Miércoles, 26 de febrero de 2020

El derecho a la intimidad

    El derecho a la intimidad que tanto se airea en esta era de exhibicionismo como si se tratase de un derecho natural enraizado en lo más profundo de nuestra conciencia, es en realidad un concepto muy reciente, prácticamente de hace menos de un siglo. Porque el sentido del pudor, inseparable de lo que conocemos como intimidad y privacidad, ha evolucionado mucho a lo largo del tiempo y difiere según las culturas.

   En el Egipto de los faraones las damas exhibían los pechos en público sin que esa circunstancia tuviera la más mínima connotación anómala. En otras culturas y otras épocas era común la práctica de relaciones sexuales a la vista de terceros. En la Edad Media y la Edad Moderna era costumbre entre los nobles recibir acostados en el lecho a sus visitas. Todavía en el siglo diecisiete reyes y obispos concedían audiencias mientras defecaban sentados en sillas, tan adornadas como tronos, que tenían un hueco por donde los excrementos caían al bacín oculto. Madame Pompadour, la quintaesencia del encanto y la elegancia de su tiempo, charlaba con sus invitados semioculta tras un biombo, mientras le aplicaban lavativas en el salón principal de su mansión.

     El historiador Pedro Voltes nos cuenta en qué consistía el pudor erótico en la Europa del siglo dieciocho: “Las hechuras de los trajes femeninos obedecían a las ideas de pudor y recato imperantes en la época, con la única salvedad de que éstas se aplicaban casi exclusivamente a que la mujer ocultase los pies. La moda, en cambio, permitía que fuese más generosa en la exhibición de otras partes de su persona.”

    La hermosísima Paulina Bonaparte, hermana de Napoleón, casada en dos ocasiones, primero con el general Leclerc y después con el príncipe Camilo Borghese, acostumbraba a ducharse por un procedimiento curioso. Mandó abrir en el techo del cuarto de aseo un orificio por el que los sirvientes arrojaban agua tibia desde la planta de arriba. Existe constancia por la prensa de la epoca de que al menos en una ocasión, en el transcurso de una gran fiesta, Paulina se empeñó en disfrutar de una de esas duchas ofreciendo a los invitados que la acompañaran en la experiencia.

     A finales del siglo dieciocho y comienzos del diecinueve se hallaba muy extendida en España una forma de cortejo denominada “chichisbeo”, el trato social frecuente a una mujer, soltera o casada, a la cual se galanteaba, obsequiaba y acompañaba a fiestas privadas y públicas. Era una extraña variante de lo que hoy conocemos como ligue, en la que teóricamente sólo existía amor platónico pero que en la práctica solía derivar en algo más que flirteo.

    En sus novelas sobre la Segunda Guerra Mundial cuenta Sven Hassel cómo se reunían los miembros de su comando en las letrinas de los cuarteles o los campamentos improvisados para jugar a las cartas, e incluso en ocasiones comer, mientras hacían sus necesidades. Todavía en el siglo veinte existían retretes compartidos, y no sólo en situaciones de emergencia como la guerra sino en viviendas vecinales de ciudades importantes como Moscú, Estambul y París.

   Naturalmente, esas costumbres no eran incompatibles con el hecho de que muchas personas preferían actuar discretamente y no mostrar en público sus actos más íntimos, incluidos los encantos femeninos, revalorizados hasta hace algunas décadas en proporción directa a su ocultación.

(Ilustración. "La visita inoportuna", Eduardo Zamacois. Museo de BB. AA. de Bilbao)