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Montesinho, tesoro de la arquitectura rural trasmontana
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NORTE DE PORTUGAL | ENTORNOS PROTEGIDOS

Montesinho, tesoro de la arquitectura rural trasmontana

PORTUGAL
Actualizado 08/01/2022 12:52
Raquel Martín-Garay

Pizarra, granito y balconadas de madera. Paisaje de montaña en el parque natural que lleva su nombre, entre la Serra Serrada y la de Nogueira

Montesinho aparece al fondo de una empinada cuesta descendente. El caserío de paredes de granito y esquisto con lajas de pizarra en los tejados ofrece una imagen bastante fiel a como la podría haber imaginado el visitante, que tal vez concluya que esta esquina norte del interior trasmontano es prima hermana de la comarca zamorana de Sanabria. O viceversa.

A más de 1.000 metros de altitud, el invierno de diciembre se muestra suave y húmedo. No debe ser así a menudo. Después del ascenso por la estrecha carretera que conduce hasta aquí, desvío de la que se trae desde Bragança, el paisaje refleja cierta dureza, es rocoso y apenas con vegetación de retama, brezo y jara.

Sin embargo, Montesinho, en su nido, parece un vergel. Y así debió ser siempre, pues hay huertos por todas partes. No hay casa que no tenga la col gallega para el caldo verde, y las calabazas de todos los tamaños, colores y variedades son una composición que adorna los accesos a muchas viviendas.

Imaginamos que muchas de ellas están dedicadas hoy en día al turismo rural. Las restauradas balconadas de madera del primer piso, hasta las que se llega siempre por una escalinata exterior adosada a la pared, así parecen indicarlo. Una restauración y una adecuación a la modernidad mínimas, pues la aldea de Montesinho se percibe genuina, apartada, silenciosa.

Este cuadrante nordeste de Portugal, en el “norte del norte”, como denominó el fotógrafo Georges Dussaud a las comarcas trasmontanas que visitó y revisitó durante décadas y que tan mágicamente supo retratar, se encuentra en pleno parque natural de Montesinho, entre la zamorana Sierra de la Culebra, la Serra Serrada y la Serra da Nogueira, estas dos últimas integrantes de la de Montesinho.

Esta aldea es un primor de arquitectura rural norteña, que se halla presente, incluso, en la iglesia del pueblo, consagrada a San Antonio. En una visita a la localidad hay que aprovechar, además, para descubrir lo que tiene para contarnos el Núcleo Interpretativo de Montesinho.

En ella residen menos de 30 personas durante todo el año y no sabemos si la época alta, esa en la que reciben más visitas, coincidirá con el verano o con el invierno, o tal vez con las estaciones intermedias. Lo que está claro es que este es un pueblo de montaña, con el ritmo de las estaciones bien marcado y un paisaje, por lo tanto, muy cambiante.

El invierno pide chimenea y paseos bajo la neblina. Suponemos que en verano el atractivo de las playas fluviales de la zona ejercerá su poder. Pero lo que se mantiene perenne es el convite seductor de la naturaleza. Una sucesión de montañas de siluetas suaves, entre las que destaca la Serra de Montesinho, con 1.486 metros de altitud.

Las cumbres aparecen separadas por valles de vegas abundantes, por los que discurren encajonados varios ríos, siendo el río Sabor, afluente del Duero, el más importante.

Aquí, la naturaleza lo es todo. Y lo da todo: las fértiles huertas, los prados naturales -verdes durante todo el año por el secular sistema de riego-, los bosques de castaños, los robledales y pinares y la continuación de este paisaje por la contigua España. Si, viniendo de Bragança, no cogemos el desvío a Montesinho, acabaremos en Sanabria.

Montesinho está a 23 km de la capital de comarca, Bragança, y a 28 de Puebla de Sanabria, en Zamora. Al salir de Bragança tomaremos la carretera nacional 103-7 en dirección al Parque Natural de Montesinho. Antes de llegar a Portelo, se continúa por un desvío a la izquierda. Si no lo tomamos, en poco más de ocho kilómetros estaremos en la frontera con España por el pueblo zamorano de Calabor.

El parque natural en el que se inserta Montesinho pertenece a dos términos municipales: Bragança y Vinhais. Dicen que es uno de los más grandes de Portugal, con 75.000 hectáreas. También dicen que es de los más ricos en flora y, sobre todo, en fauna, con 240 especies de vertebrados, el 80% de los que existen en Portugal. La cabra negra de Montesinho es una raza autóctona del parque que, con todo, destaca por la presencia de aves, con más de 120 especies nidificando en él.

Con esta diversidad biológica, no es de extrañar que hace unos años se inaugurase aquí el Centro Interpretativo del Lobo Ibérico, uno de los mamíferos residentes en este rincón montañoso. Las manadas no entienden de fronteras y ya se sabe que la española Sierra de la Culebra es uno de los santuarios de lobos en la península ibérica.

La ruralidad y autenticidad de Montesinho son evidentes y también su mayor tesoro. De camino a este pueblo, aún encontramos gente en las faenas del campo, se ven tractores, ganado pastando y plantaciones diversas. También hay castaños bien cuidados. Las castañas de esta zona de Portugal están entre las mejores del país. Pero es la Miel Ecológica del Parque Natural de Montesinho la que consiguió la Denominación de Origen Protegida en 1994, una miel de montaña que fue considerada una de las '7 Maravillas Dulces de Portugal' en 2019.

El paisaje se muestra fuertemente domesticado por la mano humana, que le sigue sacando todo el provecho a la tierra, aunque también observamos algunas zonas seminaturales y otras de paisaje totalmente salvaje.

El río Sabor nos acompaña en el camino de ascenso a Montesinho desde Bragança. El río Maçãs, afluente suyo, (que en el lado español se llama río Manzanas) y el río Baceiro (llamado río Gamoneda en su parte zamorana) son los otros dos cursos de agua que atraviesan el parque. El embalse de la Serra Serrada provee de agua a toda la comarca y también a la ciudad de Bragança.

Serpenteando por la carretera nacional 103-7, atravesamos la aldea de Rabal y la de França. Esta última tiene algo especial. Está en medio de una curva, a la derecha el río, a la izquierda el conglomerado de casas. Se la ve pequeña, pero debe tener cierto movimiento de pescadores en primavera y de cazadores en otoño, pues reparamos en la existencia de un coto de pesca y otro de caza. Y la presencia del río Sabor es palpable, en este curso alto dicen que abundan las truchas, los barbos y las bogas. Hemos dejado atrás un camping y observamos que hay un centro hípico.

Potenciar la movilidad respetuosa con el medio ambiente ha sido una preocupación de los gestores del parque durante los últimos tiempos. Además de fomentar los paseos a pie, a caballo o en bici, fomentan el recorrido de esta área protegida en coche eléctrico o en bicicleta eléctrica, para los que necesiten más comodidad o tengan problemas de movilidad.

El proyecto MOVELETUR, por el que varias entidades portuguesas y españolas se han unido en una iniciativa transfronteriza relacionada con el transporte sostenible, entre las que se encuentra la Junta de Castilla y León, permitió al ayuntamiento de Bragança la adquisición de 20 bicicletas eléctricas todo terreno con GPS y tres coches eléctricos; uno, está a disposición del visitante en la Oficina de Turismo de Bragança, otro en el pueblo transfronterizo de Rio de Onor(Bragança)-Riohonor de Castilla (Zamora) y el otro en el mismo pueblo de Montesinho. Según asegura el ayuntamiento de Bragança, pueden ser utilizados por cualquier visitante previa solicitud y conforme disponibilidad.

Hace más de 40 años que esta franja montañosa del nordeste de Portugal está protegida por la clasificación de parque natural. Su gestión es conjunta entre varias entidades estatales y locales, como el Instituto de Conservación de la Naturaleza y la Floresta (ICNF), los ayuntamientos de Vinhais y Bragança, las Juntas de las diferentes localidades, universidades u organizaciones de productores.

Montesinho y alrededores viven hoy del turismo, de la agricultura y del fumeiro, los embutidos curados al estilo portugués (los del norte montañoso del país están muy bien valorados entre los consumidores nacionales).

Al dar un paseo por sus calles empedradas, Montesinho se percibe acogedor, tiene algo de hogar, de pasado no tan remoto, con momentos apacibles al calor del lar. Facilita descubrir las costumbres de sus moradores a la vez que la arquitectura popular trasmontana.

La visita a este lugar protegido pone de manifiesto que quien mejor preserva los pueblos y los paisajes son las personas que los habitan.

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