Viernes, 20 de julio de 2018

El origen del mundo

Con más pena que gloria y escaso ruido, Facebook, ese espejo público de la egolatría y el narcisismo, ha procedido en los últimos días a un ejercicio más de la labor censora que viene realizando desde prácticamente su fundación, al retirar “por pornográfica” una imagen del cuadro de Gustave Courbet El origen del mundo, publicada por un usuario y rápidamente execrada por el (supuesto) ejército de vigilantes de las buenas costumbres que, sabios olfateadores de “lo incorrecto”, deben estar a sueldo de las rebosantes arcas de Mark Zuckerberg. En un ejercicio de repetición sumisa, los medios de comunicación que se han avenido a dar cabida a la noticia de esa vergonzosa censura, han caído en el mismo pecado que decían condenar, publicando sólo parte del cuadro censurado, o cubriéndolo con obstáculos que impedían su visión completa.

[Img #564588]Acostumbrados como no deberíamos estar a estas intromisiones censoras de los gestores de esos sitios web de uso masivo y gratuito (redes de contacto, buscadores, etc.), que han demostrado mil veces su sumisión al poder político –cierres, facilitación de información privada a los gobiernos, manipulación de datos, censuras preventivas o controles varios-; que han dejado evidenciar sin vergüenza alguna su connivencia con los más despreciables intereses de la peor cara del consumismo, sus silencios preventivos, sus rincones selectivos, su irredento machismo y su constante altanería impune –la gratuidad al usuario cierra bocas-, poco ha parecido extrañar este nuevo acto de censura artística, quizá una ínfima gota en el océano de la arbitrariedad –también específicamente española: detención de teatreros, ocultamiento de imágenes de refugiados, hurto de un documental sobre un Borbón, etc.-, aunque enormemente descriptivo de los “principios” –por llamarlos de algún modo- por los que se rige la gestión de una “libertad del usuario” que el sitio web promete, pero que habría que haber puesto entre comillas desde hace mucho tiempo, más o menos como, en España, esa frase que afirma que “la soberanía reside en el pueblo”.

Es cierto que una de las caras de uso del complejo prisma de la libertad, sería no usar esa o esas redes sociales, prescindir de ciertos buscadores o no inscribirse o darse de baja en cuentas y perfiles; también que la libertad de publicar en esos sitios no debe afectar la sensibilidad o los principios de otros usuarios, aunque la vigilancia de esos principios y el cuidado de esa sensibilidad deberían ser ejercidos por sus propietarios y por sus representantes, y no por el dueño del sitio web, que se abroga así los papeles de juez y parte (o partes) en cuanto a las posibles colisiones de niveles de receptibilidad entre usuarios.

Las cambiantes realidades en comunicación y contactos, y el imparable desarrollo técnico de los instrumentos de información y posibilidades de relación, han propiciado la reaparición del atávico deseo de control por parte del poderoso, que si hace siglos se servía del amedrentamiento religioso o la pura fuerza bruta para censurar, acallar, ocultar o manipular, hoy utiliza el corte de conexión, el borrado de datos, la prohibición de comunicación o el aislamiento electrónico para imponer los mismos criterios “artísticos” –en realidad, educacionales- de hace quinientos años. Unos criterios que dictan la homogeneidad del gusto en las artes plásticas surgidos de los incurables complejos de la pobreza mental sobre el sexo y la sexualidad, origen de la censura a El origen del mundo; complejos que han evidenciado también los gestores de Facebook y los directores de los medios de comunicación que tapan, censuran, prohíben o impiden la libertad de dirigir la mirada hacia donde quieran o la opción de no hacerlo. Pero, sobre todo, ha aparecido una vez más, y es siglo tras siglo, la idéntica ignorancia y el tembleque medroso que origina la censura, así como la irrefrenable estupidez de quienes las consienten.