Lunes, 24 de enero de 2022
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El milagro de los yines y los yanes

El milagro de los yines y los yanes

TOROS
Actualizado 09/09/2021
Ana Pedrero

La Glorieta ha abierto sus puertas y brazos a Salamanca con una mordaza en los labios y los besos secuestrados

Tarde para la gloria en tres tiempos en La Glorieta, que ha abierto sus puertas y brazos a Salamanca con una mordaza en los labios y los besos secuestrados; sin bocadillos en el cuarto, sin brindis de gintónises ni oloraco a puro, libre de humos en este año postpandemia.

Tarde de 'yines y yanes', del poso y reposo de la veteranía, que en López Chaves es ya marca personal, y el cetro impetuoso de un joven rey que no quiso ceder su trono ante el ledesmino ni ante el toreo exquisito de un Manzanares en estado de gracia.

Tras veintitrés años de alternativa, soñaba Domingo López Chaves con la embestida de un buen Cuvillo en su primer encuentro con este hierro que le permitiera expresar, mostrar el toreo de oro viejo que atesora. Y se le cumplió el sueño de descerrojar la primera Puerta Grande de la Feria con un 'dos en uno'; el primer ying y yang de la tarde.

El que abría plaza era reservón de salida, echaba las manos por delante y se frenaba en el capote del ledesmino, que le dio todo lo que pedía. Y todo lo pedía por arriba el toro, que se arrancó con mayor alegría después de la suerte de varas.

Tras un suave saludo capotero sacándolo a los medios y con el viento en contra, Chaves ejecutó una bonita interpretación de capote en el quite, muy templado, después de un buen varazo. Destacó con los palos José Chacón, plata de ley, saliendo andando, tan torero, tan airoso, del primero y apretado en el espectacular segundo par, que puso en pie a La Glorieta. La buena lidia de Talaván, el gusto por los detalles, la siempre certera presencia de Javier Guarrate, convierten en un lujo para el aficionado cada comparecencia de López Chaves en una plaza. Olor, sabor a toreo añejo, caro, asentado. Escuela de toreros.

Entregado, muy metido con el toro y con los pies clavados en la arena fue muy inteligente a la hora de aprovechar las virtudes del animal, que se arrancaba con alegría pero protestaba ya metido en las telas. Hay que saber estar ahí.

Mató a la suerte natural con una estocada entera, pero defectuosa al atracarse de toro y hacer hilo. Una segunda estocada sin puntilla le valió la primera oreja de la feria

El segundo de su lote y cuarto de la tarde era un mostrenco, un toro con fuerza de brusca embestida. Domingo lo torea en corto, poderoso, intentando someter su reservonas maneras, siempre protestando y tirando gañafones que, lejos de permitirle lucir el toreo relajado, sin prisas ni apreturas que ha amasado en estos años, lo convirtió en el López Chaves gladiador que arranca a mordiscos, por cojones y por razones, las orejas de sus oponentes. Y por ambas cosas, con el ying y el yang de su lote, se le concedía la llave que abría la Puerta Grande.

Al segundo de la tarde se le vio más alegre y franco en su embestida, con buen tranco de salida pero muy justito de fuerzas, perdiendo las manos en el caballo. Manzanares lo saludó bellamente con el capote y lo mantuvo en pie midiendo a la perfección tiempos y distancias, siempre a favor del toro, en una faena de toques sutiles, temple y media altura para dosificar su fuerza. Mimándolo, casi acariciándolo, para dibujar preciosos lances, componiendo muy bien la figura y cuajando unas serie finales con un parsimonioso cambio de manos de detuvo el tiempo. La falta de fuerzas del toro no permitió tomar mayor vuelo a una faena que hubiese sido de mucha altura de haber tenido otra condición. Y aunque pidieron la oreja, no fue concedida, escuchando el nuevo presidente -mago de guardia en sus tiempos libres y aficionado cabal siempre- sus primeros pitos en el palco. Era su ying.

Con el quinto llegó el yang. Con más pies de salida que sus hermanos, se desplazaba y humillaba. Era un toro con mucha presencia que empujó con fuerza en el caballo y nos trajo la alegría de ver desmonterarse a Siro Mingo en su tierra. Un Manzanares arrebatador firmó después una faena que fue creciendo con un toro con calidad. Ajuste, empaque y plasticidad fueron sus armas para terminar sometiéndolo en su muleta prodigiosa, inmensamente bella, emborronada con un metisaca al que siguió una certera estocada. Y cayó la oreja, que pudieron ser dos.

Con estos mimbres y la cesta vacía llegaba el rey Roca Rey a su sexto y era claro que el peruano iba a arrear para no ceder un ápice su joven cetro.

El que cerraba plaza salió con alegría, derrotando en tres burladeros. Mostró buena condición en el saludo capotero y en el ceñido y variado quite por chicuelinas en los medios a pies juntos, con una extraordinaria media de remate. Inició por estatutarios con los pies clavados, impasible, y la vista ya puesta en la puerta grande desde la nada de su primero, mansurrón y flojo, muy parado, que impidió cualquier lucimiento de un torero poderoso que necesita lo contrario para mostrarse en majestad.

Pero el sexto era el yang. Un toro con buen pitón izquierdo con el que no se llegó a acoplar en los primeros compases y que apretaba mucho por la derecha, que pedía el carné. Roca, con ambición de quien es figura, le mostró sus credenciales y finalizó en los terrenos del toro, aguantando parones, jugándose los muslos y cerrando con emocionantes pases por la espalda sin ayuda, con la espada en el ruedo y el corazón de la plaza en un puño. Incontestable, se cobró las dos orejas una tarde de contrastes que hizo sonar con mucha alegría los cerrojos de la Puerta Grande.

Fuimos testigos de la gloria en tres tiempos, el milagro de los yines y los yanes; de tres toreros que son gloria bendita, tan distintos, en la tarde en que el mero hecho de este retorno al albero y a los tendidos era de por sí un milagro.

Camino de vuelta a la bendita y añorada antigua normalidad, a esa felicidad que nos daba lo cotidiano aunque no lo sabíamos.

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