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Habitando el silencio

Habitando el silencio

OPINIóN
Actualizado 29/12/2021 08:44
Juan Antonio Mateos Pérez

“No salgas fuera de ti,

vuelve a ti,

en el interior del hombre habita la verdad”

SAN AGUSTÍN

Adentrándonos en la noche para desvelar la luz que brilla en el fondo, en medio del mercadeo de la vida y del ruido, más allá del enjambre digital, quisiéramos recuperar un tiempo de silencio. Volver a ese estado del corazón, a ese espacio de libertad encontrada. El silencio es el lugar de la apertura, el hombre sale de sí mismo, de su narcisismo y de sus angustias, abriéndose al otro.

Desde el útero materno de la lentitud, surge la escritura que es algo más que un espejo de la lengua hablada, a través de ella se deslizan nociones, creencias, pensamientos, búsquedas, sentimientos, esto hace en nosotros despertar el asombro y la belleza. Con la escritura queremos dibujar y perfilar el mundo que vemos y vivimos, en un fluir de la memoria, el pensamiento y el corazón para adentrarnos en el relato.

Para abrirnos a la existencia y a nosotros mismos, ha sido vital la escritura, por lo menos para mi. Sin ella todo el logos acumulado en mi memoria hubiera sido clausurado por el tiempo y reducido a lo inmediato de la experiencia. También creemos que cuando se escribe un libro, no se agota con la escritura y el discurso escrito, se abre a un mundo de posibilidades más allá del tiempo del autor y se sumerge en cada memoria desplegada en cada momento presente.

Quisiéramos caminar en estas páginas del libro por la contemplación, pero dando rodeos con la frágil razón. Vamos por un camino más lento, para poder respirar el aroma del silencio. Aunque no sin ciertas limitaciones y con muchos fragmentos, no quisiéramos apagar la pequeña luz de la razón, aunque alumbre poco. Posiblemente la filosofía debe comprenderlo todo, hasta el misterio. No es fácil mantener la línea divisoria, en muchos momentos nos moveremos entre Atenas y Jerusalén, entre la razón y la fe, en tensión, en una relación dialéctica.

El silencio hace del corazón un lugar de revelación, allí es donde se acuna nuestra palabra, es el lugar donde verdad y ser se encuentran. No es suficiente sentir el misterio desde el silencio, es necesario desvelarlo más allá de la contemplación. Siempre elogiando la convicción humilde, pero sabiendo que la racionalidad es un imperativo ineludible. En el libro pretendemos no solo un encuentro con Dios, también con el prójimo. Un movimiento poco espontáneo, ya que el amor siempre lleva al servicio y hacer nuestros a los más necesitados.

Las formas más perfectas de la espiritualidad siempre han comportado una dimensión ética, un lado práctico que las convertía en una fuerza transformadora de la conciencia y las dotaba de verdadera significatividad social. La Verdad nos interpela, nos busca de mil maneras, desde la interioridad del corazón hasta nuestra presencia con el hermano, ordenando la cotidianidad hacia su presencia misteriosa e inefable. La misericordia y el amor, no se ejercitan en acciones concretas, se viven cada instante. En la entrega gratuita y desinteresada se puede saborear ese verdadero amor, materializándolo en el hambre por la justicia, que es la verdadera solidaridad.

La esperanza, no solo opera en la esencia y la libertad humana, sino también en la relación hombre- mundo. Un mundo que se nos presenta abierto y no determinado, como un proceso, como una tendencia hacia algo, inacabado e incompleto. La iluminación de la fe no se alimenta con palabras ni con emociones, sino con el silencio hecho oración y contemplación, para discernir caminos de interioridad, de desprendimiento para el encuentro con el misterio. Desde estas tres virtudes, hemos desplegado este manojo de palabras que se ordenan en el libro desde una razón cordial y silenciosa.

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