Lunes, 18 de diciembre de 2017

El IES Mateo Hernández visita la casa de Miguel de Unamuno

A través de vídeos, de paneles y de la palabra de quienes trabajan en la Casa Museo, el viejo rector sigue vivo entre estas paredes que le acogieron, a él y a su familia
Alumnos del Mateo Hernández en el interior de la Casa Museo

Hay algo íntimo y reposado en todas las Casas Museo, la sensación quieta de que el dueño de la casa moverá con un gesto la mecedora colocada al sol, contemplará de nuevo la parra de su balcón y tomará de la biblioteca, uno de sus libros. Convertida en Museo Unamuniano, la antigua casa del Rector construida en el siglo XVIII como edificio de reuniones y lugar de residencia de este, nos recibe en una mañana fría con la sonrisa abierta de su directora, Ana Chaguaceda Toledano.

Salamanca es una ciudad de escritores en la que los protagonistas de nuestra historia se pasean aún. Y viven en el espacio privilegiado que ahora visitamos. A través de vídeos, de paneles, y sobre todo, de la palabra de quienes trabajan en la Casa Museo con dedicación y apasionamiento, el viejo rector Unamuno sigue vivo entre estas paredes que le acogieron, a él y a su familia durante los años de su primer mandato, de 1900 a 1914. Antes, el escritor, el filósofo, el padre de familia, había vivido en una casita soleada del Campo de San Francisco, cerca de la Veracruz, zona a la que volverían a partir de 1914 y donde moriría Unamuno la Nochevieja de 1936, en arresto domiciliario y minado por la guerra, la muerte de su esposa Concha y por toda una vida de intenso trabajo. Porque sí, cuánto trabajó el rector Unamuno, cuánto tiempo le dedicó a su cátedra, a su trabajo administrativo, cruzando al otro lado de esta calle Libreros, de la casa a las oficinas, cruzando una puerta hasta el edificio histórico donde daba clase. Cuánto escribió Unamuno, esas cartas que suman 25000 en el archivo que guarda la casa que visitamos, esos libros, esos artículos, esas reflexiones…

Nuestros alumnos escuchan la explicación de Jorge, miran en silencio las fotos, los paneles, los libros… alguno se atreve a mover, imperceptiblemente, la mecedora del rector. Los enseres familiares que los Unamuno, con enorme generosidad, cedieron a la universidad. Contemplan el ordenado escritorio, se fijan en la máquina de escribir con la que su yerno le ayudaba, se sorprenden con los dibujos, con las pajaritas de papel, con los bastones que le acompañaban en los paseos… Hay algo íntimo en esta invasión a la vida cotidiana del escritor Unamuno, a su dormitorio, a su cama estrecha “¡Qué pequeña es!”, al mueble donde se guardan su toga, sus gafas “¡Qué chiquititas son!” y lo más sorprendente para ellos… el mueble diseñado por él para leer y escribir en la cama y la maleta con la que partió al exilio, primero a Fuenteventura y luego a París.

El sol de otoño ciernes de mi alcoba/en el balcón, rectoral parra/que de zarcillos con la tierna garra/prendes su hierro. En esta privilegiada visita al espacio unamuniano, el escritor se hace real, humano, cercano. Familiar su rostro, hombre después de todo, atento a su familia y a sus amigos en un espacio de donde salieron obras que leemos como Niebla o Del sentimiento trágico de la vida. Hay algo sorprendente y quizás perturbador en las Casas Museo, nos devuelven al habitante de nuestro conocimiento, pero nos hacen sentir su presencia con un aire de misterio. Un poco más allá, la escalera lleva a la buhardilla de techos de madera que guardan el archivo unamuniano abierto a todos los estudiosos. Documentos perfectamente catalogados, dibujos, originales, papeles familiares, artículos… y sobre todo cartas enviadas por Unamuno a todas partes del mundo y que, insiste Jorge, nuestro guía por la casa, convierten al rector en uno de los primeros corresponsales políticos, puesto que en ellas explica la situación española, la analiza, la desmenuza… Novelista, poeta, filósofo, profesor, hombre de familia, hombre de política, hombre de paseo, de provincia, de ciudad, de mundo entero.

Unamuno nos mira desde las fotos eternas que, según Jorge, le hacían concebir un atisbo de eternidad. Hay algo en esta figura seria vestida de negro, empeñada en convertirse en imagen fija que nos conmueve. Pero quizás ellos están cansados, quizás ya han visto demasiados libros “Ha dicho 6.000 libros, cuántos, cuántos libros”, han sentido el hálito del pasado y el presente de lo que estudian. Por eso bajan un tanto sorprendidos la escalera de granito, quizás ya apresurados, desorientados al llegar al Patio de Escuelas: La fachada de la universidad se abre a un patio exterior que es un encanto y un consuelo (…) No doy por nada del mundo ese patio, henchido en su silencio de rumores seculares. Sí, quizás desorientados, pero llegan de nuevo al griterío del instituto, al recién estrenado recreo “¿De dónde venís?” “De la Casa de Miguel de Unamuno”, de la casa, allá donde hemos dejado al rector inmerso en sus libros y papeles, o descansando de la visita, meciéndose ante la ventana, en las  manos, una pajarita a punto de alzar el vuelo.