Viernes, 28 de enero de 2022
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Ángeles Pérez López, arde la lengua
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La poeta y profesora conjuga los elogios de la crítica con su libro 'Incendio mineral'

Ángeles Pérez López, arde la lengua

CULTURA
Actualizado 09/01/2022 10:10
Charo Alonso

El último y sorprendente libro de prosa poética de la profesora de la Universidad de Salamanca está considerado como uno de los diez títulos más importantes de la poesía publicada en el 2021

En el crisol de la escritura de Ángeles Pérez López se funde el verso con la sorprendente prosa de su último libro, y frente a la sorpresa, la maravilla, solo cabe repetir las palabras que le dedica en la contraportada Asunción Escribano: “Cuando uno se acerca a la obra de María Ángeles Pérez López percibe que se encuentra ante una gran poeta, una poeta grande y verdadera”. Leyendo a mi amiga de tantos años, mi cuerpo choca contra los pronombres, como titula el primer “capítulo” de un libro esencial ante el que se rinde la crítica más prestigiosa, y mi mente, pura víscera, se admira y expande, humo que se eleva de esta erupción magistral que nos deja mudos con la contundencia con la que labra cada palabra en el yunque prodigioso de una poética que, según Julieta Vallejo, quien firma el “Epílogo” de este sorprendente libro sin prólogo, hace una singular aleación de lo universal y lo pequeño, lo ancestral y lo presente, lo propio y lo ajeno. Explorando su propia genealogía -Pérez, hijo de Pedro, hijo de piedra; López, hijo de Lope, hijo de lobo- la material memoria de la poeta que se eleva como coro de ángeles renacentistas, nos arrastra dejando atrás los usos y costumbres de un idioma que funde, fusiona, rehace a su antojo y arroja como instrumento acerado con el que buscar el punto más sensible. Es la furia y la compasión de los metales que arden en su prodigiosa escritura, en la redoma de su genio infinito… el de la compañera de tantos años de páginas y vida. Rojo y blanco, cuánto cabe en este libro en el que, vaso que todo lo contiene, se rompe el molde…

Charo Alonso: Estoy absolutamente admirada, la sola materia de tus primeros libros se te ha vuelto metal compasivo, piedra, roca… ¿Qué magma hay debajo de tu escritura?

María Ángeles Pérez López: No lo sé bien, y esa es la respuesta que más me perturba y más feliz me hace, al mismo tiempo. Si pudiéramos preguntarle a un volcán por sus lenguas de lava, podría decirnos solo una parte (la superficie, lo tortuoso y abrasivo llamado malpaís). Por mi parte también (re)conozco el magma del que hablas cuando es superficie, aquello que aflora y se da en lenguaje, se persigue como lenguaje. Pero intuyo que se imagina a sí mismo de un modo primigenio: magma en el que todo está unido con todo, en el que nada es posible sin los otros, sin lo otro. Magma que cree posible pensarse amorosa, violentamente. Su fuerza me arrasa y me sostiene, a la vez.

Ch.A.: He necesitado una segunda lectura de este libro difícil para apreciarlo, aguzas el lenguaje hasta que el lector dice basta… haces de la complejidad, virtud ¿No tienes compasión por los lectores que ya no sabemos cómo decirte que no hay nadie que afile mejor la pluma que tú?

M.A.P.L.: Llevar el lenguaje al límite (ojalá algún día sepa hacer eso) me parece un reto inmenso, el que bordea lo más necesario. Con Celan quiero repetir: “Dice verdad quien dice sombra”. Pero la sombra no es lo ilegible sino lo que se sabe en el envés, lo que se relaciona desde otros lugares con la luz. En un mundo plastificado, brillante, en el que cualquier filtro puede hacer creer que estamos viendo lo que es solo narcisismo y superficie (vuelvo a tu pregunta anterior), adentrarse en la sombra, en su hermoso misterio y su relación con lo visible me parece un gran reto, digno de la ambición de querer ver, vivir, saber. Son verbos tan poderosos que no sé cómo podemos conjugarlos cada día sin temblar. Deseo que la escritura sea el lugar de ese temblor.

Ch.A.: Nos has sorprendido. ¿Por qué esta vez prosa?

M.A.P.L.: Me di cuenta de que el poema en prosa es la aventura más extrema de la lengua poética que conozco. Porque carece de los asideros habituales (un cierto tipo de verso, un cierto silencio más o menos previsible, una cadencia que corre el riesgo de ser solo cáscara vacía). Salir de lo que conocía más o menos bien era intentar acercarme a esa verdad de la extrañeza que llamamos vivir, estar viviendo. El gerundísimo gerundio en el que estamos siendo, diciendo (escribiendo esta respuesta, agradeciendo).

Ch.A.: ¡Qué bellos los libros de Vaso Roto! Vivimos tiempos de pantalla y nos seguimos admirando por las hermosas ediciones.

M.A.P.L.: El libro es una realidad perdurable aunque conozca también los rigores del tiempo. En él se ha dicho (se dice) lo humano en tantas posibilidades y matices que resulta irreemplazable. Cuidarlo como hace Vaso Roto, en ediciones de enorme belleza, es un gran legado. La editora de este sello, la poeta mexicana Jeannette L. Clariond ha convertido esa belleza en un sello distintivo. Los grabados de cada libro son realizados por el artista chileno Víctor Ramírez, y así se ratifica hasta qué punto la edición es también obra de arte. Que la palabra rompa el vaso y se convierta en obra de arte.

Ch.A.: En el crisol, el lugar donde se funde tu palabra poética a lo largo de tantos libros ya, lo social y lo individual, el cuerpo y el pensamiento siempre fueron uno, pero más aquí ¿Cierto?

M.A.P.L.: Sí, cada vez me acerco más al cuerpo para saber con Jaime Sáenz, el gran poeta boliviano, que el cuerpo me responderá, en ese trance grave y difícil, que él no es mi cuerpo sino la noche. En esa noche está el todo unido, no puede disgregarse. Se suceden las guerras y monarcas, las largas migraciones de subsaharianos abandonando la tierra más hosca, el comienzo del viento y la escritura, la rebelión de los mineros –hijos terribles del pulmón que arde–, el beso con que las leonas piden su dentellada a las gacelas, el ritual de los minerales de Atacama o ese brote desmesurado y atónito de los almendros que reviven en cada primavera su fragilidad obstinada y muy feliz. Todo ello sucede. Mi cuerpo sucede. Así también, el tuyo. Eso nos une de un modo muy estrecho y no le debe todo a la larga amistad (aunque sí una parte…).

Ch.A.: Tengo que contar que esa larga amistad se fraguó a partir de la literatura. Y es tan intenso tu diálogo con otros autores, la recurrencia de las citas, el hermoso homenaje… intersecciones, interferencias, clases… que no puedo por menos de preguntarte ¿No te ahogas en un mar de citas, referencias, letras constantes que te rodean?

M.A.P.L.: Sí, me declaro letraherida, pero es una dolencia alegre porque evita la soledad. Saber que todo ha sido ya dicho de un modo imprescindible me da enorme paz interior. Lo que puedo aportar es si acaso una tilde, el modo en que tiembla el trueno de la tilde en el grisú. Saberme parte de ese diálogo de voces que salta tiempos y espacios, que anula fronteras y muros es un modo de intensidad inigualable. Un modo de altura, sello y cielo.

Ch.A.: Sólo eres una herida en el lenguaje, dices ¿Duele? ¿Duele más con cada libro?

M.A.P.L.: Duele más con cada libro, sí. Qué bien has sabido decirlo. Duele más con la percepción plena de la vida que pasa, con la conciencia plena del inmenso arsenal de ausencias e injusticia. Pero también se sostiene en la consistencia (obstinada y muy feliz) de la piedra dividida una y otra vez que mantiene intacta su certeza solar, el corazón inquieto en que beben su rapidez las lagartijas.

Ch.A.: Ya te he dicho lo que me ha costado apreciar este libro difícil ¿Cómo transmitir un trabajo tan complejo?

M.A.P.L.: Creo que cada quien encuentra su modo particular de entrar en este libro. Hay lectores que entraron con gran intensidad y muy rápidamente escribieron sobre él. Es el caso de la primera reseña, generosísima, del poeta Pablo Malmierca. Hay quienes lo han leído varias veces y me cuentan que siguen necesitando entrar en el libro para encontrar su propio rostro.

Ch.A.: Eres profesora de la universidad salmantina ¿Saben tus alumnos que les da clase una de nuestras mejores poetas?

M.A.P.L.: ¡Nunca se lo pregunto! No podría ni debería hacerlo. Pero sé que en las clases de Poesía sienten una complicidad enorme con los textos y eso nos da una fuerza increíble. Intento llevarles al interior del poema, su claro del bosque para que se sienten allí a ser, a decirse cada quien a sí.

Ch.A.: Das clases en el hermoso Palacio de Anaya ¿Saben las paredes de la catedral que las miras siempre con admiración renovada?

M.A.P.L.: Jajajaja, temo que no. Pero es así, son siempre distintas porque son tantas las miradas que se posan cada día sobre ellas y tan diferentes entre sí, que su propia realidad tiene que verse modificada de algún modo. Hemos escrito sobre ellas arbotantes, filigranas y astronautas. La música y el vértigo. Sé que albergan, bajo la vehemencia sorprendida de sus bóvedas, tendón y ligamentos de quienes las pusieron en pie sobre los hombros. Sé que todo lo recubre piel humana. También la que rodea este libro.

Y es la piel que abraza y toca, que siente y cuida, ritual diario de la vida que comparte, generosa y siempre activa, la poeta y profesora María Ángeles Pérez López la que se vuelve texto. El libro, blanco y rojo, exquisitamente cuidado, es el fruto fecundo de una editorial que publicó en esta nuestra Salamanca de Kadmos una antología de sus 149 autores, sus prestigiosos poetas. Magia ilustrada con las estilizadas, las sobrias portadas de Víctor Ramírez para una colección de autores que Jeannette L. Clairond, también vinculada a la Salamanca de los encuentros iberoamericanos de poesía nombró con un título magistral del poeta norteamericano James Merrill, Vaso roto, aquel que todo lo contiene: la sola belleza, el genio que vive entre nosotros con el paso firme, cotidiano, cercano y entregado, el de aquella de la que tanto nos enorgullecemos aquellos que la queremos, mi amiga de tanto y siempre, María Ángeles Pérez López.

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