Lunes, 17 de enero de 2022
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Elogio de nuestro obispo emérito Don Carlos López

Elogio de nuestro obispo emérito Don Carlos López

OPINIóN
Actualizado 12/01/2022 08:10
Antonio Matilla

Es muy español elogiar a alguien cuando se ha muerto. Por eso quiero y me atrevo a elogiar a alguien vivo, nuestro obispo emérito, D. Carlos López Hernández. Ha sido el suyo un episcopado difícil por muchas razones, sobre todo por la secularización galopante que se está apoderando de España y, también, de Salamanca.

Parece evidente que los salmantinos del Siglo XXI somos menos creyentes que nuestros antepasados, o que nosotros mismos hace 20 años, Eso debería tener consecuencias en todas las esferas de la vida social y es algo que habrá que ir analizando. También habrá que analizar en qué medida la Iglesia diocesana ha ido adaptándose a esa nueva situación espiritual y social y, sobre todo, si ha colaborado a responder a esas necesidades espirituales y sociales de los salmantinos en particular y de la sociedad salmantina en general. Doctores tiene la Santa Sociología que nos sabrán responder y en Salamanca tenemos muchos.

Pero hoy elijo no hablar de ideas, ni de los cambios en la sociología religiosa salmantina operados en nuestras diócesis –Salamanca, Ciudad Rodrigo y Plasencia- y provincia. Voy a referirme exclusivamente a un grupo muy numeroso de personas que, con cambios ideológicos o religiosos, siguen ahí, aparentemente más numerosas en este siglo que el pasado: los pobres.

De los pobres se ocupan las administraciones públicas –Gobierno de la Nación, Gobierno autonómico, Diputación provincial y Ayuntamientos. Se ocupan también, en la medida en que pueden, las propias familias de los pobres, como se vio durante la crisis del 2008 y años siguientes y como se está viendo durante la pandemia. En ésta se han visto iniciativas de ayuda dignas de elogio por parte de vecinos y pequeñas asociaciones. La Sociedad Civil ha estado también a la altura y, dentro de la Sociedad Civil, han destacado la Iglesia y diversas oenegés –unas de inspiración católica, otras no-, especialmente Caritas, que no hay que olvidar que no es una oenegé, aunque funcione como tal, sino la misma Iglesia Católica que vive entre los pobres.

Dentro de la Sociedad Civil hay que destacar las Fundaciones de fines sociales y/o caritativos. En Salamanca hay un buen puñado de Fundaciones que tienen como finalidad la ayuda a los más pobres, porque esa fue la voluntad sus fundadores, recogida en los Estatutos y amparada por las Leyes. Muchas de esas Fundaciones tienen más de un siglo de existencia y una mayoría de ellas tienen inspiración cristiana, católica para más señas, en la mente y en el corazón de sus fundadores y en los Estatutos que reflejan fielmente este objetivo de ayudar a los más pobres.

Muchas de estas fundaciones, para asegurar el cumplimiento fiel de la voluntad de sus fundadores –recuérdese que es ayudar a los pobres-, dejaron claro en los Estatutos que el Presidente debía ser el obispo diocesano.

Las Fundaciones se enfrentan, como todas las instituciones, a peligros y riesgos. El peligro es evidente: poseedoras de un patrimonio más o menos rico y valioso, son una tentación para pícaros ilustrados, empresarios sin escrúpulos ni conciencia social e incluso, en un momento u otro de la vida de la Fundación, sobre todo cuando ésta ha pasado por momentos de crisis y dificultad, para los propios poderes públicos, que tienden a pensar que ellos cumplirían mejor los fines de la Fundación que el Patronato rector de la misma.

Pero las Fundaciones, en el Estado español, tienen un fuerte apoyo legal en la Constitución, sobre todo en los artículos 34, 22 y 53. Basándose en la Constitución y en las Leyes emanadas de ella y que nos amparan, nuestro obispo emérito ha defendido con discreción, prudencia, sabiduría jurídica, sentido social y pasión evangélica del alma que las Fundaciones que estaban bajo su presidencia o influencia cumplieran el fin principal, que es ayudar a los pobres (hay que insistir para que no se olvide). Actuando así, como buen ciudadano, ha contribuido enormemente al mantenimiento y progreso de la Sociedad Civil, trabajando así para el afianzamiento del sistema democrático, pues una democracia sin una Sociedad Civil potente es una democracia teledirigida, manipulada y secuestrada.

Algún día la sociedad salmantina conocerá y reconocerá públicamente esta labor callada y discreta, pero evangélicamente apasionada, que D. Carlos López Hernández llevó a cabo en defensa de los fines de las Fundaciones, ayudar a los pobres y, así, mejorar nuestra sociedad y nuestra democracia. Si no se le reconoce, lo estoy viendo, el dirá que su mayor reconocimiento ha sido la conciencia clara de haber cumplido con su deber.

Es muy español elogiar a alguien cuando se ha muerto. Por eso quiero y me atrevo a elogiar a alguien vivo, nuestro obispo emérito, D. Carlos López Hernández. Ha sido el suyo un episcopado difícil por muchas razones, sobre todo por la secularización galopante que se está apoderando de España y, también, de Salamanca.

Parece evidente que los salmantinos del Siglo XXI somos menos creyentes que nuestros antepasados, o que nosotros mismos hace 20 años, Eso debería tener consecuencias en todas las esferas de la vida social y es algo que habrá que ir analizando. También habrá que analizar en qué medida la Iglesia diocesana ha ido adaptándose a esa nueva situación espiritual y social y, sobre todo, si ha colaborado a responder a esas necesidades espirituales y sociales de los salmantinos en particular y de la sociedad salmantina en general. Doctores tiene la Santa Sociología que nos sabrán responder y en Salamanca tenemos muchos.

Pero hoy elijo no hablar de ideas, ni de los cambios en la sociología religiosa salmantina operados en nuestras diócesis –Salamanca, Ciudad Rodrigo y Plasencia- y provincia. Voy a referirme exclusivamente a un grupo muy numeroso de personas que, con cambios ideológicos o religiosos, siguen ahí, aparentemente más numerosas en este siglo que el pasado: los pobres.

De los pobres se ocupan las administraciones públicas –Gobierno de la Nación, Gobierno autonómico, Diputación provincial y Ayuntamientos. Se ocupan también, en la medida en que pueden, las propias familias de los pobres, como se vio durante la crisis del 2008 y años siguientes y como se está viendo durante la pandemia. En ésta se han visto iniciativas de ayuda dignas de elogio por parte de vecinos y pequeñas asociaciones. La Sociedad Civil ha estado también a la altura y, dentro de la Sociedad Civil, han destacado la Iglesia y diversas oenegés –unas de inspiración católica, otras no-, especialmente Caritas, que no hay que olvidar que no es una oenegé, aunque funcione como tal, sino la misma Iglesia Católica que vive entre los pobres.

Dentro de la Sociedad Civil hay que destacar las Fundaciones de fines sociales y/o caritativos. En Salamanca hay un buen puñado de Fundaciones que tienen como finalidad la ayuda a los más pobres, porque esa fue la voluntad sus fundadores, recogida en los Estatutos y amparada por las Leyes. Muchas de esas Fundaciones tienen más de un siglo de existencia y una mayoría de ellas tienen inspiración cristiana, católica para más señas, en la mente y en el corazón de sus fundadores y en los Estatutos que reflejan fielmente este objetivo de ayudar a los más pobres.

Muchas de estas fundaciones, para asegurar el cumplimiento fiel de la voluntad de sus fundadores –recuérdese que es ayudar a los pobres-, dejaron claro en los Estatutos que el Presidente debía ser el obispo diocesano.

Las Fundaciones se enfrentan, como todas las instituciones, a peligros y riesgos. El peligro es evidente: poseedoras de un patrimonio más o menos rico y valioso, son una tentación para pícaros ilustrados, empresarios sin escrúpulos ni conciencia social e incluso, en un momento u otro de la vida de la Fundación, sobre todo cuando ésta ha pasado por momentos de crisis y dificultad, para los propios poderes públicos, que tienden a pensar que ellos cumplirían mejor los fines de la Fundación que el Patronato rector de la misma.

Pero las Fundaciones, en el Estado español, tienen un fuerte apoyo legal en la Constitución, sobre todo en los artículos 34, 22 y 53. Basándose en la Constitución y en las Leyes emanadas de ella y que nos amparan, nuestro obispo emérito ha defendido con discreción, prudencia, sabiduría jurídica, sentido social y pasión evangélica del alma que las Fundaciones que estaban bajo su presidencia o influencia cumplieran el fin principal, que es ayudar a los pobres (hay que insistir para que no se olvide). Actuando así, como buen ciudadano, ha contribuido enormemente al mantenimiento y progreso de la Sociedad Civil, trabajando así para el afianzamiento del sistema democrático, pues una democracia sin una Sociedad Civil potente es una democracia teledirigida, manipulada y secuestrada.

Algún día la sociedad salmantina conocerá y reconocerá públicamente esta labor callada y discreta, pero evangélicamente apasionada, que D. Carlos López Hernández llevó a cabo en defensa de los fines de las Fundaciones, ayudar a los pobres y, así, mejorar nuestra sociedad y nuestra democracia. Si no se le reconoce, lo estoy viendo, el dirá que su mayor reconocimiento ha sido la conciencia clara de haber cumplido con su deber.

Es muy español elogiar a alguien cuando se ha muerto. Por eso quiero y me atrevo a elogiar a alguien vivo, nuestro obispo emérito, D. Carlos López Hernández. Ha sido el suyo un episcopado difícil por muchas razones, sobre todo por la secularización galopante que se está apoderando de España y, también, de Salamanca.

Parece evidente que los salmantinos del Siglo XXI somos menos creyentes que nuestros antepasados, o que nosotros mismos hace 20 años, Eso debería tener consecuencias en todas las esferas de la vida social y es algo que habrá que ir analizando. También habrá que analizar en qué medida la Iglesia diocesana ha ido adaptándose a esa nueva situación espiritual y social y, sobre todo, si ha colaborado a responder a esas necesidades espirituales y sociales de los salmantinos en particular y de la sociedad salmantina en general. Doctores tiene la Santa Sociología que nos sabrán responder y en Salamanca tenemos muchos.

Pero hoy elijo no hablar de ideas, ni de los cambios en la sociología religiosa salmantina operados en nuestras diócesis –Salamanca, Ciudad Rodrigo y Plasencia- y provincia. Voy a referirme exclusivamente a un grupo muy numeroso de personas que, con cambios ideológicos o religiosos, siguen ahí, aparentemente más numerosas en este siglo que el pasado: los pobres.

De los pobres se ocupan las administraciones públicas –Gobierno de la Nación, Gobierno autonómico, Diputación provincial y Ayuntamientos. Se ocupan también, en la medida en que pueden, las propias familias de los pobres, como se vio durante la crisis del 2008 y años siguientes y como se está viendo durante la pandemia. En ésta se han visto iniciativas de ayuda dignas de elogio por parte de vecinos y pequeñas asociaciones. La Sociedad Civil ha estado también a la altura y, dentro de la Sociedad Civil, han destacado la Iglesia y diversas oenegés –unas de inspiración católica, otras no-, especialmente Caritas, que no hay que olvidar que no es una oenegé, aunque funcione como tal, sino la misma Iglesia Católica que vive entre los pobres.

Dentro de la Sociedad Civil hay que destacar las Fundaciones de fines sociales y/o caritativos. En Salamanca hay un buen puñado de Fundaciones que tienen como finalidad la ayuda a los más pobres, porque esa fue la voluntad sus fundadores, recogida en los Estatutos y amparada por las Leyes. Muchas de esas Fundaciones tienen más de un siglo de existencia y una mayoría de ellas tienen inspiración cristiana, católica para más señas, en la mente y en el corazón de sus fundadores y en los Estatutos que reflejan fielmente este objetivo de ayudar a los más pobres.

Muchas de estas fundaciones, para asegurar el cumplimiento fiel de la voluntad de sus fundadores –recuérdese que es ayudar a los pobres-, dejaron claro en los Estatutos que el Presidente debía ser el obispo diocesano.

Las Fundaciones se enfrentan, como todas las instituciones, a peligros y riesgos. El peligro es evidente: poseedoras de un patrimonio más o menos rico y valioso, son una tentación para pícaros ilustrados, empresarios sin escrúpulos ni conciencia social e incluso, en un momento u otro de la vida de la Fundación, sobre todo cuando ésta ha pasado por momentos de crisis y dificultad, para los propios poderes públicos, que tienden a pensar que ellos cumplirían mejor los fines de la Fundación que el Patronato rector de la misma.

Pero las Fundaciones, en el Estado español, tienen un fuerte apoyo legal en la Constitución, sobre todo en los artículos 34, 22 y 53. Basándose en la Constitución y en las Leyes emanadas de ella y que nos amparan, nuestro obispo emérito ha defendido con discreción, prudencia, sabiduría jurídica, sentido social y pasión evangélica del alma que las Fundaciones que estaban bajo su presidencia o influencia cumplieran el fin principal, que es ayudar a los pobres (hay que insistir para que no se olvide). Actuando así, como buen ciudadano, ha contribuido enormemente al mantenimiento y progreso de la Sociedad Civil, trabajando así para el afianzamiento del sistema democrático, pues una democracia sin una Sociedad Civil potente es una democracia teledirigida, manipulada y secuestrada.

Algún día la sociedad salmantina conocerá y reconocerá públicamente esta labor callada y discreta, pero evangélicamente apasionada, que D. Carlos López Hernández llevó a cabo en defensa de los fines de las Fundaciones, ayudar a los pobres y, así, mejorar nuestra sociedad y nuestra democracia. Si no se le reconoce, lo estoy viendo, el dirá que su mayor reconocimiento ha sido la conciencia clara de haber cumplido con su deber.

Es muy español elogiar a alguien cuando se ha muerto. Por eso quiero y me atrevo a elogiar a alguien vivo, nuestro obispo emérito, D. Carlos López Hernández. Ha sido el suyo un episcopado difícil por muchas razones, sobre todo por la secularización galopante que se está apoderando de España y, también, de Salamanca.

Parece evidente que los salmantinos del Siglo XXI somos menos creyentes que nuestros antepasados, o que nosotros mismos hace 20 años, Eso debería tener consecuencias en todas las esferas de la vida social y es algo que habrá que ir analizando. También habrá que analizar en qué medida la Iglesia diocesana ha ido adaptándose a esa nueva situación espiritual y social y, sobre todo, si ha colaborado a responder a esas necesidades espirituales y sociales de los salmantinos en particular y de la sociedad salmantina en general. Doctores tiene la Santa Sociología que nos sabrán responder y en Salamanca tenemos muchos.

Pero hoy elijo no hablar de ideas, ni de los cambios en la sociología religiosa salmantina operados en nuestras diócesis –Salamanca, Ciudad Rodrigo y Plasencia- y provincia. Voy a referirme exclusivamente a un grupo muy numeroso de personas que, con cambios ideológicos o religiosos, siguen ahí, aparentemente más numerosas en este siglo que el pasado: los pobres.

De los pobres se ocupan las administraciones públicas –Gobierno de la Nación, Gobierno autonómico, Diputación provincial y Ayuntamientos. Se ocupan también, en la medida en que pueden, las propias familias de los pobres, como se vio durante la crisis del 2008 y años siguientes y como se está viendo durante la pandemia. En ésta se han visto iniciativas de ayuda dignas de elogio por parte de vecinos y pequeñas asociaciones. La Sociedad Civil ha estado también a la altura y, dentro de la Sociedad Civil, han destacado la Iglesia y diversas oenegés –unas de inspiración católica, otras no-, especialmente Caritas, que no hay que olvidar que no es una oenegé, aunque funcione como tal, sino la misma Iglesia Católica que vive entre los pobres.

Dentro de la Sociedad Civil hay que destacar las Fundaciones de fines sociales y/o caritativos. En Salamanca hay un buen puñado de Fundaciones que tienen como finalidad la ayuda a los más pobres, porque esa fue la voluntad sus fundadores, recogida en los Estatutos y amparada por las Leyes. Muchas de esas Fundaciones tienen más de un siglo de existencia y una mayoría de ellas tienen inspiración cristiana, católica para más señas, en la mente y en el corazón de sus fundadores y en los Estatutos que reflejan fielmente este objetivo de ayudar a los más pobres.

Muchas de estas fundaciones, para asegurar el cumplimiento fiel de la voluntad de sus fundadores –recuérdese que es ayudar a los pobres-, dejaron claro en los Estatutos que el Presidente debía ser el obispo diocesano.

Las Fundaciones se enfrentan, como todas las instituciones, a peligros y riesgos. El peligro es evidente: poseedoras de un patrimonio más o menos rico y valioso, son una tentación para pícaros ilustrados, empresarios sin escrúpulos ni conciencia social e incluso, en un momento u otro de la vida de la Fundación, sobre todo cuando ésta ha pasado por momentos de crisis y dificultad, para los propios poderes públicos, que tienden a pensar que ellos cumplirían mejor los fines de la Fundación que el Patronato rector de la misma.

Pero las Fundaciones, en el Estado español, tienen un fuerte apoyo legal en la Constitución, sobre todo en los artículos 34, 22 y 53. Basándose en la Constitución y en las Leyes emanadas de ella y que nos amparan, nuestro obispo emérito ha defendido con discreción, prudencia, sabiduría jurídica, sentido social y pasión evangélica del alma que las Fundaciones que estaban bajo su presidencia o influencia cumplieran el fin principal, que es ayudar a los pobres (hay que insistir para que no se olvide). Actuando así, como buen ciudadano, ha contribuido enormemente al mantenimiento y progreso de la Sociedad Civil, trabajando así para el afianzamiento del sistema democrático, pues una democracia sin una Sociedad Civil potente es una democracia teledirigida, manipulada y secuestrada.

Algún día la sociedad salmantina conocerá y reconocerá públicamente esta labor callada y discreta, pero evangélicamente apasionada, que D. Carlos López Hernández llevó a cabo en defensa de los fines de las Fundaciones, ayudar a los pobres y, así, mejorar nuestra sociedad y nuestra democracia. Si no se le reconoce, lo estoy viendo, el dirá que su mayor reconocimiento ha sido la conciencia clara de haber cumplido con su deber.

Es muy español elogiar a alguien cuando se ha muerto. Por eso quiero y me atrevo a elogiar a alguien vivo, nuestro obispo emérito, D. Carlos López Hernández. Ha sido el suyo un episcopado difícil por muchas razones, sobre todo por la secularización galopante que se está apoderando de España y, también, de Salamanca.

Parece evidente que los salmantinos del Siglo XXI somos menos creyentes que nuestros antepasados, o que nosotros mismos hace 20 años, Eso debería tener consecuencias en todas las esferas de la vida social y es algo que habrá que ir analizando. También habrá que analizar en qué medida la Iglesia diocesana ha ido adaptándose a esa nueva situación espiritual y social y, sobre todo, si ha colaborado a responder a esas necesidades espirituales y sociales de los salmantinos en particular y de la sociedad salmantina en general. Doctores tiene la Santa Sociología que nos sabrán responder y en Salamanca tenemos muchos.

Pero hoy elijo no hablar de ideas, ni de los cambios en la sociología religiosa salmantina operados en nuestras diócesis –Salamanca, Ciudad Rodrigo y Plasencia- y provincia. Voy a referirme exclusivamente a un grupo muy numeroso de personas que, con cambios ideológicos o religiosos, siguen ahí, aparentemente más numerosas en este siglo que el pasado: los pobres.

De los pobres se ocupan las administraciones públicas –Gobierno de la Nación, Gobierno autonómico, Diputación provincial y Ayuntamientos. Se ocupan también, en la medida en que pueden, las propias familias de los pobres, como se vio durante la crisis del 2008 y años siguientes y como se está viendo durante la pandemia. En ésta se han visto iniciativas de ayuda dignas de elogio por parte de vecinos y pequeñas asociaciones. La Sociedad Civil ha estado también a la altura y, dentro de la Sociedad Civil, han destacado la Iglesia y diversas oenegés –unas de inspiración católica, otras no-, especialmente Caritas, que no hay que olvidar que no es una oenegé, aunque funcione como tal, sino la misma Iglesia Católica que vive entre los pobres.

Dentro de la Sociedad Civil hay que destacar las Fundaciones de fines sociales y/o caritativos. En Salamanca hay un buen puñado de Fundaciones que tienen como finalidad la ayuda a los más pobres, porque esa fue la voluntad sus fundadores, recogida en los Estatutos y amparada por las Leyes. Muchas de esas Fundaciones tienen más de un siglo de existencia y una mayoría de ellas tienen inspiración cristiana, católica para más señas, en la mente y en el corazón de sus fundadores y en los Estatutos que reflejan fielmente este objetivo de ayudar a los más pobres.

Muchas de estas fundaciones, para asegurar el cumplimiento fiel de la voluntad de sus fundadores –recuérdese que es ayudar a los pobres-, dejaron claro en los Estatutos que el Presidente debía ser el obispo diocesano.

Las Fundaciones se enfrentan, como todas las instituciones, a peligros y riesgos. El peligro es evidente: poseedoras de un patrimonio más o menos rico y valioso, son una tentación para pícaros ilustrados, empresarios sin escrúpulos ni conciencia social e incluso, en un momento u otro de la vida de la Fundación, sobre todo cuando ésta ha pasado por momentos de crisis y dificultad, para los propios poderes públicos, que tienden a pensar que ellos cumplirían mejor los fines de la Fundación que el Patronato rector de la misma.

Pero las Fundaciones, en el Estado español, tienen un fuerte apoyo legal en la Constitución, sobre todo en los artículos 34, 22 y 53. Basándose en la Constitución y en las Leyes emanadas de ella y que nos amparan, nuestro obispo emérito ha defendido con discreción, prudencia, sabiduría jurídica, sentido social y pasión evangélica del alma que las Fundaciones que estaban bajo su presidencia o influencia cumplieran el fin principal, que es ayudar a los pobres (hay que insistir para que no se olvide). Actuando así, como buen ciudadano, ha contribuido enormemente al mantenimiento y progreso de la Sociedad Civil, trabajando así para el afianzamiento del sistema democrático, pues una democracia sin una Sociedad Civil potente es una democracia teledirigida, manipulada y secuestrada.

Algún día la sociedad salmantina conocerá y reconocerá públicamente esta labor callada y discreta, pero evangélicamente apasionada, que D. Carlos López Hernández llevó a cabo en defensa de los fines de las Fundaciones, ayudar a los pobres y, así, mejorar nuestra sociedad y nuestra democracia. Si no se le reconoce, lo estoy viendo, el dirá que su mayor reconocimiento ha sido la conciencia clara de haber cumplido con su deber.

Es muy español elogiar a alguien cuando se ha muerto. Por eso quiero y me atrevo a elogiar a alguien vivo, nuestro obispo emérito, D. Carlos López Hernández. Ha sido el suyo un episcopado difícil por muchas razones, sobre todo por la secularización galopante que se está apoderando de España y, también, de Salamanca.

Parece evidente que los salmantinos del Siglo XXI somos menos creyentes que nuestros antepasados, o que nosotros mismos hace 20 años, Eso debería tener consecuencias en todas las esferas de la vida social y es algo que habrá que ir analizando. También habrá que analizar en qué medida la Iglesia diocesana ha ido adaptándose a esa nueva situación espiritual y social y, sobre todo, si ha colaborado a responder a esas necesidades espirituales y sociales de los salmantinos en particular y de la sociedad salmantina en general. Doctores tiene la Santa Sociología que nos sabrán responder y en Salamanca tenemos muchos.

Pero hoy elijo no hablar de ideas, ni de los cambios en la sociología religiosa salmantina operados en nuestras diócesis –Salamanca, Ciudad Rodrigo y Plasencia- y provincia. Voy a referirme exclusivamente a un grupo muy numeroso de personas que, con cambios ideológicos o religiosos, siguen ahí, aparentemente más numerosas en este siglo que el pasado: los pobres.

De los pobres se ocupan las administraciones públicas –Gobierno de la Nación, Gobierno autonómico, Diputación provincial y Ayuntamientos. Se ocupan también, en la medida en que pueden, las propias familias de los pobres, como se vio durante la crisis del 2008 y años siguientes y como se está viendo durante la pandemia. En ésta se han visto iniciativas de ayuda dignas de elogio por parte de vecinos y pequeñas asociaciones. La Sociedad Civil ha estado también a la altura y, dentro de la Sociedad Civil, han destacado la Iglesia y diversas oenegés –unas de inspiración católica, otras no-, especialmente Caritas, que no hay que olvidar que no es una oenegé, aunque funcione como tal, sino la misma Iglesia Católica que vive entre los pobres.

Dentro de la Sociedad Civil hay que destacar las Fundaciones de fines sociales y/o caritativos. En Salamanca hay un buen puñado de Fundaciones que tienen como finalidad la ayuda a los más pobres, porque esa fue la voluntad sus fundadores, recogida en los Estatutos y amparada por las Leyes. Muchas de esas Fundaciones tienen más de un siglo de existencia y una mayoría de ellas tienen inspiración cristiana, católica para más señas, en la mente y en el corazón de sus fundadores y en los Estatutos que reflejan fielmente este objetivo de ayudar a los más pobres.

Muchas de estas fundaciones, para asegurar el cumplimiento fiel de la voluntad de sus fundadores –recuérdese que es ayudar a los pobres-, dejaron claro en los Estatutos que el Presidente debía ser el obispo diocesano.

Las Fundaciones se enfrentan, como todas las instituciones, a peligros y riesgos. El peligro es evidente: poseedoras de un patrimonio más o menos rico y valioso, son una tentación para pícaros ilustrados, empresarios sin escrúpulos ni conciencia social e incluso, en un momento u otro de la vida de la Fundación, sobre todo cuando ésta ha pasado por momentos de crisis y dificultad, para los propios poderes públicos, que tienden a pensar que ellos cumplirían mejor los fines de la Fundación que el Patronato rector de la misma.

Pero las Fundaciones, en el Estado español, tienen un fuerte apoyo legal en la Constitución, sobre todo en los artículos 34, 22 y 53. Basándose en la Constitución y en las Leyes emanadas de ella y que nos amparan, nuestro obispo emérito ha defendido con discreción, prudencia, sabiduría jurídica, sentido social y pasión evangélica del alma que las Fundaciones que estaban bajo su presidencia o influencia cumplieran el fin principal, que es ayudar a los pobres (hay que insistir para que no se olvide). Actuando así, como buen ciudadano, ha contribuido enormemente al mantenimiento y progreso de la Sociedad Civil, trabajando así para el afianzamiento del sistema democrático, pues una democracia sin una Sociedad Civil potente es una democracia teledirigida, manipulada y secuestrada.

Algún día la sociedad salmantina conocerá y reconocerá públicamente esta labor callada y discreta, pero evangélicamente apasionada, que D. Carlos López Hernández llevó a cabo en defensa de los fines de las Fundaciones, ayudar a los pobres y, así, mejorar nuestra sociedad y nuestra democracia. Si no se le reconoce, lo estoy viendo, el dirá que su mayor reconocimiento ha sido la conciencia clara de haber cumplido con su deber.

Es muy español elogiar a alguien cuando se ha muerto. Por eso quiero y me atrevo a elogiar a alguien vivo, nuestro obispo emérito, D. Carlos López Hernández. Ha sido el suyo un episcopado difícil por muchas razones, sobre todo por la secularización galopante que se está apoderando de España y, también, de Salamanca.

Parece evidente que los salmantinos del Siglo XXI somos menos creyentes que nuestros antepasados, o que nosotros mismos hace 20 años, Eso debería tener consecuencias en todas las esferas de la vida social y es algo que habrá que ir analizando. También habrá que analizar en qué medida la Iglesia diocesana ha ido adaptándose a esa nueva situación espiritual y social y, sobre todo, si ha colaborado a responder a esas necesidades espirituales y sociales de los salmantinos en particular y de la sociedad salmantina en general. Doctores tiene la Santa Sociología que nos sabrán responder y en Salamanca tenemos muchos.

Pero hoy elijo no hablar de ideas, ni de los cambios en la sociología religiosa salmantina operados en nuestras diócesis –Salamanca, Ciudad Rodrigo y Plasencia- y provincia. Voy a referirme exclusivamente a un grupo muy numeroso de personas que, con cambios ideológicos o religiosos, siguen ahí, aparentemente más numerosas en este siglo que el pasado: los pobres.

De los pobres se ocupan las administraciones públicas –Gobierno de la Nación, Gobierno autonómico, Diputación provincial y Ayuntamientos. Se ocupan también, en la medida en que pueden, las propias familias de los pobres, como se vio durante la crisis del 2008 y años siguientes y como se está viendo durante la pandemia. En ésta se han visto iniciativas de ayuda dignas de elogio por parte de vecinos y pequeñas asociaciones. La Sociedad Civil ha estado también a la altura y, dentro de la Sociedad Civil, han destacado la Iglesia y diversas oenegés –unas de inspiración católica, otras no-, especialmente Caritas, que no hay que olvidar que no es una oenegé, aunque funcione como tal, sino la misma Iglesia Católica que vive entre los pobres.

Dentro de la Sociedad Civil hay que destacar las Fundaciones de fines sociales y/o caritativos. En Salamanca hay un buen puñado de Fundaciones que tienen como finalidad la ayuda a los más pobres, porque esa fue la voluntad sus fundadores, recogida en los Estatutos y amparada por las Leyes. Muchas de esas Fundaciones tienen más de un siglo de existencia y una mayoría de ellas tienen inspiración cristiana, católica para más señas, en la mente y en el corazón de sus fundadores y en los Estatutos que reflejan fielmente este objetivo de ayudar a los más pobres.

Muchas de estas fundaciones, para asegurar el cumplimiento fiel de la voluntad de sus fundadores –recuérdese que es ayudar a los pobres-, dejaron claro en los Estatutos que el Presidente debía ser el obispo diocesano.

Las Fundaciones se enfrentan, como todas las instituciones, a peligros y riesgos. El peligro es evidente: poseedoras de un patrimonio más o menos rico y valioso, son una tentación para pícaros ilustrados, empresarios sin escrúpulos ni conciencia social e incluso, en un momento u otro de la vida de la Fundación, sobre todo cuando ésta ha pasado por momentos de crisis y dificultad, para los propios poderes públicos, que tienden a pensar que ellos cumplirían mejor los fines de la Fundación que el Patronato rector de la misma.

Pero las Fundaciones, en el Estado español, tienen un fuerte apoyo legal en la Constitución, sobre todo en los artículos 34, 22 y 53. Basándose en la Constitución y en las Leyes emanadas de ella y que nos amparan, nuestro obispo emérito ha defendido con discreción, prudencia, sabiduría jurídica, sentido social y pasión evangélica del alma que las Fundaciones que estaban bajo su presidencia o influencia cumplieran el fin principal, que es ayudar a los pobres (hay que insistir para que no se olvide). Actuando así, como buen ciudadano, ha contribuido enormemente al mantenimiento y progreso de la Sociedad Civil, trabajando así para el afianzamiento del sistema democrático, pues una democracia sin una Sociedad Civil potente es una democracia teledirigida, manipulada y secuestrada.

Algún día la sociedad salmantina conocerá y reconocerá públicamente esta labor callada y discreta, pero evangélicamente apasionada, que D. Carlos López Hernández llevó a cabo en defensa de los fines de las Fundaciones, ayudar a los pobres y, así, mejorar nuestra sociedad y nuestra democracia. Si no se le reconoce, lo estoy viendo, el dirá que su mayor reconocimiento ha sido la conciencia clara de haber cumplido con su deber.

Es muy español elogiar a alguien cuando se ha muerto. Por eso quiero y me atrevo a elogiar a alguien vivo, nuestro obispo emérito, D. Carlos López Hernández. Ha sido el suyo un episcopado difícil por muchas razones, sobre todo por la secularización galopante que se está apoderando de España y, también, de Salamanca.

Parece evidente que los salmantinos del Siglo XXI somos menos creyentes que nuestros antepasados, o que nosotros mismos hace 20 años, Eso debería tener consecuencias en todas las esferas de la vida social y es algo que habrá que ir analizando. También habrá que analizar en qué medida la Iglesia diocesana ha ido adaptándose a esa nueva situación espiritual y social y, sobre todo, si ha colaborado a responder a esas necesidades espirituales y sociales de los salmantinos en particular y de la sociedad salmantina en general. Doctores tiene la Santa Sociología que nos sabrán responder y en Salamanca tenemos muchos.

Pero hoy elijo no hablar de ideas, ni de los cambios en la sociología religiosa salmantina operados en nuestras diócesis –Salamanca, Ciudad Rodrigo y Plasencia- y provincia. Voy a referirme exclusivamente a un grupo muy numeroso de personas que, con cambios ideológicos o religiosos, siguen ahí, aparentemente más numerosas en este siglo que el pasado: los pobres.

De los pobres se ocupan las administraciones públicas –Gobierno de la Nación, Gobierno autonómico, Diputación provincial y Ayuntamientos. Se ocupan también, en la medida en que pueden, las propias familias de los pobres, como se vio durante la crisis del 2008 y años siguientes y como se está viendo durante la pandemia. En ésta se han visto iniciativas de ayuda dignas de elogio por parte de vecinos y pequeñas asociaciones. La Sociedad Civil ha estado también a la altura y, dentro de la Sociedad Civil, han destacado la Iglesia y diversas oenegés –unas de inspiración católica, otras no-, especialmente Caritas, que no hay que olvidar que no es una oenegé, aunque funcione como tal, sino la misma Iglesia Católica que vive entre los pobres.

Dentro de la Sociedad Civil hay que destacar las Fundaciones de fines sociales y/o caritativos. En Salamanca hay un buen puñado de Fundaciones que tienen como finalidad la ayuda a los más pobres, porque esa fue la voluntad sus fundadores, recogida en los Estatutos y amparada por las Leyes. Muchas de esas Fundaciones tienen más de un siglo de existencia y una mayoría de ellas tienen inspiración cristiana, católica para más señas, en la mente y en el corazón de sus fundadores y en los Estatutos que reflejan fielmente este objetivo de ayudar a los más pobres.

Muchas de estas fundaciones, para asegurar el cumplimiento fiel de la voluntad de sus fundadores –recuérdese que es ayudar a los pobres-, dejaron claro en los Estatutos que el Presidente debía ser el obispo diocesano.

Las Fundaciones se enfrentan, como todas las instituciones, a peligros y riesgos. El peligro es evidente: poseedoras de un patrimonio más o menos rico y valioso, son una tentación para pícaros ilustrados, empresarios sin escrúpulos ni conciencia social e incluso, en un momento u otro de la vida de la Fundación, sobre todo cuando ésta ha pasado por momentos de crisis y dificultad, para los propios poderes públicos, que tienden a pensar que ellos cumplirían mejor los fines de la Fundación que el Patronato rector de la misma.

Pero las Fundaciones, en el Estado español, tienen un fuerte apoyo legal en la Constitución, sobre todo en los artículos 34, 22 y 53. Basándose en la Constitución y en las Leyes emanadas de ella y que nos amparan, nuestro obispo emérito ha defendido con discreción, prudencia, sabiduría jurídica, sentido social y pasión evangélica del alma que las Fundaciones que estaban bajo su presidencia o influencia cumplieran el fin principal, que es ayudar a los pobres (hay que insistir para que no se olvide). Actuando así, como buen ciudadano, ha contribuido enormemente al mantenimiento y progreso de la Sociedad Civil, trabajando así para el afianzamiento del sistema democrático, pues una democracia sin una Sociedad Civil potente es una democracia teledirigida, manipulada y secuestrada.

Algún día la sociedad salmantina conocerá y reconocerá públicamente esta labor callada y discreta, pero evangélicamente apasionada, que D. Carlos López Hernández llevó a cabo en defensa de los fines de las Fundaciones, ayudar a los pobres y, así, mejorar nuestra sociedad y nuestra democracia. Si no se le reconoce, lo estoy viendo, el dirá que su mayor reconocimiento ha sido la conciencia clara de haber cumplido con su deber.

Es muy español elogiar a alguien cuando se ha muerto. Por eso quiero y me atrevo a elogiar a alguien vivo, nuestro obispo emérito, D. Carlos López Hernández. Ha sido el suyo un episcopado difícil por muchas razones, sobre todo por la secularización galopante que se está apoderando de España y, también, de Salamanca.

Parece evidente que los salmantinos del Siglo XXI somos menos creyentes que nuestros antepasados, o que nosotros mismos hace 20 años, Eso debería tener consecuencias en todas las esferas de la vida social y es algo que habrá que ir analizando. También habrá que analizar en qué medida la Iglesia diocesana ha ido adaptándose a esa nueva situación espiritual y social y, sobre todo, si ha colaborado a responder a esas necesidades espirituales y sociales de los salmantinos en particular y de la sociedad salmantina en general. Doctores tiene la Santa Sociología que nos sabrán responder y en Salamanca tenemos muchos.

Pero hoy elijo no hablar de ideas, ni de los cambios en la sociología religiosa salmantina operados en nuestras diócesis –Salamanca, Ciudad Rodrigo y Plasencia- y provincia. Voy a referirme exclusivamente a un grupo muy numeroso de personas que, con cambios ideológicos o religiosos, siguen ahí, aparentemente más numerosas en este siglo que el pasado: los pobres.

De los pobres se ocupan las administraciones públicas –Gobierno de la Nación, Gobierno autonómico, Diputación provincial y Ayuntamientos. Se ocupan también, en la medida en que pueden, las propias familias de los pobres, como se vio durante la crisis del 2008 y años siguientes y como se está viendo durante la pandemia. En ésta se han visto iniciativas de ayuda dignas de elogio por parte de vecinos y pequeñas asociaciones. La Sociedad Civil ha estado también a la altura y, dentro de la Sociedad Civil, han destacado la Iglesia y diversas oenegés –unas de inspiración católica, otras no-, especialmente Caritas, que no hay que olvidar que no es una oenegé, aunque funcione como tal, sino la misma Iglesia Católica que vive entre los pobres.

Dentro de la Sociedad Civil hay que destacar las Fundaciones de fines sociales y/o caritativos. En Salamanca hay un buen puñado de Fundaciones que tienen como finalidad la ayuda a los más pobres, porque esa fue la voluntad sus fundadores, recogida en los Estatutos y amparada por las Leyes. Muchas de esas Fundaciones tienen más de un siglo de existencia y una mayoría de ellas tienen inspiración cristiana, católica para más señas, en la mente y en el corazón de sus fundadores y en los Estatutos que reflejan fielmente este objetivo de ayudar a los más pobres.

Muchas de estas fundaciones, para asegurar el cumplimiento fiel de la voluntad de sus fundadores –recuérdese que es ayudar a los pobres-, dejaron claro en los Estatutos que el Presidente debía ser el obispo diocesano.

Las Fundaciones se enfrentan, como todas las instituciones, a peligros y riesgos. El peligro es evidente: poseedoras de un patrimonio más o menos rico y valioso, son una tentación para pícaros ilustrados, empresarios sin escrúpulos ni conciencia social e incluso, en un momento u otro de la vida de la Fundación, sobre todo cuando ésta ha pasado por momentos de crisis y dificultad, para los propios poderes públicos, que tienden a pensar que ellos cumplirían mejor los fines de la Fundación que el Patronato rector de la misma.

Pero las Fundaciones, en el Estado español, tienen un fuerte apoyo legal en la Constitución, sobre todo en los artículos 34, 22 y 53. Basándose en la Constitución y en las Leyes emanadas de ella y que nos amparan, nuestro obispo emérito ha defendido con discreción, prudencia, sabiduría jurídica, sentido social y pasión evangélica del alma que las Fundaciones que estaban bajo su presidencia o influencia cumplieran el fin principal, que es ayudar a los pobres (hay que insistir para que no se olvide). Actuando así, como buen ciudadano, ha contribuido enormemente al mantenimiento y progreso de la Sociedad Civil, trabajando así para el afianzamiento del sistema democrático, pues una democracia sin una Sociedad Civil potente es una democracia teledirigida, manipulada y secuestrada.

Algún día la sociedad salmantina conocerá y reconocerá públicamente esta labor callada y discreta, pero evangélicamente apasionada, que D. Carlos López Hernández llevó a cabo en defensa de los fines de las Fundaciones, ayudar a los pobres y, así, mejorar nuestra sociedad y nuestra democracia. Si no se le reconoce, lo estoy viendo, el dirá que su mayor reconocimiento ha sido la conciencia clara de haber cumplido con su deber.

Es muy español elogiar a alguien cuando se ha muerto. Por eso quiero y me atrevo a elogiar a alguien vivo, nuestro obispo emérito, D. Carlos López Hernández. Ha sido el suyo un episcopado difícil por muchas razones, sobre todo por la secularización galopante que se está apoderando de España y, también, de Salamanca.

Parece evidente que los salmantinos del Siglo XXI somos menos creyentes que nuestros antepasados, o que nosotros mismos hace 20 años, Eso debería tener consecuencias en todas las esferas de la vida social y es algo que habrá que ir analizando. También habrá que analizar en qué medida la Iglesia diocesana ha ido adaptándose a esa nueva situación espiritual y social y, sobre todo, si ha colaborado a responder a esas necesidades espirituales y sociales de los salmantinos en particular y de la sociedad salmantina en general. Doctores tiene la Santa Sociología que nos sabrán responder y en Salamanca tenemos muchos.

Pero hoy elijo no hablar de ideas, ni de los cambios en la sociología religiosa salmantina operados en nuestras diócesis –Salamanca, Ciudad Rodrigo y Plasencia- y provincia. Voy a referirme exclusivamente a un grupo muy numeroso de personas que, con cambios ideológicos o religiosos, siguen ahí, aparentemente más numerosas en este siglo que el pasado: los pobres.

De los pobres se ocupan las administraciones públicas –Gobierno de la Nación, Gobierno autonómico, Diputación provincial y Ayuntamientos. Se ocupan también, en la medida en que pueden, las propias familias de los pobres, como se vio durante la crisis del 2008 y años siguientes y como se está viendo durante la pandemia. En ésta se han visto iniciativas de ayuda dignas de elogio por parte de vecinos y pequeñas asociaciones. La Sociedad Civil ha estado también a la altura y, dentro de la Sociedad Civil, han destacado la Iglesia y diversas oenegés –unas de inspiración católica, otras no-, especialmente Caritas, que no hay que olvidar que no es una oenegé, aunque funcione como tal, sino la misma Iglesia Católica que vive entre los pobres.

Dentro de la Sociedad Civil hay que destacar las Fundaciones de fines sociales y/o caritativos. En Salamanca hay un buen puñado de Fundaciones que tienen como finalidad la ayuda a los más pobres, porque esa fue la voluntad sus fundadores, recogida en los Estatutos y amparada por las Leyes. Muchas de esas Fundaciones tienen más de un siglo de existencia y una mayoría de ellas tienen inspiración cristiana, católica para más señas, en la mente y en el corazón de sus fundadores y en los Estatutos que reflejan fielmente este objetivo de ayudar a los más pobres.

Muchas de estas fundaciones, para asegurar el cumplimiento fiel de la voluntad de sus fundadores –recuérdese que es ayudar a los pobres-, dejaron claro en los Estatutos que el Presidente debía ser el obispo diocesano.

Las Fundaciones se enfrentan, como todas las instituciones, a peligros y riesgos. El peligro es evidente: poseedoras de un patrimonio más o menos rico y valioso, son una tentación para pícaros ilustrados, empresarios sin escrúpulos ni conciencia social e incluso, en un momento u otro de la vida de la Fundación, sobre todo cuando ésta ha pasado por momentos de crisis y dificultad, para los propios poderes públicos, que tienden a pensar que ellos cumplirían mejor los fines de la Fundación que el Patronato rector de la misma.

Pero las Fundaciones, en el Estado español, tienen un fuerte apoyo legal en la Constitución, sobre todo en los artículos 34, 22 y 53. Basándose en la Constitución y en las Leyes emanadas de ella y que nos amparan, nuestro obispo emérito ha defendido con discreción, prudencia, sabiduría jurídica, sentido social y pasión evangélica del alma que las Fundaciones que estaban bajo su presidencia o influencia cumplieran el fin principal, que es ayudar a los pobres (hay que insistir para que no se olvide). Actuando así, como buen ciudadano, ha contribuido enormemente al mantenimiento y progreso de la Sociedad Civil, trabajando así para el afianzamiento del sistema democrático, pues una democracia sin una Sociedad Civil potente es una democracia teledirigida, manipulada y secuestrada.

Algún día la sociedad salmantina conocerá y reconocerá públicamente esta labor callada y discreta, pero evangélicamente apasionada, que D. Carlos López Hernández llevó a cabo en defensa de los fines de las Fundaciones, ayudar a los pobres y, así, mejorar nuestra sociedad y nuestra democracia. Si no se le reconoce, lo estoy viendo, el dirá que su mayor reconocimiento ha sido la conciencia clara de haber cumplido con su deber.

Es muy español elogiar a alguien cuando se ha muerto. Por eso quiero y me atrevo a elogiar a alguien vivo, nuestro obispo emérito, D. Carlos López Hernández. Ha sido el suyo un episcopado difícil por muchas razones, sobre todo por la secularización galopante que se está apoderando de España y, también, de Salamanca.

Parece evidente que los salmantinos del Siglo XXI somos menos creyentes que nuestros antepasados, o que nosotros mismos hace 20 años, Eso debería tener consecuencias en todas las esferas de la vida social y es algo que habrá que ir analizando. También habrá que analizar en qué medida la Iglesia diocesana ha ido adaptándose a esa nueva situación espiritual y social y, sobre todo, si ha colaborado a responder a esas necesidades espirituales y sociales de los salmantinos en particular y de la sociedad salmantina en general. Doctores tiene la Santa Sociología que nos sabrán responder y en Salamanca tenemos muchos.

Pero hoy elijo no hablar de ideas, ni de los cambios en la sociología religiosa salmantina operados en nuestras diócesis –Salamanca, Ciudad Rodrigo y Plasencia- y provincia. Voy a referirme exclusivamente a un grupo muy numeroso de personas que, con cambios ideológicos o religiosos, siguen ahí, aparentemente más numerosas en este siglo que el pasado: los pobres.

De los pobres se ocupan las administraciones públicas –Gobierno de la Nación, Gobierno autonómico, Diputación provincial y Ayuntamientos. Se ocupan también, en la medida en que pueden, las propias familias de los pobres, como se vio durante la crisis del 2008 y años siguientes y como se está viendo durante la pandemia. En ésta se han visto iniciativas de ayuda dignas de elogio por parte de vecinos y pequeñas asociaciones. La Sociedad Civil ha estado también a la altura y, dentro de la Sociedad Civil, han destacado la Iglesia y diversas oenegés –unas de inspiración católica, otras no-, especialmente Caritas, que no hay que olvidar que no es una oenegé, aunque funcione como tal, sino la misma Iglesia Católica que vive entre los pobres.

Dentro de la Sociedad Civil hay que destacar las Fundaciones de fines sociales y/o caritativos. En Salamanca hay un buen puñado de Fundaciones que tienen como finalidad la ayuda a los más pobres, porque esa fue la voluntad sus fundadores, recogida en los Estatutos y amparada por las Leyes. Muchas de esas Fundaciones tienen más de un siglo de existencia y una mayoría de ellas tienen inspiración cristiana, católica para más señas, en la mente y en el corazón de sus fundadores y en los Estatutos que reflejan fielmente este objetivo de ayudar a los más pobres.

Muchas de estas fundaciones, para asegurar el cumplimiento fiel de la voluntad de sus fundadores –recuérdese que es ayudar a los pobres-, dejaron claro en los Estatutos que el Presidente debía ser el obispo diocesano.

Las Fundaciones se enfrentan, como todas las instituciones, a peligros y riesgos. El peligro es evidente: poseedoras de un patrimonio más o menos rico y valioso, son una tentación para pícaros ilustrados, empresarios sin escrúpulos ni conciencia social e incluso, en un momento u otro de la vida de la Fundación, sobre todo cuando ésta ha pasado por momentos de crisis y dificultad, para los propios poderes públicos, que tienden a pensar que ellos cumplirían mejor los fines de la Fundación que el Patronato rector de la misma.

Pero las Fundaciones, en el Estado español, tienen un fuerte apoyo legal en la Constitución, sobre todo en los artículos 34, 22 y 53. Basándose en la Constitución y en las Leyes emanadas de ella y que nos amparan, nuestro obispo emérito ha defendido con discreción, prudencia, sabiduría jurídica, sentido social y pasión evangélica del alma que las Fundaciones que estaban bajo su presidencia o influencia cumplieran el fin principal, que es ayudar a los pobres (hay que insistir para que no se olvide). Actuando así, como buen ciudadano, ha contribuido enormemente al mantenimiento y progreso de la Sociedad Civil, trabajando así para el afianzamiento del sistema democrático, pues una democracia sin una Sociedad Civil potente es una democracia teledirigida, manipulada y secuestrada.

Algún día la sociedad salmantina conocerá y reconocerá públicamente esta labor callada y discreta, pero evangélicamente apasionada, que D. Carlos López Hernández llevó a cabo en defensa de los fines de las Fundaciones, ayudar a los pobres y, así, mejorar nuestra sociedad y nuestra democracia. Si no se le reconoce, lo estoy viendo, el dirá que su mayor reconocimiento ha sido la conciencia clara de haber cumplido con su deber.

Es muy español elogiar a alguien cuando se ha muerto. Por eso quiero y me atrevo a elogiar a alguien vivo, nuestro obispo emérito, D. Carlos López Hernández. Ha sido el suyo un episcopado difícil por muchas razones, sobre todo por la secularización galopante que se está apoderando de España y, también, de Salamanca.

Parece evidente que los salmantinos del Siglo XXI somos menos creyentes que nuestros antepasados, o que nosotros mismos hace 20 años, Eso debería tener consecuencias en todas las esferas de la vida social y es algo que habrá que ir analizando. También habrá que analizar en qué medida la Iglesia diocesana ha ido adaptándose a esa nueva situación espiritual y social y, sobre todo, si ha colaborado a responder a esas necesidades espirituales y sociales de los salmantinos en particular y de la sociedad salmantina en general. Doctores tiene la Santa Sociología que nos sabrán responder y en Salamanca tenemos muchos.

Pero hoy elijo no hablar de ideas, ni de los cambios en la sociología religiosa salmantina operados en nuestras diócesis –Salamanca, Ciudad Rodrigo y Plasencia- y provincia. Voy a referirme exclusivamente a un grupo muy numeroso de personas que, con cambios ideológicos o religiosos, siguen ahí, aparentemente más numerosas en este siglo que el pasado: los pobres.

De los pobres se ocupan las administraciones públicas –Gobierno de la Nación, Gobierno autonómico, Diputación provincial y Ayuntamientos. Se ocupan también, en la medida en que pueden, las propias familias de los pobres, como se vio durante la crisis del 2008 y años siguientes y como se está viendo durante la pandemia. En ésta se han visto iniciativas de ayuda dignas de elogio por parte de vecinos y pequeñas asociaciones. La Sociedad Civil ha estado también a la altura y, dentro de la Sociedad Civil, han destacado la Iglesia y diversas oenegés –unas de inspiración católica, otras no-, especialmente Caritas, que no hay que olvidar que no es una oenegé, aunque funcione como tal, sino la misma Iglesia Católica que vive entre los pobres.

Dentro de la Sociedad Civil hay que destacar las Fundaciones de fines sociales y/o caritativos. En Salamanca hay un buen puñado de Fundaciones que tienen como finalidad la ayuda a los más pobres, porque esa fue la voluntad sus fundadores, recogida en los Estatutos y amparada por las Leyes. Muchas de esas Fundaciones tienen más de un siglo de existencia y una mayoría de ellas tienen inspiración cristiana, católica para más señas, en la mente y en el corazón de sus fundadores y en los Estatutos que reflejan fielmente este objetivo de ayudar a los más pobres.

Muchas de estas fundaciones, para asegurar el cumplimiento fiel de la voluntad de sus fundadores –recuérdese que es ayudar a los pobres-, dejaron claro en los Estatutos que el Presidente debía ser el obispo diocesano.

Las Fundaciones se enfrentan, como todas las instituciones, a peligros y riesgos. El peligro es evidente: poseedoras de un patrimonio más o menos rico y valioso, son una tentación para pícaros ilustrados, empresarios sin escrúpulos ni conciencia social e incluso, en un momento u otro de la vida de la Fundación, sobre todo cuando ésta ha pasado por momentos de crisis y dificultad, para los propios poderes públicos, que tienden a pensar que ellos cumplirían mejor los fines de la Fundación que el Patronato rector de la misma.

Pero las Fundaciones, en el Estado español, tienen un fuerte apoyo legal en la Constitución, sobre todo en los artículos 34, 22 y 53. Basándose en la Constitución y en las Leyes emanadas de ella y que nos amparan, nuestro obispo emérito ha defendido con discreción, prudencia, sabiduría jurídica, sentido social y pasión evangélica del alma que las Fundaciones que estaban bajo su presidencia o influencia cumplieran el fin principal, que es ayudar a los pobres (hay que insistir para que no se olvide). Actuando así, como buen ciudadano, ha contribuido enormemente al mantenimiento y progreso de la Sociedad Civil, trabajando así para el afianzamiento del sistema democrático, pues una democracia sin una Sociedad Civil potente es una democracia teledirigida, manipulada y secuestrada.

Algún día la sociedad salmantina conocerá y reconocerá públicamente esta labor callada y discreta, pero evangélicamente apasionada, que D. Carlos López Hernández llevó a cabo en defensa de los fines de las Fundaciones, ayudar a los pobres y, así, mejorar nuestra sociedad y nuestra democracia. Si no se le reconoce, lo estoy viendo, el dirá que su mayor reconocimiento ha sido la conciencia clara de haber cumplido con su deber.

Es muy español elogiar a alguien cuando se ha muerto. Por eso quiero y me atrevo a elogiar a alguien vivo, nuestro obispo emérito, D. Carlos López Hernández. Ha sido el suyo un episcopado difícil por muchas razones, sobre todo por la secularización galopante que se está apoderando de España y, también, de Salamanca.

Parece evidente que los salmantinos del Siglo XXI somos menos creyentes que nuestros antepasados, o que nosotros mismos hace 20 años, Eso debería tener consecuencias en todas las esferas de la vida social y es algo que habrá que ir analizando. También habrá que analizar en qué medida la Iglesia diocesana ha ido adaptándose a esa nueva situación espiritual y social y, sobre todo, si ha colaborado a responder a esas necesidades espirituales y sociales de los salmantinos en particular y de la sociedad salmantina en general. Doctores tiene la Santa Sociología que nos sabrán responder y en Salamanca tenemos muchos.

Pero hoy elijo no hablar de ideas, ni de los cambios en la sociología religiosa salmantina operados en nuestras diócesis –Salamanca, Ciudad Rodrigo y Plasencia- y provincia. Voy a referirme exclusivamente a un grupo muy numeroso de personas que, con cambios ideológicos o religiosos, siguen ahí, aparentemente más numerosas en este siglo que el pasado: los pobres.

De los pobres se ocupan las administraciones públicas –Gobierno de la Nación, Gobierno autonómico, Diputación provincial y Ayuntamientos. Se ocupan también, en la medida en que pueden, las propias familias de los pobres, como se vio durante la crisis del 2008 y años siguientes y como se está viendo durante la pandemia. En ésta se han visto iniciativas de ayuda dignas de elogio por parte de vecinos y pequeñas asociaciones. La Sociedad Civil ha estado también a la altura y, dentro de la Sociedad Civil, han destacado la Iglesia y diversas oenegés –unas de inspiración católica, otras no-, especialmente Caritas, que no hay que olvidar que no es una oenegé, aunque funcione como tal, sino la misma Iglesia Católica que vive entre los pobres.

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