El profesional salmantino desgrana su evolución desde los ruedos hasta los despachos, marcada por la honestidad y una pasión inquebrantable
Jesús Benito ha dedicado toda su existencia a respirar el aire de los callejones y el albero. Su trayectoria abarca prácticamente todas las facetas posibles dentro de la liturgia taurina: desde sus inicios soñadores como novillero, pasando por una extensa y respetada carrera como banderillero con cerca de 1.800 festejos a sus espaldas, hasta su actual labor estratégica en el campo de los despachos. El profesional salmantino repasa su vida, marcada por una vocación inquebrantable que él mismo define con una contundencia abrumadora: "Me considero un enfermo de la tauromaquia".
No es una frase hecha. Es la síntesis de una vida donde la frontera entre la persona y el profesional se desdibujó hace décadas. En una conversación profunda y sincera, Benito desgrana los capítulos de una biografía escrita sobre la arena, desde los viajes a dedo en las carreteras de los años 80 hasta la gestión de las promesas del futuro en pleno siglo XXI.
Para entender la figura de Jesús Benito hay que viajar a 1983. Sus primeros recuerdos nítidos se sitúan en las Hermanitas de los Pobres, un escenario humilde donde se puso delante de una becerra por primera vez. Fue un tentadero organizado por "los abuelos", donde torearon figuras locales como Víctor Manuel Martín, 'Cesterito', Paco Mena y una figura fundamental en su vida: su hermano Poli.
"Fue la primera vez que sentí pasar una embestida con el capote y ahí me quedé enganchado", confiesa Benito. Esa sensación eléctrica, ese veneno que inocula el toro bravo, marcó el inicio de todo. Su hermano Poli, que ya ejercía como banderillero mucho antes que él, fue el primer espejo donde mirarse, pero la formación técnica requería escuela.
Sus primeros pasos académicos los dio en la escuela de ‘La Capea’, en el barrio de Chamberí, donde pasó dos años antes de la apertura de la Escuela de Tauromaquia de la Diputación de Salamanca. Aquellos años de aprendizaje forjaron no solo su técnica, sino su carácter. De aquella época, Benito guarda un recuerdo imborrable y lleno de gratitud hacia sus maestros. Es imposible narrar su evolución sin mencionar a Toreri, el hombre que le enseñó los secretos y la técnica para manejar el capote, una suerte fundamental que luego perfeccionaría.
Asimismo, la emoción asoma al recordar al desaparecido Juan José García Corral, una figura clave en la institución y en la formación de tantos toreros salmantinos. "Fue una experiencia súper bonita", rememora Benito. Los jueves eran días sagrados: se mataba una becerra y los alumnos aprendían el oficio con la crudeza y la verdad del contacto directo con el animal.
La formación de un torero en los años 80 y 90 no se limitaba a las clases teóricas o prácticas en la plaza. La verdadera universidad estaba en la carretera y en el campo bravo. Jesús Benito pertenece a esa generación romántica y dura que demostraba su afición. "Íbamos siempre a dedo. Hacíamos 80 o 90 tentaderos en la tapia", explica con la nostalgia de quien sabe que esos tiempos no volverán.
Mientras sus amigos del barrio planeaban ir a conciertos de rock o pasar el fin de semana en Madrid por ocio, Benito se plantaba en la carretera para ir a Las Ventas, a Valladolid, a Zamora o a Portugal. Solo para ver toros. Solo para aprender.
De esa época conserva anécdotas que ilustran la pasión desmedida de aquellos adolescentes. "Recuerdo que tenía 15 años, estaba haciendo dedo con un compañero y me paró la Guardia Civil. El agente se bajó de la moto y me quería llevar para mi casa", relata. Era la locura de la juventud canalizada hacia una única obsesión: el toro. Esas esperas en las tapias de las fincas ganaderas, aguardando una oportunidad o simplemente observando a los maestros, fueron su verdadero máster en tauromaquia.
Allí, en el silencio del campo charro, vio a las máximas figuras de la época: Ortega Cano, César Rincón, Roberto Domínguez, Juan Mora. "Yo siempre tuve la intranquilidad de aprender: cómo cogían la muleta, cómo colocaban el pecho, cómo movían la muñeca", asegura. Era una esponja absorbiendo la técnica y, sobre todo, el respeto que los grandes profesaban a la profesión.
La carrera de Jesús Benito experimentó un giro copernicano en 1991. Tras torear unas 50 o 60 novilladas sin caballos y varios festivales picados, tomó una decisión que define su integridad profesional: cambiar el oro por la plata. Dejar de ser novillero para convertirse en banderillero.
Lejos de buscar excusas externas o culpar al sistema, el salmantino muestra una honestidad brutal, poco común en un mundo de egos, al analizar aquel momento. "Evidentemente, yo no echo la culpa a nadie de que yo no haya sido figura del toreo, porque el primero que tiene la culpa soy yo", sentencia sin titubeos.
Sobre las razones profundas de este cambio, Benito ofrece una lección de realismo y respeto por la fiesta: "Yo no tenía la capacidad de ser figura del toreo. Hay que tener una capacidad que solo tienen pocos, una capacidad de ponerte delante de un toro y jugarte la vida de verdad". Reconocer esa limitación no fue un acto de cobardía, sino de valentía y amor propio. "No quise perder el tiempo", añade. Su pasión era el toro, y si no podía ser el protagonista principal, sería el mejor actor de reparto posible.
Esta decisión le permitió continuar ligado a su gran pasión desde otra perspectiva, desarrollando una prolífica carrera como banderillero. Durante años, sus pares de banderillas y su capote de brega fueron habituales en las ferias, sumando una cifra vertiginosa de aproximadamente 1.800 festejos. "Considero a los banderilleros toreros también. Yo he sido torero, me he vestido de torero muchas tardes", reivindica con orgullo.
Tras colgar el traje de luces, la transición a los despachos y al campo fue natural. Su experiencia y su visión técnica lo convirtieron en un mentor ideal. Junto a su gran amigo Guillermo Marín, se embarcó en la aventura del apoderamiento. Su primer gran proyecto fue Juan del Álamo. "Lo cogimos cuando tenía 15 años, no tenía edad ni para torear", recuerda. Juntos realizaron una labor meticulosa que llevó al diestro salmantino a cotas altas, aunque Benito reconoce con cierta amargura que quizás faltó "un poco de suerte" para que Juan llegara a la cima absoluta que ellos soñaron.
Su trayectoria como apoderado incluye nombres como Thomas Joubert y Alejandro Marcos. En la actualidad, su día a día se reparte en el equipo de apoderamiento de dos toreros con perfiles muy distintos pero ambiciones idénticas: Ismael Martín y Morenito de Aranda.
Sobre el joven salmantino Ismael Martín, Benito deposita grandes esperanzas y no escatima en elogios hacia su actitud: "Ismael va a dar que hablar porque tiene mucha intranquilidad de ser mejor torero cada día". Destaca de él su personalidad arrolladora, tanto dentro como fuera de la plaza, y esa "enfermedad" compartida de querer saberlo todo sobre el toro. "Hablamos mucho de trincherazos, de medias, de empaque...", comenta, revelando la faceta didáctica de su labor.
La visión de la tauromaquia de Jesús Benito trasciende las fronteras españolas. Mantiene una estrecha y casi familiar vinculación con Perú, personificada en su íntima relación con Tito Fernández, a quien llama cariñosamente "mi padrino" —y lo es literalmente porque fue el padrino de su boda—. Benito trabaja como representante en España de la empresa del peruano, un hombre al que define como "un mago" y un apasionado que está revolucionando la fiesta en el país andino.
Benito destaca la vitalidad de la afición en Perú, comparándola con la pasión que se vive en los tendidos españoles. "Viven la tauromaquia con una pasión impresionante. Es un público que está siempre pendiente de lo que pasa en la plaza", explica. Para él, Perú, con la feria de Acho a la cabeza, se ha convertido en el bastión taurino más importante de América.
Precisamente, esta labor de intermediación y gestión le ha permitido vivir este año una experiencia única junto a una de las máximas figuras de la historia: Morante de la Puebla. Esta cercanía no es fortuita, sino fruto de una sólida amistad de más de 25 años con Pedro Jorge Marques, apoderado del genio sevillano.
"Conozco a Pedro desde hace mucho tiempo. Este año he tenido una relación más fluida de lo normal por el tema de su contratación para la feria de Acho", detalla Benito. Esa gestión profesional le brindó la oportunidad de vivir desde una posición privilegiada una temporada histórica, siendo testigo directo de tardes memorables como la de Salamanca o la despedida en Madrid. Su admiración por el torero sevillano es absoluta: "Morante le hace falta a la tauromaquia".
Cuando se le pregunta por sus referentes, por el espejo en el que siempre quiso mirarse, Benito no duda. La respuesta está en su tierra. "En mi ADN tengo dos toreros, que han sido Capea y Robles", confiesa con emoción. De niño, su obsesión no era otra que "poder torear como ellos".
Recuerda ir al campo con Julio Robles y acostarse pensando en su toreo. Al día siguiente, iba con El Niño de la Capea y le ocurría lo mismo. "Eran una obsesión". De ellos aprendió no solo la estética o la técnica, sino el compromiso absoluto. "El respeto a tu profesión y la seriedad" son, según explica, las claves que absorbió de los maestros y que le han permitido mantenerse en este mundo durante décadas. Esa seriedad es la que le ha granjeado el respeto de los profesionales actuales, que ven en él a una figura de autoridad y conocimiento.
Mirando al futuro, Jesús Benito se muestra optimista, contrariando las visiones más catastrofistas sobre la fiesta de los toros. Ha observado un cambio generacional en los tendidos que le invita a creer en la pervivencia del rito. "Ahora mismo veo la tauromaquia en pleno crecimiento. He visto este año una gran cantidad de gente joven en Salamanca y en todos los lados", señala.
Para el salmantino, este fenómeno no es casualidad. Sugiere que quizás la sociedad, y especialmente los jóvenes, están valorando de nuevo aspectos intrínsecos del toreo como la verdad, el riesgo y la emoción frente a otras ofertas de ocio más artificiales. Ve un ciclo positivo tanto en España como en Perú.
A pesar de los años, de los miles de kilómetros y de las dificultades de una profesión que califica como "ingrata" en ocasiones, la ilusión de Jesús Benito permanece intacta. No se pone fecha de caducidad. Sigue viviendo el toreo las 24 horas del día, a veces incluso a costa de discusiones con su mujer, como él mismo admite con humor. "A mí nada me llena más que estar todo el día pensando en el toro", concluye. Para Jesús Benito, el toro nunca fue solo un oficio para ganarse la vida; fue, es y será la vida misma.
FOTOS: Pablo Angular