Los colores del otoño

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Si no fuera la Luz, hecho de nuestra mirada…

reflejo de las cosas, sensación mágica de lo que nos rodea

no sería lo mismo lo que los ojos ven.

A cada uno la luz nos escribe un mensaje distinto,

y distinto es, en cada uno, descifrarlo.

 

Amo el otoño, su cielo gris, la ciudad  borrosa entre la niebla desnuda de los días. Amo susdías,  días de la última luz crepuscular.  En mi  ciudad  no hay mar y  los hombres y las aves se olvidan de las playas en otoño y aprenden a olvidarse de los días de verano

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El otoño expresa su evolución a través de una transformación cromática inimitable. De hecho, sólo la corriente artística hiperrealista es capaz de acercarse, a la excelsa exposición de tonos e intensidades

Aun así, parecería a primera vista que el otoño representa un cambio empobrecedor, un tránsito hacia los oscuros grises del invierno. Aunque pueda ser ese el resultado final, lo cierto es que no es necesario el vigor primaveral para disfrutar de un nuevo colorido. La disminución otoñal de temperatura y luz se convierte, sorprendentemente, en una manifestación sutil e insospechada de nuevos colores.

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En la luz otoñal he aprendido a saborear la importancia del matiz, a esclarecer detalles escondidos gracias a una luz ambiental tenue y dulce

A medida que dejamos atrás el verano, la altura del Sol va disminuyendo gradualmente. Este detalle es el que explica por qué la cantidad de luz ambiental es menor, y por qué el Sol "calienta menos".

La menor altura del Sol es una de las causas por las que los cielos rojizos son más frecuentes en otoño.  A medida que este avanza , y,  especialmente, cuando el Sol se acerca al horizonte en la puesta, los rayos de luz deben atravesar una mayor distancia, dentro de la atmósfera, para llegar

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El científico John Strutt, Lord Rayleigh, a finales del siglo XIX atinó con esta explicación para los espectaculares atardeceres otoñales, y para el color azul del cielo. Los atardeceres son rojizos porque vemos la luz que no ha sido dispersada, mientras que el cielo es azul porque vemos la luz que más se dispersa.

Si algo identifica el otoño, es el esperado cambio en la tonalidad de las hojas, de tantos y tantos árboles de hoja caduca.  El brillante verde estival torna hacia coloraciones amarillas, marrones, violáceas o púrpura, signo del inicio de una menor actividad vegetal.

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Las nubes son más oscuras, por la menor temperatura del aire. Crecen con rapidez, sobre todo verticalmente, y son más oscuras. Estos fenómenos se deben a una temperatura, del agua que alimenta la nube, todavía elevada, junto con un aire superior que ya es bastante más frío.

 

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En la mañana la niebla difumina los muros de la ciudad y el sentimiento, todo se  envuelve en una cortina   de seda transparente y la mañana se hace  gris y melancólica. Al otro lado, el mundo cubierto de sombras y  ceniza  y todo está sereno, como un espejo de almas y de ausencia.  
Más tarde volverá la luz que nunca se había ido, tan sólo estaba tras la cortina, con ella,  los bosques y los prados, la película que cubre la tierra, deben por fuerza adquirir un color brillante, prueba de su madurez, como si el planeta en sí fuera un fruto colgado de su tallo con su cara siempre mirando al sol. con ella  la vida y el calor vuelven  a los paisajes, vestida de esperanza.

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Es otoño, sus colores:  rojo de las madreselvas rojo del arce y el nogal, algunos árboles aislados, de un carmín brillante, vistos junto a otros, verdes aún, o a otros de hoja perenne, son más memorables que una arboleda entera. Qué bello resulta cuando todo un árbol es como un fruto grande y rojo lleno de jugos maduros, y cada hoja, desde la que está en la rama más baja hasta la más alta de su copa, todo resplandor, especialmente si se lo mira a contraluz. ¿Hay acaso otro objeto más extraordinario en el paisaje? Es visible desde kilómetros, demasiado hermoso para creerlo. Si un fenómeno semejante sucediera sólo una vez en la historia, la tradición lo haría pasar a la posteridad, y al fin acabaría entrando en la mitología.

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Es agradable caminar sobre este lecho de hojas fresco y crujiente. ¡Con qué belleza se retiran a su sepultura! ¡Con qué suavidad yacen y se convierten en mantillo, pintadas de mil colores, perfectas para ser el lecho de nosotros, los vivos. Así desfilan,  hacia su última morada,  ligeras y juguetonas. No caen sobre las hierbas, sino que corretean alegres por la tierra, eligen un terreno, sin vallas de hierro, susurrando por todos los parques y las avenidas. Algunas eligen el sitio donde hay hombres que yacen debajo enmoheciendo y se reúnen con ellos a medio camino.

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Ellas nos enseñan a morir. Uno se pregunta si llegará el momento en que los hombres, con su presuntuosa fe en la inmortalidad, yazcan con la misma elegancia y madurez.  Cuando caen las hojas, toda la tierra se convierte en un agradable cementerio. . Me encanta pasear y

reflexionar sobre esta alfombra. Aquí no hay epitafios vanos. Las prímulas florecen y el pájaro de los arándanos canta sobre los huesos, y los niños pisan los caminos tan llenos de hojas, tanto como quieran.

Después quedará la luz al final del sendero, esperanza de amor encendida
en medio de las niebla , una luminaria , para poder caminar por la vida.

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