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Leyendo a Carmen Laforet: Sobre el vacío
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Leyendo a Carmen Laforet: Sobre el vacío

OPINIóN
Actualizado 31/12/2021 08:41
Álvaro Maguiño

Un libro adecuado para un momento apropiado es una buena herramienta para comprender el día a día. Es el caso de Nada de Carmen Laforet.

Llegaba prestado hace un mes un libro de tapas rojas y duras a mis manos. La simple portada, más similar a un papel de envolver envejecido, revelaba un íntimo mundo en su lomo. En letras doradas sobre fondo gris, el título y la autora brillaban flamantemente. Más tiempo tardé en leerlo, porque había que estudiar. Hace dos semanas, por fin lo leí.

Fue en los días de niebla intensa que encontré el momento idóneo. “Por dificultades en el último momento para adquirir billetes, llegué a Barcelona a medianoche, en un tren distinto del que había anunciado y no me esperaba nadie.” Es el principio de Nada. Que no ahuyente el título del libro, pues más allá de estas cuatro letras con significado anodino hay una travesía tranquila, sin innecesario sobresalto, por la Barcelona de la posguerra. Y es que es inevitable sentirse llevar por la narrativa de Carmen Laforet, fluir en su visión juvenil de la vida, flotar sobre sus reflexiones, transitar entre el pesar. Veo fotos coloreadas de la autora, antes en nostálgico blanco y negro, de las cuales son casi todas en su juventud. Laforet ganó, con solo 23 años, el primer premio Nadal que se entregó y es, desde entonces, la ganadora más joven. Con las fotos se nota a la escritora de una manera muy cercana, como si todavía siguiera viva y estuviera a punto de seguirla en alguna red social. Unos cuantos años más que yo tenía en esa década. Ello también facilita la lectura, se supone que los jóvenes se entienden mejor entre ellos, repito, se supone. Yo lo he sentido como una conversación anecdótica, pero trascendental, algo había en sus líneas que conseguía llegar incorruptas al ojo. “Relajadas las facciones como si el tiempo no tuviera valor, como si nunca hubiera de levantarse de allí.” De la máquina de escribir de Laforet, el tiempo era algo distinto, más real, más cercano. No un constructo de horas, minutos y segundos. “¡Cuántos días inútiles! Días llenos de historias, demasiadas historias turbias. Historias incompletas, apenas iniciadas e hinchadas ya como una vieja madera a la intemperie. Historias demasiado oscuras para mí. Su olor, que era el podrido olor de mi casa, me causaba cierta náusea... Y sin embargo, habían llegado a constituir el único interés de mi vida. Poco a poco me había ido quedando ante mis propios ojos en un segundo plano de la realidad” Y son estas frases las que más sentido dan al tiempo que a la lectura. Que equivocado estará el que lee por el simple hecho de hacer algo. Que sinsentido debe ser lo que llevo haciendo hasta el día que leí esta bonita crónica sobre el vacío. Porque hay más días sin contenido, anodinos y de intensa niebla reminiscente que de los que se puede extraer algo, lo sabía bien Carmen Laforet. Cómo ha de ser esta rara época de la extrema inmediatez en la que multitud de historias llegan como olas a la orilla, y solo unas cuantas consiguen empapar. Todo a nuestra disposición y, sin embargo, todo tan lejos. “(Alguna vez me aterraba pensar en cómo los elementos aparecían y se disolvían para siempre apenas empezaba a considerarlos inmutables)” Ella pone esta oración entre paréntesis, como si el lector debiera omitirlo, aun siendo de vital sentido. Poco puedo añadir habiéndose todo dicho. “Me parecía que de nada vale correr si siempre ha de irse por el mismo camino, cerrado, de nuestra personalidad. Unos seres nacen para vivir, otros para trabajar, otros para mirar la vida. Yo tenía un pequeño y ruin papel de espectadora”. Qué pena la suya, qué pena la nuestra y qué raras e intrascendentales son las decisiones, un mismo camino vacío para una vida que no es igual para todos. Nada podemos manejar y eso nos molesta, culpabilizar de lo que no corresponde. Todo es tan raro, en verdad…

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