Lunes, 17 de enero de 2022
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¡Yo he venido aquí a hablar de mi Covid!
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¡Yo he venido aquí a hablar de mi Covid!

OPINIóN
Actualizado 08/01/2022 11:14
Tomás González Blázquez

“¿Vienes luego a tomar café?”, propuso la ataviada con pijama blanco que pasaba por allí. “Vale, si puedo voy”, contestó la que, vestida con verde pijama, aguardaba su turno entre la muchedumbre de positivos y contactos estrechos a la espera de ser sometidos a una nueva toma de muestras nasales y orofaríngeas para la ya célebre reacción en cadena de la polimerasa (una de verdad, no de esas de ciertos futbolistas).

Ellas, como yo, como todos, hemos venido aquí a emular a Paco Umbral y a hablar de nuestro Covid: 14 días en casa y 420 kms. de volante para tres PCRs por las bondades de la descentralización sacyliana son mi bagaje esta vez. Claro que hay toses y mocos en las colas que rodean manzanas alrededor de los centros de salud, aunque también humanas incertidumbres al margen del protocolo y egoístas prioridades fuera de lugar. Por supuesto que surgen argumentos dignos de ese nombre en las nuevas corralas y tertulias que se encienden y se apagan en las diferentes redes sociales, abiertas sin pensar y cerradas en falso tantas veces, pero abundan en ellas el trazo grueso y la ocurrencia. No niego la pertinencia de consejos, reflexiones, derivaciones y pronósticos que emiten virólogos, preventivistas, observadores remunerados y creadores de opinión, y a la vez, no ignoro la pérdida de eficacia e impacto de los más aprovechables porque el hastío hace mella y porque los prescindibles son inmensa mayoría.

Mi segundo Covid, recién superado, se habrá parecido mucho al primero de otros (no al mío de trece meses atrás) y al catarro de toda la vida que sólo algunos privilegiados nunca habrán padecido. Ese catarro por el que antaño no se iba al médico y por el que ahora se hace paciente o impaciente cola no para ser atendido por uno que indique (o no) la prueba diagnóstica, sino para someterse directamente al famoso test de antígenos. Quizá sea esta la mayor transformación de la pandemia en sus picos de mayor incidencia, que la indicación de una prueba diagnóstica viene dada desde los despachos, no se hace ya en la consulta. ¿Que tiene usted fiebre, tose o se le congestiona la nariz? Vaya usted a la farmacia, si es que está abastecida, o póngase ahí detrás del último. Diagnosticamos en masa, pero exploramos poco y preguntamos menos (¡y por teléfono!), así que diagnosticamos mal (y a veces, tarde). No pasa nada por no diagnosticar un catarro (o cien mil), sí por demorar o no distinguir entre tanta niebla una neumonía (o mil). Está muy bien recomendar el autocuidado, pero mejor sería haberlo impulsado antes y frente a otros problemas de salud más perennes, que ya lo tendríamos entrenado, no como ahora, cuando se desliza como una línea más entre los confusos y cambiantes mensajes de las consejerías de sanidad y el desmantelado ministerio del ramo.

Mi segunda dosis de la vacuna, puesta hace cinco semanas, sería igual que la primera que me administraron el febrero anterior: Pfizer, que junto a Moderna, Janssen y AstraZeneca, son los nuevos oros, copas, espadas y bastos de esta baraja donde, cada cual, busca sus cartas mejores. Así, en clave de negocio y de poder, repartiendo juego, imaginando a los consejos de administración de la industria farmacéutica con los naipes en la mano y montones de billetes al lado del tapete, es como algunos han optado por hacer fuego contra la vacunación, tenida por último icono del capitalismo gracias a una pandemia nacida bajo el poder de una dictadura comunista. Una firma tan brillante y sugerente como la de Juan Manuel de Prada sostiene que son un “paraguas roto” y un “mejunje inane”, un “fiasco” que no merecen ni considerarse “vacunas”. Me chirría en su pensamiento tradicional tanto despliegue de caricaturas, ya que una visión crítica (y necesaria) de las vacunas, de estas y otras, y de diferentes estrategias implantadas en la salud pública, bien merecería una exposición de motivos más apegada a la verdad, esa misma a la que dan la espalda la libertad de eslogan y el progreso que no lo es.

El victimismo, apoteosis del yo, y la conspiración por doquier, que lo viene a avalar, se levantan al fin como paredes de ese callejón que, al fondo, en el muro de la ignorancia y del miedo, no tiene porvenir. Basta girarse, saber retroceder y volver a empezar, dando gracias porque hemos salido y recordando a los que no han podido, cuya memoria no merece ni la banalización de una tragedia ni la consolidación de los errores.

“Igual conviene aplazar ese café hasta saber el resultado de mi segunda PCR, ¿no?”, quiero pensar que sucedería luego. “Vale. ¡Hasta pronto!”.

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