltar los africanos

Que huyen de la hambruna y de las guerras

Del corazón de África;

También en las barcazas de cayucos

Y pateras tan frágiles,

Cargados de indigentes

Que emprenden la deriva

De una vida más digna

Que esperan encontrar aquí en Europa.

Y te encuentro también,

Mi Dios, te reconozco

En todos los que sufren,

En todos los sin techo que en la calle

Nos muestran las señales

De la precariedad, de la intemperie;

En quienes hoy carecen

De vivienda, de techo,

De puesto de trabajo,

En quienes sufren la injusticia…

Tú los llamaste bienaventurados,

Por ellos apostaste,

Ellos te pertenecen

Y dan señas de Ti aun sin saberlo.

Todos formamos parte,

Cristo, de tu dolor

Y a todos nos redimes con tu gracia.

No nos dejes, Dios nuestro,

Nunca nos abandones

Y otórganos la luz

Para que en las tinieblas

Nunca, nunca caigamos.

 

 

NO IGNORAMOS

No ignoramos, Señor,

Que sigues caminando

Sobre las aguas de los mares todos

Y que nunca te hundes en la noche

De las profundidades;

Que multiplicas cada día

Los panes y los peces

En todas las reuniones y esponsales

Que celebran tu nombre.

No ignoramos, Señor,

Que tu palabra imanta la montaña,

Que eres capaz de derrotar la muerte,

De incorporar a Lázaro

De su sepulcro y de

Retornarlo a la vida.

Y que te transfiguras

Ante tus elegidos,

Volviendo tus vestidos, ay, tan resplandecientes

Que en ningún lavadero

Se consigue ese blanco

Que imanta de fulgor nuestra mirada.

No ignoramos, Señor,

Que indicaste que a ti fueran los niños

Para imponerles tus benditas manos

Porque tu reino a ellos pertenece.

No ignoramos, Señor,

Que ordenaste que el viento enmudeciera

Y se hiciera la calma

Y las gentes pudieran

En aquella pequeña embarcación

Atravesar el lago.

Porque todo lo puedes

Y todo lo mejor viene de ti,

Viene de tu palabra y de tus obras,

De la gracia que irradia tu figura,

Jesús crucificado.

 

NECESITO CANTAR

Necesito cantar la melodía

Que siempre, noche a noche,

Cuando yo era muy niño

Rezaba con mi abuelo al acostarme.

Habla de Cristo niño

Que prefigura ya su redención

En la cruz para todos.

Es una melodía

Que fue creada por el pueblo anónimo

Hace ya muchos años.

Se dan la mano en ella

Belleza y devoción.

Y ahora quiero ante ti,

Dios mío, Jesucristo,

Volver a pronunciarla

Como forma acabada de oración

Y ofrecerte con ella mi niñez

Junto a mi abuelo Pablo;

Una niñez humilde y campesina,

Una niñez serrana

Rodeada de bosques y caminos,

De esferas armilares y de mapas,

De pupitres y tintas y secantes

Y de historia sagrada y melodías,

Una niñez de juegos y ganados,

Siempre en celebración

Pese a tanta pobreza,

En la que tú estabas presente

Con tu incansable amor a lo creado.

Y ahora quiero volver

A pronunciar esa oración-romance

Y con ella ofrecerte

Mi niñez y mi vida:

 

Allí arriba hay una cruz,   de cristal dicen que era,

con fuertes clavos de hierro,   diciendo de esta manera:

Oh cruz excelente mía,   regalo de la inocencia,

¿cuándo llegará el día   que mis espaldas os vean?

No digas eso, Hijo mío,   que me causa grande pena,

porque tengo prometido   de llevaros a una fiesta.

Si lo tenéis prometido,   id a cumplir la promesa.

Al subir una cuestita   y al bajar una barrera,

miró la Virgen pa atrás   y vio que no apareciera;

dio voces a una casada,   le respondió una doncella:

¿Has visto por aquí a un Niño   que ayer tarde se perdiera?

Déme las señas de él,   yo acaso le dé las nuevas.

Su frente es blanca y hermosa   y rubia la melenera,

unos zapatitos negros   y unas moraditas medias,

que en Belén se las comprara   y en Belén se las pusiera

y para ceñir su cuerpo   una muy linda correa.

Ese tal Niño, señora,   anoche llamó a mi puerta

pidiendo, por Dios, posada   y yo, por Dios, se la diera.

Yo le puse.............   una colación de cena

y él me dijo que no,   que ayunaba la Cuarentena;

le puse una rica cama   con almohadas de seda

en el rincón más oculto   que yo en mi casa tuviera,

el Niño, por cortesano,   no quiso dormir en ella,

el suelo cogió por cama   y la cruz por cabecera.

A eso de la media noche   lo vi salir de mi puerta,

eché a correr tras de él   y me dijo..............

Vete, mujer, a tu casa   y de mí no sientas pena,

que en el reino de los cielos   tienes la morada eterna

para ti y para tus hijos,   aunque no la merecieras.

 

EL DIOS DE LAS PARÁBOLAS

(PAN Y VINO)

Eres, Señor, el Dios de las parábolas,

El que compara el reino

De Dios con el que arroja la semilla

En la tierra y espera a que germine

Y aguarda a que la mies esté en sazón

Para segarla con la hoz cortante

Y recoger el grano

Para obtener el pan bendito,

El pan que consagraste

En la última cena

Y convertiste en tu sagrada carne.

El viñador que planta

La viña y que la cerca

Y que cava un lagar

Y edifica una torre

Y pone en nuestras manos la heredad

Cuando parte muy lejos

Y manda un emisario hasta nosotros

A percibir la renta de los frutos,

Pese a saber que sacrificaríamos

A su Hijo y heredero.

Y ese vino, en la cena consagrado,

Convertiste en tu sangre,

En tu preciosa sangre que es bebida

De comunión, lo mismo que tu carne,

Señor de las parábolas,

De las palabras puras

Que hablan de amor fraterno,

Esas palabras puras que nos salvan.

 

ECCE HOMO

 

Aquí tenéis al hombre,

Aquí tenéis al Dios que se hizo hombre,

Aquí tenéis al Cristo que se entregó por todos,

Aquí tenéis al Cristo, Dios de resurrección,

Clavado en esta cruz

Para salvarnos de nuestra tiniebla,

De la caída y de nuestra expulsión

Del añorado paraíso

Y devolvernos para siempre el reino,

El reino de la luz y de la gracia,

La melodía clara

De la fraternidad y del amor.

Aquí tenéis al hombre,

Aquí tenéis al Dios que se hizo hombre,

Aquí tenéis al Cristo que se entregó por todos,

Aquí tenéis al Cristo, Dios de resurrección,

Clavado en esta cruz.

Y este Cristo es camino

Y es verdad y es la vida verdadera.

Este es el Cristo de

Las bienaventuranzas,

De los pobres, los mansos, los que lloran,

De los que tienen hambre y sin recursos,

De los limpios de alma y de los que padecen

Persecución por la justicia,

De los que aman la paz y misericordiosos.

Aquí tenéis al hombre,

Aquí tenéis al Dios que se hizo hombre,

Aquí tenéis al Cristo que se entregó por todos,

Aquí tenéis al Cristo, Dios de resurrección,

Clavado en esta cruz

Para salvarnos.

 

 

CRISTO DE LA AGONÍA REDENTORA

 

Cristo de la Agonía Redentora,

Quien esculpió tu imagen

Plasmó tu ser sereno en la agonía,

Exhausto ya en la cruz,

La cabeza inclinada

En actitud de entrega a los designios

Divinos. Mas tus ojos

Y el rictus de tu boca

Y tus manos y pies tan enclavados

Con las huellas visibles del tormento

Nos hablan de pasión y de dolor,

De aceptación callada del tormento.

Y esa secreta vida de tu imagen,

Que nos muestra tu entrega al sacrificio

Para salvarnos de nuestra caída,

Para hacernos partícipes

Del destino divino de la gracia,

Nos lleva hasta un artista

Que supo convertir

El dolor en belleza.

Cristo de la Agonía Redentora,

Aquí nos tienes ante ti postrados;

Que la contemplación

De tu figura que es belleza amarga

Nos conmueva y nos lleve hacia la búsqueda

De esa fraternidad y de ese amor

Que proclamó vibrante tu palabra.

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