Martes, 27 de octubre de 2020

Fue una gesta - I -

       La repetida cantinela de los analfabetos calificando el proceso de colonización española de América como un genocidio no es más que una falacia heredada de la Leyenda Negra y transformada hoy en leyenda roja. Para desmontarla basta con ver los rasgos de buena parte de la población de los países de América del Centro y del Sur; y no me refiero obviamente a la minoría indígena sino al mestizaje. Dado que los borregos de consigna y campaña no reconocen la realidad, resulta inútil remitirles a la Historia.

      Primeras instrucciones que el encargado de reconocer "las provincias de la Isla de Cuba" dio a Cristóbal Colón, de parte del Rey y la Reina, el 9 de abril de 1494: "La principal cosa que habéis de hacer es guardar mucho a los indios, que no les sea hecho mal ni daño, ni les sea quitada ninguna cosa contra su voluntad, antes reciban honra".

     Con ocasión del quinto centenario del Descubrimiento de América, publiqué en 1992 una serie de artículos bajo el enunciado general de "¿Genocidido o gesta?", exponiendo los argumentos que desmienten los infundios sobre la acción española en el nuevo continente. Pese a las evidencias de las investigaciones sobre el terreno, la documentación irrefutable y el sentido común más elemental, siguen en sus trece los ignorantes y malintencionados que pregonan que aquel proceso fue una orgía de crueldad y latrocinio. Con esas falacias se alimenta el redentorismo casposo de los Chávez, Evo Morales, Daniel Ortega, Maduro y sus monaguillos bolivarianos comunistas de ambos lados del Océano.

     Documentándome para una novela en que aludo a la colonización, leí el libro de Charles F. Lummis Los exploradores españoles del siglo XVI (editorial Araluce, 1916), que reafirmó mi convicción de que la conquista española no fue ni remotamente un genocidio. Que un norteamericano como Lummis reconozca que las verdaderas masacres contra los indígenas se produjeron por parte de los anglosajones en lo que hoy son los Estados Unidos de Norteamérica ya es una pista, pero es que además documenta la verdadera actitud de los españoles en el proceso de conquista y colonización, plagado de errores y barbaridades como cualquier otro episodio histórico naturalmente, pero en el que se impuso el respeto a los nativos. Lo más relevante y significativo fueron las normas expresas de la monarquía para que se tratase dignamente a aquella población y la promulgación de leyes precursoras de los actuales derechos humanos.            

        Hay incontables fuentes que avalan esta versión y dejan en evidencia a los partidarios de la contraria. Valga este dato: nunca hubo ejércitos de más de quinientos españoles durante el primer lustro de su estancia en el nuevo continente, que fue cuando se produjeron las mayores mortandades de indígenas. ¿Alguien con dos dedos de frente puede creerse que medio millar de personas con armas rudimentarias, en un entorno desconocido y con escasos medios de supervivencia, pudieran matar violentamente a millones de personas, la mayoría más jóvenes, más fuertes e integradas en su propio medio natural? Hay un hecho históricamente demostrado que lo refuta: la principal causa de la terrible merma de la población indígena estuvo en las epidemias; principalmente, la fiebre porcina (por los cerdos que Colón transportó desde Canarias) y otras patologías contagiosas, viruela, sarampión y enfermedades venéreas, precisamente porque nuestros compatriotas, a diferencia de otros pueblos colonizadores, sí se integraban con los nativos... y particularmente con las nativas. Otro factor nada desdeñable de mortandad fue la proliferación de enfrentamientos sangrientos entre pueblos y tribus, conflictos en los que a menudo se vieron enredados los colonizadores.