Martes, 24 de abril de 2018

Aux armes, citoyens!

[Img #556906]

Nada como el baloncesto, oigan, para que Salamanca; ciudad aletargada, escenario de cine en blanco y negro, de justas y cortejos medievales, museo renacentista y barroco, llegue al fin al tiempo de las revoluciones, a su particular 14 de julio de 1789. Nada como una derrota inesperada para que esta ciudad de provincias que presume de vivir de su universidad cuando en realidad lo hace del whisky que se vende en sus tabernas y de la belleza de sus monumentos eclesiásticos, pueda reclamar su estatus de “Roma la chica” enseñando su dedo pulgar hacia abajo. Nada para parecerse a ese París neoclásico como demandar la restauración de la guillotina para que sea empleada sin piedad ni clemencia con el culpable de la despoblación, de la falta de perspectivas y de atractivo del proyecto comunitario, de la muerte lenta pero inexorable de la ciudad. Con Alberto Miranda, el entrenador de Perfumerías Avenida.

Con la resaca de los carnavales aún presente, uno se pregunta de qué está hecho el disfraz de los entrenadores y cuáles son los poderes que le otorgan. Sin duda, uno de ellos debe de ser la invisibilidad en los tiempos de bonanza, en las rachas victoriosas, en la celebración de los títulos. Otro, no me cabe duda, ha de ser la omnipotencia. Enfundado en su traje, el entrenador puede meter el tiro decisivo, dar el pase correcto, lanzarse a por un balón suelto. Tiene, además, el disfraz de entrenador, una curiosa cualidad: le queda bien a todo el mundo. Al menos en la teoría, todos se sienten capacitado para llevarlo, para opinar como quien lo lleva puesto. Sin embargo, nadie de los que lo reclaman parece estar dispuesto a saber qué se siente siendo el lapidado, o en esas largas noches de scouting al rival, o en esas aún más largas revisando mentalmente los partidos o buscando soluciones.

Se perdió la Copa, sí. Se jugó francamente mal, es evidente. No se estuvo a la altura de las expectativas ni se le devolvió a la afición el fervor que ella demostró desplazándose masivamente a San Sebastián. Todo esto es cierto. Sin embargo, en una tierra que ha sido benevolente con corruptos y caciques, centro de operaciones de la dictadura y núcleo de la contrarreforma, llama la atención que nuestro sentido de la democracia, que todo lo que consideramos libertad de expresión, pase por increpar a un entrenador de la casa acusándolo de todos los males.

Que pase el siguiente, piden en definitiva. También que sea aquel que lo ganó todo hace unos años (Lucas Mondelo) olvidando que a su derecha, echándole más que una mano, estaba al que ahora vituperan. Salamanca se quiere parecer a Roma, sí, a la Roma idólatra que ofrecía sacrificios a los dioses esperando su gracia. Salamanca se quiere parecer a París, sí, al París decimonónico que retrató Víctor Hugo en Los Miserables, pero con los roles invertidos; convertido el pueblo en tirano.