Miércoles, 13 de diciembre de 2017

Érase una mudanza

Érase que se era una mudanza cualquiera, de las que todos hemos disfrutado/padecido alguna vez. Una mudanza ligera, si se quiere: dentro de la misma ciudad, sin demasiada movilización de muebles, y sin que ninguno parezca más bien inmueble de puro inamovible. Ligera pero, como todas las otras mudanzas, aleccionadora.

 

En una buena mudanza que se precie se aprende a agradecer todo lo vivido en el punto de salida, incluso desde la comprensible nostalgia, y a recibir con esperanza lo que pueda deparar el punto de llegada, ya sea presumiblemente el definitivo o de paso, una etapa más.

 

Se cultiva la virtud del orden. ¿Cómo puedo meter estos cientos de libros, estas decenas de prendas de vestir y estos tropecientos mil cachivaches acumulados durante años en un número limitado de cajas, bolsas, maletas y demás bultos sospechosos de manera que todo entre en el vehículo habilitado para la ocasión en una serie de viajes que no se prolonguen tanto como los períodos de formación de gobierno? No hace falta llegar al nivel del escaparatista de Mantequerías Paco, pero sin orden no hay concierto ni la mudanza progresa adecuadamente.

 

Se cultiva la virtud del buen cubero, el del ojo calculador y medidor. ¿Entrará esta cómoda en el ascensor? ¿Tendré que subir este colchón por la escalera? ¿Girará esta mesa en los rellanos? ¿Cabrá esta librería en aquel rincón? ¿Aguantará esta bolsa de plástico el peso de este jarrón chino? ¿Pura física o más bien épica? Realmente, por qué ocultarlo, predominan los héroes sobre los científicos entre los Mudanceros de Honor.

 

Se cultiva también la virtud de la paciencia. Seleccionar, colocar, recolocar, precintar, cerrar, etiquetar, apilar, situar donde no estorbe, y vuelta a empezar. Luego, buscar, rebuscar, desprecintar, abrir, colocar, recolocar, reciclar, y vuelta a empezar. Rutina paciente, y siempre la tentación de detenerse ante los inevitables hallazgos de las mudanzas: ¿cuántos años hace que no veía este libro?, ¿a ver qué escribía yo hace una década?, ¿pero seguía conservando este jersey?

 

Tanto contacto masivo con las cosas, en fin, nos enseña a reconocer el apego por los objetos, una forma sutil pero evidente de materialismo que a todos nos debe interrogar. Tanto acumulamos. Tanto tenemos. Tanto… ¿necesitamos? ¿Y los que buscan refugio sin nada, ni siquiera la casa a cuestas? ¿Y a los que cabe su vida en una maleta? ¿Por qué dos túnicas? ¿Y los lirios del campo que no se preocupan por su vestido? ¿Y el equipaje que no haremos para la mudanza definitiva?