Miércoles, 26 de febrero de 2020

El tejido de Cataluña

       La palabra tejido es metafóricamente perfecta para aludir a entidades y situaciones que conllevan urdimbre, trama o encaje. El caso es que el tejido social de Cataluña se está desgarrando, y de seguir el proceso político de los independentistas y los antisistema puede dejar sin vestido ni abrigo a la sociedad catalana. Lo que hoy quiero comentar, sin embargo, no es metafórico sino literal. El tejido catalán corre serio peligro de quiebra. Me refiero al sector textil.        

      Retrocedamos dos siglos y medio, hasta mediados del siglo dieciocho. Los industriales del sector textil comenzaban a sufrir las consecuencias de la liberalización del comercio con América, medida gubernamental que conllevaba la importación de grandes cantidades de algodón. Pero ese problema afectaba sobre todo a Cataluña. Para los fabricantes bejaranos el principal problema no era el exceso ni la insuficiencia de materia prima para sus fábricas de paños, situadas a orillas del río Cuerpo de Hombre, sino la dificultad de conseguir tintes para esos tejidos. El gobierno español, como es costumbre histórica, eligió echar una mano a la industria de Cataluña. La prohibición de importar hilados extranjeros decretada en 1802 ensanchó el mercado potencial de la producción textil de Manresa, hasta entonces casi exclusivamente artesana, y contribuyó al nacimiento de su gran industria.

     Mi hija pequeña, que acaba de cumplir veinte años, está pasando unos meses en Barcelona. Como ella no se ha caracterizado hasta ahora por ser precisamente ortodoxa en materia de moda, me sorprendió que a poco de llegar allí comentara que le llama la atención lo bien que viste la gente por la calle en la ciudad condal... De momento, diría yo.

      Cataluña ha presumido con razón de fabricar tejidos de calidad excelente y los sastres de Barcelona tienen merecida fama de rigor y elegancia. Me imagino que numerosos industriales, comerciantes y profesionales de la aguja se estarán llevando las manos a la cabeza, y a la cartera, aterrados por las perspectivas que ofrece cierta gentuza recién llegada al Parlament de aquella comunidad autónoma. Como estos desharrapados sigan contaminando ética y estéticamente su entorno y creen tendencia, la boyante moda catalana pasará a ser producto de mercadillo. Eso sí, pregonado en las dos lenguas co-oficiales de la futura República Árabe de Cataluña.