Viernes, 21 de enero de 2022
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Emilio de Miguel

Emilio de Miguel

OPINIóN
Actualizado 13/01/2022 08:37
Ignacio Martín

La Celestina, Deyermond, la Academia Renacentista, poner los sellitos de asistencia en el Curso Superior de Filología Hispánica, –lo que me permitía asistir al mismo–, las clases “de conversación” en terrazas con extranjeros que, casi siempre, hablaban de maravilla nuestro idioma, las “noches del Fonseca”… Todos son recuerdos de los años universitarios que tienen que ver con Emilio de Miguel, uno de los maestros que más recuerdo.

El día que se cumplieron veintinueve años de haber llegado a México, curiosamente, el bueno de Emilio De Miguel, en su libro, me llevó de paseo por Salamanca, iluminándome sobre una de esas jocosas anecdotillas de tiempos estudiantiles que ahí anda, en la memoria: ese día, en México, supe el origen de una de las figuras escultóricas que adornan nuestro Patio de Escuelas. Tal vez que esa efeméride corresponda al Día de los Santos Inocentes –sí, llegué a México el 28 de diciembre de 1992– sea un guiño extra del destino, vaya usted a saber.

Para no espoilerear demasiado y animarlos a comprar Desde la cima. Recuerdos del camino, solo copio un fragmento que espero anime a disfrutar del libro, aunque sea en digital, como es mi caso. Ojalá que, cuando vaya a Salamanca, queden ejemplares “en físico”, para poder buscar a don Emilio y, con la excusa de saludarlo e invitarlo a una caña para que le ponga cara a este pesado de su exalumno, me lo firme.

La postura y actividad del hombre, su musculatura y otras salientes características físicas se correspondían con sujeto de cualquier época concentrado en la labor que le ocupaba, pero el espectador atento habrá de fijarse en las gafas que luce el animoso y entonces deducirá que se trata de adminículo no existente, al menos con ese acabado, en tiempos remotos. De hecho, ese detalle de unas gafas modernas debió de ser el que permitió exclamar al obrero que acompañaba al arquitecto en su inspección: «¡Pero si es el tío Marín, de Villamayor!»

Como puse en Facebook, gracias, maestro; vuecencia, como el Cid, sigue ganando batallas hogaño con estos sus discípulos de antaño.

Gracias por aquel Alan Deyermond, que, en la Academia Renacentista, habló a la hora de la siesta y nos agradeció por escucharlo en tan impropio momento, con aquel español impecable… con acento inglés; gracias por el Buen Amor, por Berceo y por la Celestina; gracias por la oportunidad de poner los sellitos de asistencia en el Curso Superior de Filología Hispánica, lo que me permitió asistir y conocer a tanta gente, conocida y no –reviví la anécdota con Pérez Reverte que el libro narra, estuve, por así decirlo, medio en ella–; gracias por las clases “de conversación” en terrazas con extranjeros que, casi siempre, hablaban de maravilla nuestro idioma, lo que nos permitía hablar de lo divino y lo humano; gracias por las “noches del Fonseca”…

Gracias, Emilio, por esos recuerdos de los años universitarios; gracias, Emilio de Miguel, por haber sido, usando un pedacito del verso de Serrat, uno de los mejores maestros que tuve y tendré.

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