Viernes, 15 de diciembre de 2017

Como agua que corre

Viendo la astracanada del viernes de investidura, a uno le da para muchas columnas, pero muchas. Y no lo digo por el alegato amoroso de Pablo Iglesias, capaz de darle un pico a un compañero de partido –quizás la noticia hubiera estado en que se lo diera a un adversario político- o por la agresividad fea e innecesaria de la gente de Bildu –a quien se les supone- ni siquiera por el protagonismo de un tal Rufián cuya oratoria da miedo por lo inteligente, beligerante y hasta mentirosa, no… a mí la columna me sale del alma cuando pienso en Patxi López tratando de poner orden como lo hago yo en los peores momentos de mis chicos de segundo de la ESO a última hora del viernes, cuando lo único que quiere el alumnado es salir en tromba por las escaleras a disfrutar del finde. Sí, señores, dominar esta cámara llena de rugidos, teléfonos móviles, señorías maleducadas que no paran de hablar y de gritarle al adversario es una tarea que creo que no está a la altura de Patxi López, manda huevos, y lo digo sin acritud, porque demasiado tiene el pobre hombre, pero claro, oír sus participios acabados en aó y sus muletillas cansinas es un ejercicio tan agotador como seguirle el ritmo a un orador tan nefasto como el portavoz de la extinta Convergencia. No, no tiene fuste el presidente de la cámara, y falta le hace con el panorama que tenemos.

         Un cierto aire de calle recorre el congreso, sí, y me gusta. Me gusta ver a Carolina y a las chicas de Podemos con  bolsos informes colocados en las escaleras, me gusta ver más barbas y más pelos aunque semejante odio a las corbatas tampoco es que sea la panacea. Sí, el problema es que todo parece un cambio estético, lleno de frivolidad en el discurso y de besos en el escándalo. Aprecio el gesto de hacerlo todo cercano y diferente, pero se trata de engañar al personal con un discurso gracioso, vacilón, sexual apto para escandalizar a la gente de la edad de mi madre y no para llevar a cabo una política resuelta. Andar por ahí besando al prójimo está muy bien, aunque si queremos escandalizar al ministro de Hacienda sería mejor entrar en el gobierno y tratar de cambiar la política económica desde dentro y a la medida de nuestras posibilidades, no de las utopías que quizás condenen en Bruselas y nos dejen con el culo al aire. Ese que pronto veamos, habida cuenta del nivel de cachondeo guarrete que nos puede a todos. Que sí, que es divertido, nuevo, estimulante… que nos ha hecho a todos volver a tragarnos una investidura o su simulacro… pero aquí seguimos en régimen de interinato, viendo el agua correr y oyendo barbaridades como el hecho de que los independentistas han ganado las elecciones. Porque el escándalo no viene de Iglesias, por más que se empeñe en prestar su despacho para el intercambio carnal entre diferentes adversarios políticos, sino de ese portavoz  vestido de negro que da miedo cada vez que habla con medidas pausas. Sí señores, lo escandaloso, aparte de pactos contranatura que no lo son, es el discurso de quienes defienden a capa y espada un argumento falso. En fin, que mientras le hacemos la ola a Iglesias, los de siempre nos socavan y encima, con retranca.Lo dicho, siempre más de lo mismo y que cora el agua.  

Charo Alonso

Fotografía: Fernando Sánchez Gómez