Lunes, 14 de octubre de 2019

El cielo sólo es azul

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XII


Pero nos enseñaron
a matar al padre, Teresa.
Y desde entonces el cielo
sólo es azul y está habitado
por apolos y vencejos.
Y por los excrementos de las sucesivas
guerras siderales. Y los agujeros
negros, tan negros
y agujeros. Y las capas de ozono,
vulneradas.
Es la eterna
confusión de lenguas y la tibia
variedad de razas
y colores con que cada uno
da a su caza alcance. Todo
depende del aumento
de las lentes o el perfil
que aparezca en la pantalla.
O el sabor de la herencia.
Es la eterna
rotación de la mirada
sobre la Farsa, ese
caleidoscopio fúlgido que los niños
miramos voraces en su eterno
movimiento. Frente al obsceno,
único pensamiento, estancado
de los impostores.
Es ahora
momento de hipótesis, caminos

abiertos, ensayar nuevas formas
de hacer crecer los ojos
para nuevos horizontes. Y de ventanas,
no de muros ciegos, abrumadores,
de viejas catedrales que hablan
de sí mismas, que golpean los ojos
con sus piedras e inciensos (y negocian
con las bodas reales o el terror
al abismo y a la muerte).
También
de apuestas, sí, también
de apuestas es momento en medio
de las noches oscuras, de su opaco
Silencio. De sus ausencias. Y de su Luz
recobrada. Apostar por un camino,
luchado, descubierto, para andar
la senda que nos lleve
hasta la cumbre.
Y de humildes
certezas: lo que la piel
y los ojos nos van dictando: cuando
corren los días y dejan
un poso de ceniza y diamantes,
de claridad y dudas
en la lengua: los dos polos opuestos
al mismo tiempo en persistente
e irreversible antinomia.
Es hora
de aceptar la sinuosa
incertidumbre
de nuestras andaduras
de homo tecnicus

aún desnudo, aún
mono erguido oteando
nuevas singladuras en el cóncavo
seno de la carne. Sí,
carne de mono, pero carne
ascendente, transcendida
como blanca mano luz
del Greco en sus pinturas.